SciELO - Scientific Electronic Library Online

 
vol.23 número90La región histórica del sur del Lago de Maracaibo y la influencia geohistórica de la ciudad de MéridaLa zona de integración fronteriza en el Estado Táchira: una propuesta índice de autoresíndice de materiabúsqueda de artículos
Home Pagelista alfabética de revistas  

Servicios Personalizados

Articulo

Indicadores

  • No hay articulos citadosCitado por SciELO

Links relacionados

  • No hay articulos similaresSimilares en SciELO

Bookmark

Tierra Firme

versión impresa ISSN 0798-2968

TF v.23 n.90 Caracas abr. 2005

 

Los Andes siglo XIX. Crónicas de guerra y caudillos

Francisco Armando  Castillo Linares

Universidad de Los Andes - Táchira

 

Resumen

Este trabajo versa sobre el carácter conflictual y de guerras que se vivió en los Andes durante el siglo XIX y sus motivaciones políticas y domésticas; la singularidad de los caudillos tachirenses, merideños y trujillanos. Las consignas y la postura de la prensa frente a las contiendas armadas.

 

Palabras clave: Caudillo, guerras civiles, Estado Los Andes.

 

The Andes in the 19th century. Chronicles of war and warlords.

Abstract

This paper dwells on the conflict and warfare character experienced in the Andes during the 19th century and its political and domestic motivations; the particular features of the warlords of Táchira, Mérida and Trujillo, as well as the mottos and the position of the press in face of the armed conflicts.

 

Key words:  Warlord, civil wars, the Andes.

 

Les Andes au XIXe siècle. Chroniques de guerre et chefs militaires

Résumé

Cet essai porte sur les conflits et les guerres vécus dans les Andes au XIXe siècle, ainsi que sur leurs motivations politiques et régionales, et la singularité des chefs militaires des régions Táchira, Mérida et Trujillo. Les consignes et la position de la presse face aux luttes armées seront également analysées.

 

Mots clés: Chef militaire, guerres civiles, État, Les Andes.

 

Hablar de la Venezuela del siglo XIX es de referencia ele mental al tocar el tema de las contiendas armadas. Y no es grato transitar por esta rea lidad, tan común en nuestras naciones latinoamericanas, sin atajar un sentimiento de pérdida que se instala en nuestro horizonte cultural y percepción de un pasado no remoto que deseamos revivir como crónica, para dejarlo congelado en el limbo de nuestros ancestros más cercanos, batalladores de un sin fin de encuentros armados con banderas bondadosas y piadosas de la redención de la patria y del venezolano. En fin, estas crónicas podrían ser parte de un sabroso cuento de caminos, como el que solían contar los abuelos en los viejos pasillos de las derruidas casas que aún perduran en los campos de nuestro país.

Pero no podría ser de otra manera, pues contar la historia llena nuestro entendimiento de apasionadas crónicas y haceres de esos hombres y mujeres que colmaron de presagios de guerra los diferentes rincones de nuestra geografía nacional y regional.

El caballo como animal de combate, la cultura del guapo, las armas, las consignas salvacionistas de liberales y conservadores, la prensa politizada y mordaz y satírica incitadora de la guerra en nombre de la patria de las instituciones y legalidad, forman parte de un arsenal de guerra y de una postura cultural heredada de las guerras de independencia con aforo del levantisco español del siglo XVI.

En ese tejer del tiempo, contabilizando para el haber de nuestras contiendas armadas, resumamos el jadeante trabajo del insigne escritor Antonio Arráiz, quien nos dice como ignominia que las guerras civiles en Venezuela comenzaron en 1830 y culminaron en 1902. Deja en fatídicos artículos como "Crónicas de guerra", un balance de muerte y destrucción de vidas, bienes, infraestructuras, gastos de guerra. Y en suma dantesca nos señala que en esos 74 años (27.027 días) hubo 166 revueltas armadas, las cuales tienen una duración total de 8.847 días. Por lo que el 32,73% de ese período el país se hallaba en guerra. Y remata que si los días de paz y guerra hubiesen sido continuos, Venezuela habría tenido aproximadamente 49 años y medio de paz y 24 años de guerra.1

Los andes venezolanos constituyeron a lo largo del siglo XIX una interesante región que bien podríamos darle el cognomento de geohistórica, por sus vínculos políticos, sociales y económicos. Bien está que cada una tenía su peculiaridad; pero cuando en Caracas hablaban de los andes, la idea común definía una región llena de conflictos políticos, conservadora, enemiga de los gobiernos liberales de turno, y escenario cotidiano de guerras locales, entre bandos de diferentes banderas, o entre merideños, tachirenses, trujillanos y colombianos.              Sin desmerecer otras regiones del país, los Andes manejaban una economía productiva que giraba en torno al café y el ganado, especialmente en el Táchira, que a partir de los años 70 se convirtió en un rico y productivo emporio cafetalero. Sociedad dinámica el Táchira, de esa época, receptora de Casas Comerciales alemanas (Van Dissel, Stein Furth Company) avanzadas del capitalismo europeo, las cuales tenían circuitos económicos con el hinterland del puerto de Maracaibo, abarcando la ciudad de Cúcuta, situada al norte del Departamento de Santander. San Cristóbal, ciudad comercial y pujante, tenía una interesante elite económica, con suficiente espacio para la opinión política y social. Poseía una visión moderna del trabajo, con mística de sociedad pujante, en la cual no había espacio para la vagancia, ni la flojera. Trabajo, capital, salario, vendrían siendo los pilares de una sociedad predestinada por el Señor para producir la riqueza que movía los rincones de la administración pública nacional.

 

En San Cristóbal como todo el Táchira no hay hombres que puedan llamarse propiamente ricos, pero tampoco hay mendigos, cual más, cual menos tienen tierras, hogar: cultivos que proveen a sus modestas necesidades y lo que es más, para todos hay ocupación productiva hasta para los más impedidos en el cultivo del café; siendo notable la inmigración de Colombia en tiempo de cosecha.2

 

Espacio geomental, que definía una idea de progreso que pareciera estar por encima del resto del anárquico país, entregado en gula de guerra a batallar trágicamente por ideas un poco difusas e incomprensibles para los campesinos que llenaban los batallones de los innumerables generales, que como señores de la guerra adornaban con baldones grandilocuentes los caminos polvorosos de la geografía nacional.

Sin embargo, a pesar del espíritu productivo de los tachirenses, no se salían de los cánones tradicionales de las guerras civiles, porque la política también hacía su parte cotidiana en los espíritus de estos hombres influenciados de una cultura de las armas. "Se peleaba casi a diario" como solía decir un viejo general andino, las banderas de colores partidistas dividían a las personas en bandos irreconciliables. A veces los colores tomaban cuerpo en nombres de hombres que podrían llamarse caudillos: castristas, los seguidores de Cipriano Castro, en unos momentos conservador y otros liberal amarillo; moralistas, partidarios del liberal amarillo general Espíritu Santos Morales (El patón Morales); rangelistas, partidarios del Dr. y general Carlos Rangel Garviras, del bando de los conservadores o nacionalistas; araujistas, seguidores del caudillo trujillano Juan Bautista Araujo, Taita de la cordillera trujillana. Unas veces aliados de los nacionalistas y la otra de los partidarios del general Guzmán Blanco. La lista es numerosa, como amplio fue el espectro de hombres de armas y políticos que conseguían como beneméritos seguidores en toda la geografía nacional. Como el caso del Dr. Andueza Palacio, anduecistas; Joaquín Crespo, crespistas; General José Antonio Páez, paecistas; general Francisco Linares Alcántara, alcantaristas; para nombrar los hombres que desde el centro del país llenaban los espacios políticos, militares y sociales de la nación. En un curioso artículo periodístico, el poeta y escritor tachi rense Horacio Castro señalaba en 1895 que:

 

En cualquier otra parte del mundo, los amigos que se encuentran inician su conversación hablando acerca de sus intereses, sus familias, sus profesiones, o sobre la salud o el clima. En los Andes, la primera pregunta siempre se refiere a los partidos políticos locales: Araujistas, range listas, moralistas, etc. En frentados con un persona lismo tan grotesco ¿quién puede pensar en ideas?3  

Sin embargo, a pesar del espíritu productivo de los tachirenses, no se salían de los cánones tradicionales de las guerras civiles, porque la política también hacía su parte cotidiana en los espíritus de estos hombres influenciados de una cultura de las armas. "Se peleaba casi a diario" como solía decir un viejo general andino, las banderas de colores partidistas dividían a las personas en bandos irreconciliables. A veces los colores tomaban cuerpo en nombres de hombres que podrían llamarse caudillos: castristas, los seguidores de Cipriano Castro, en unos momentos conservador y otros liberal amarillo; moralistas, partidarios del liberal amarillo general Espíritu Santos Morales (El patón Morales); rangelistas, partidarios del Dr. y general Carlos Rangel Garviras, del bando de los conservadores o nacionalistas; araujistas, seguidores del caudillo trujillano Juan Bautista Araujo, Taita de la cordillera trujillana. Unas veces aliados de los nacionalistas y la otra de los partidarios del general Guzmán Blanco. La lista es numerosa, como amplio fue el espectro de hombres de armas y políticos que conseguían como beneméritos seguidores en            toda la geografía nacional. Como el caso del Dr. Andueza Palacio, anduecistas; Joaquín Crespo, crespistas; General José Antonio Páez, paecistas; general Francisco Linares Alcántara, alcantaristas; para nombrar los hombres que desde el centro del país llenaban los espacios políticos, militares y sociales de la nación. En un curioso artículo periodístico, el poeta y escritor tachi rense Horacio Castro señalaba en 1895 que:

 

En cualquier otra parte del mundo, los amigos que se encuentran inician su conversación hablando acerca de sus intereses, sus familias, sus profesiones, o sobre la salud o el clima. En los Andes, la primera pregunta siempre se refiere a los partidos políticos locales: Araujistas, range listas, moralistas, etc. En frentados con un persona lismo tan grotesco ¿quién puede pensar en ideas?3  

 

Sin embargo, los caudillos del Táchira se diferenciaban de los del resto del país, inclusive se diferenciaban de los trujillanos y merideños. Los caudillos trujillanos provenían de la tenencia de la tierra, eran terratenientes, amos de vidas, más que de ideologías. Venerados con respeto casi sagrado, unidos por lazos de sangre y religiosos. El padre de todos, el venerado Juan Bautista Araujo (el león de la cordillera), caudillo de generaciones, seguido por hijos, hermanos familiares, peones y trujillanos en general. Vinculado al poder por lazos de tierra. El caudillo trujillano participaba en el ciclo redentorista de los caudillos del centro. Pero se diferenciaba del merideño y tachirense. El merideño estaba vinculado por lazos heroicos y apellidos que venían de la independencia, incluso, sostenido por la jerarquía religiosa.

 

         Cuando en Caracas hablaban de Los Andes, la idea común definía una región llena de conflictos políticos, conservadora, enemiga de los gobiernos liberales de turno y escenario cotidiano de guerras locales, entre bandos de diferentes banderas...

 

El caudillo trujillano será muy particular en el escenario caudillista del siglo XIX venezolano. Su poder tendrá un origen hereditario. El general Juan Bautista Araujo será guerrero, latifundista y picapleitos, gran Pater de las masas rurales trujillanas, fungirá como el guía, benemérito, juez, paladín protector de hombres y tierras. Creó toda una estirpe que arropa el siglo XIX: los araujo. El clan latifundista y dueño de los campesinos que en tiempos de paz labran la tierra de sus dueños, cual señores feudales, y en tiempos de guerra cambian la azada por el machete o el fusil. 

 

Sus fincas son numerosas y grandes. En aquellas altitudes más de mil metros sobre el nivel del mar, el buen clima permite una espléndida reproducción humana. El general Araujo cosecha arvejas y trigo en la paz y hombres en la guerra. (...) Y de sus vastas tierras saldrán sus soldados a guerrear contra los liberales.4  

 

"La cazurra presteza" de Juan Bautista Araujo, los latifundios, los chopos, la tasa de reproducción, cerrarán el círculo del caudillismo terrateniente, del orden, la paz y la guerra en esa productiva región andina. Como contrapartida al poder del clan Araujo, conservadores, el clan de los Baptistas, latifundistas y dueños de hombres, ocupa también un importante espacio en la región trujillana, que a finales del siglo XIX disputarán el control de las masas trujillanas.

Pero a diferencia de los Araujo, éstos estarán prestos para asumir posiciones de gobierno en la capital de la república.

 

El cacicazgo de los Baptistas ha crecido tanto, que ya para 1899 serán ellos una fuerza peligrosa de la política local. Estos nuevos aguiluchos del nido trujillano se diferenciarán de los Araujos en que no se conforman con gobernar sus brechas nativas: Mirando más allá de las cuchillas en que muere la cordillera andina, los Baptistas soñarán con elevarse hasta posiciones nacionales.5

 

El bando de los liberales tendrá también sus caudillos al estilo del Doctor y General Rafael González Pacheco, un caudillo de brillo, personalidad y arrastre, vinculado a la tierra "no hay caudillaje en Trujillo que no cuente su ascendiente en hectáreas y hombres vinculados a la gleba". En el escenario de la lucha política trujillana, González Pacheco será la expresión de las tierras calientes, que disputarán a finales del siglo XIX a los páramos tradicionales del general Araujo el control político y social de la región.

Es un caudillo del café como los Araujos lo fueron del trigo y de la arveja. Con él se incorporarán a la pelea política unas tierras que carecieron de relieve social hasta bien avanzado el siglo XIX, pero que en pocos años alcanzarán espectacular preeminencia. No es por azar que González Pacheco se levanta como la gran figura de Trujillo. Su carrera es la del empuje de zonas que no cabían ya dentro de la demarcación trazada por el cacicazgo de los Araujo.6

Las guerras civiles en Trujillo agotarán todo el siglo XIX, entre querellas de clanes y familias. Enfrentamientos entre conservadores, Araujos y Baptistas; y entre conservadores y liberales. Es la guerra personalista de la cual nos habla Domingo Alberto Rangel, que al igual que el resto del país, mantendrán ocupadas las armas, los peones y los caballos durante largos y peligrosos trechos. Aunque en Trujillo la política, los caudillos y la propiedad territorial, tendrán un rasgo muy particular.

 

Los trujillanos serán agotados, como colectividad, por este caudillismo bicéfalo que domina su siglo XIX (...). Las querellas armadas de Araujos y Baptistas y la insurgencia de los liberales, ligados todos a la tierra, succionarán las energías de su pueblo. Porque la política trujillana, es, en el siglo XIX, la más feudal de Venezuela. Sus cacicazgos se heredan, con las tierras y los medieros que sobre ellas trabajan.7

 

El caudillismo merideño será de estirpe, nacerá con los prohombres de la indepen dencia. El origen de éstos estará ligado con los inicios de la república, cuando algunos representantes de los pequeños grupos oligar cas de la sociedad hacen causa común con la gesta libertadora, y acompañan al Libertador en las campañas por la independencia de Venezuela. De allí saldrán los apellidos que dominarán la vida política y social de la región durante todo el siglo XIX. Picones, Rivas Dávilas, Briceños, apellidos que regresan vic toriosos y llenos de laureles, serán los régulos de última instancia en los conflictos regionales. Nos comenta Domingo Alberto que:

La política del Estado girará siempre, hasta que amanece el siglo XX, en torno de caudillos más o menos prestigiosos. La historia de Mérida puede resumirse en los apellidos que alternan en la jefatura del gobierno regional o rigen la oposición cuando los regímenes lo permitan.8

Por otra parte, la base de sustentación de los caudillos merideños la conseguirán en la Iglesia Católica, por el gran ascendente que ésta tenía sobre el campesinado. La explicación del poder de la iglesia en esta región está en sus orígenes como sociedad, pues en Mérida se establece uno de los primeros Obispados del período colonial, además el clima que evocaba a la vieja Europa, y la jerarquía de la ciudad como cabecera de provincia, influyeron para que en Roma y en Madrid escogieran obispos notables para la sede de Mérida.

Desde Ramos de Lora hasta Antonio Justo(sic) Silva, ya en los primeros años de este siglo corre toda una sucesión de prelados brillantes y hábiles, mezcla de misioneros con políticos, que impartieron a la diócesis un poder incontrastable. Curas del capítulo metro politano dictaban cátedras en la Universidad o sostenían polémicas con profesores y estudiantes ateos. La iglesia fue convir tiéndose en un poder político de primer orden  asentada además en sus vastas tierras labrantías  que dispensaba primicias y aseguraba privilegios. Para hacer carrera en el Estado (...) era necesario entenderse con monseñor, jerarca de las fanatizadas masas rurales, cabeza de una organización de latinistas brillantes y administrador de bienes nada desdeñables.9

Además, el caudillismo merideño tuvo un toque de superioridad intelectual, vinculado al mundo cultural universitario, muchos de sus hombres pasaron por las aulas de la universidad, de ahí su "argucia abogadil" y su habilidad administrativa. El control de la provincia pasaba por las manos de estos caudillos ilustrados y de abolengo, que cimentados espiritual e ideológicamente por la iglesia fungían como dueños de vidas y fortunas, manteniendo un férreo control social sobre la masa empobrecida, analfabetas y fanatizada por la religión de Jesucristo.

 

El Estado no conocería el levantisco desfile de caudillos ni las insurgencias de masas. Y el mayor timbre social de sus personajes encumbrados fincará en conservar el orden tradicional sirviéndose más del cura que del jefe civil. Es un caudillismo con borla universitaria, diestro en ambos Derechos como entonces se decía, bendecido por la mano del Obispo cuya custodia refulgente de pedrería impresionará a la dócil feligresía.10

 

El caudillo tachirense será muy diferente al caudillo federal que conoció la Venezuela de finales del siglo XIX y principios del XX. Más aún, el Táchira no conoció el caudillismo redentorista de la federación, pues no existió la masa rural irredenta, como sí existió en el resto del país. Además, el nivel de vida del campesino tachirense estaba por encima del promedio nacional, en el Táchira se comía más carne que en otra región del país, y no existían grandes contingentes de pobres. Y la pequeña y mediana propiedad rural aseguraba el empleo y abría caminos de prosperidad a las gentes más empeñosas del agro. 

Cualquier campesino podía transformarse con su empeño en un laborioso productor en una región de tierras baldías, por lo que la figura del peón explotado y endeudado por el latifun dista no podía ser pensado en el esquema pro ductivo del Táchira. Esta particular situación de propiedad territorial no generaba las contradic ciones sociales que mantenían la figura del caudillo redentor del resto de Venezuela.  

 

Un caudillo de mesianismo campesino, con caudal de turbamultas ansiosas de botín era un fenómeno que la realidad social excluía en el Táchira. No brotarán de su seno los Martín Espinosa o los Nicolás Patiño porque el medio social jamás los hubiera consentido.11

                        

Pero sí brotará un Gómez, campesino trabajador, desconfiado, disciplinado y de espíritu ahorrativo. Caudillo nuevo, distinto a los caudillos que había conocido la Venezuela de ese entonces. De igual manera, también surgirá un Cipriano Castro, producto no del trabajo laborioso de la tierra, ni de la moral calvinista o la palabra empeñada, sino del ambiente intelectual y político del norte de Santander. Hombre curtido en las guerras locales contra los gobiernos de los liberales amarillos, ya como gobernador de la Sección, o confinado en Cúcuta por los gobiernos de Joaquín Crespo e Ignacio Andrade.

Dos hombres, dos caudillos atípicos en el esquema del caudillismo venezolano y andino. Como señala Domingo Alberto, el Táchira parió un particular tipo de caudillo: Gómez, conductor de ganado y de hombres, se hizo caudillo ya estando en el poder, gobernó a Venezuela como lo hacía con sus tierras y sus peones de obediencia vertical y paternal. Castro, director de la guerra con su arenga y verbo intransigente, vivo e inteligente, con un discurso ampuloso, lleno de lugares históricos con un apurado y radical sabor patriótico y antiimperialista.

El caudillo tachirense de finales de siglo trascenderá las barreras montañosas de los andes, y la imaginación parroquial que privaba entonces, y mira hacia Caracas, sede del poder político, con la vena romántica de acceder a gobernar ya no el estado o la Sección, sino todo el país.

Así, el Táchira no tendrá caudillos al estilo de Trujillo o Mérida. Castro se ofertará como

el primero y único de su especie, con una formación que lo acerca a Ezequiel Zamora o a Guzmán Blanco, se nutrirá del liberalismo colombiano.

 

Para ir a Pamplona, allá en los años setenta del siglo XIX, es necesario haber demostrado una cierta capacidad intelectual. Las familias andinas de clase media (...) no gastaban sus reales sino en muchachos de positivos talentos. Viajar a Pamplona era el último diploma de aptitud que se recibía en las escuelas tachirenses. De la ciudad colombiana, regresa Castro casi convertido en lo que hoy llamamos un teórico. Ha recibido su dosis de liberalismo doctrinario y ya tiene una concepción del mundo. Los folletos colombianos, leídos clandestinamente en Pamplona, le hablan de un mundo feliz si imperasen la libertad, la igualdad y la fraternidad. Guerra a los tiranos y a los curas.12

 

En síntesis, el caudillo merideño es de raigambre, de apellido, y universitario, apoyado en el manto de la Iglesia Católica, y con masas que lo siguen sin necesidad de demostrar valor personal, coraje y destreza en la guerra. El caudillismo en el Táchira no tendrá las masas irredentas que lo sigan ciegamente, deberá labrarse prestigio con el verbo, aprendido en las escuelas de Cúcuta o Pamplona, y su discurso liberalradical o conservador de borla al estilo colombiano, tendrá cabida en sectores medios de las ciudades y muy poca comprensión en las masas campesinas. Y el caudillismo trujillano nacerá de los grandes latifundios de los Araujo y Baptistas, con gran arraigo en los peones, que los seguirán con gran respeto por considerarlos patriarcas de vidas, caso Juan Bautista Araujo; caudillismo también nutrido de las filas liberales propietarios de tierras. Entonces, en Trujillo el caudillismo será hereditario; en Mérida, de apellido y en el Táchira, moldeado en las calderas del trabajo o pulido en las escuelas colombianas del liberalismo.

Con la puesta en escena del caudillo, hablemos ahora de las palabras que brotaban de esos ardientes y vehementes corazones, predestinados como cruzados a rescatar el santo grial de la "democracia del pueblo oprimido".

La prensa sirvió como fiel portador de arengas, proclamas, edictos, empeños de liberales y conservadores, palanca proveedora de epítetos y alabanzas. Los periódicos nacían y morían al calor de los combates, expresaban la pasión de la contienda armada, tomaban partido como pregón de anuncios a favor o en contra de los gobernantes de turno. 

Las puertas del templo de la gloria abiertas y la humanidad rinde homenaje de admiración guardando con religioso recuerdo la historia de la vida de esos hombres que desde una baja esfera se elevan a los más altos puestos políticos, sociales; merced de sus talentos, habilidad, experiencia y moralidad.13  

La prensa de ese entonces no despreciaba palabras altisonantes para justificar su causa: "Fue el Estado de los Andes uno de los primeros que con las armas en las manos, protestó contra la usurpación: en este suelo fue donde hubo más combates y más sacrificios de intereses."14 La revolución Legalista, dirigida por el general Joaquín Crespo, había derrotado en un cruento año, 1892, a los llamados continuistas seguidores del presidente Andueza Palacios. 

 

Crespo tiene hoy en sus manos todavía la bandera de la legalidad y ha llamado a todos los hijos de la patria a cobijarse bajo su sombra protectora…15  

El crespismo histórico de los andes hace esfuerzos por asimilarse a todo lo que realmente le haya el nombre de nobles y simpatía en las aspiraciones de estas localidades (El Noventa y Dos, San Cristóbal, 12.05.1893).

Hasta la saciedad los periódicos halaban a los protagonistas del momento.

El general Francisco Parra, es hijo de los andes cuando la autocracia levantó su trono de opresión en este estado. Y todo esfuerzo fue inútil contra la imposición del guzmancismo.16

 

El general triunfante en la fortuna de la guerra se llevaba los elogios gloriosos de la prensa; eso sí, todo dentro del sacrosanto liberalismo, acordeón divino de la redención de la patria:

 

Ayer (…) partió para el teatro de la guerra, el Benemérito general Cipriano Castro (…), en campaña al frente de seis mil combatientes (…) tan aguerrido y numeroso y brillante ejército va mandado por jefes de valía, la flor de las armas venezolanas…17

 

Los Andes y el país repudiaban y aceptaban la laboriosidad de la guerra como necesidad divina, epopeya que tomó un siglo de luchas fraticidas.

 

La guerra continuaba en el país, pues estábamos para finalizar el año sesenta: pero los partidos de la guerra civil me repugnaban, no encontrándoles ni a unos ni a otros reales justificaciones en la lucha y sí la ruina y el exterminio del país…18

 

Estas tres regiones conformaron, entre 1881 y 1899, el Gran Estado los Andes, con capital en Mérida. A pesar de formar políticamente una sola entidad políticoadministrativa, las relaciones políticas entre ellas no siempre tuvieron el beneficio de la armonía. Divergencias hubo siempre, sobre todo originadas por las banderías políticas tras las cuales tomaban partido los grupos políticos o caudillos de bandos encontrados: liberales (langostas, lagartijos o lourdistas) y conservadores, (ponchos o godos). Muchos de estos enfrentamientos que registraba de cuando en cuando la prensa, y tenían su origen en invasiones armadas de trujillanos al Táchira o de éstos a Mérida, siempre mantenía en alerta a los sectores que modelaban la vida política en sus respectivas localidades.

Como señalábamos anteriormente, la vida social y política en los andes, y particularmente en el Táchira, estaba muy compenetrada con el Norte de Santander; de Cúcuta llegaban hombres y mujeres a trabajar como mano de obra en las fincas cafetaleras de Rubio, Santa Ana, San Cristóbal; vinieron también exiliados liberales, perseguidos por el gobierno conservador del Dr. Rafael Núñez, quienes crearon plaza en San Cristóbal como periodistas, maestros, profesionales; y muchos participaron directamente en la política local, siendo criticados o alabados por las fuerzas vivas de la región, las cuales tenían como canal de expresión los innumerables periódicos que circulaban en el estado.

Existía una "cultura de la guerra", una mentalidad predispuesta por la antesala del concepto de hombría. Era una norma de masculinidad y prestigio social el porte de armas. Tanto los campesinos, como los habitantes de las ciudades, pobres y ricos buscaban la manera de andar armados, sin que las autoridades pudieran desarmarlos, pues hasta finales de siglo fue una costumbre social, impuesta por la población civil ante la debilidad de los gobiernos regionales para defender la propiedad e imponer leyes confiscatorias eficaces; además de marcar prestigio, las armas se utilizaban para defenderse del bandolerismo, y en los momentos de asonadas armadas ya aquellas estaban en manos de los grupos con trincantes.19

Hombres como los Generales Espíritu Santos Morales, Francisco Alvarado, Esteban Chalbaud Cardona, Juan Pablo Peñaloza, en la esquina de los llamados lagartijos o liberales amarillos, se disputaban el control político del Gran Estado de la Cordillera, con los también generales Juan Bautista Araujo, Carlos Rangel Garviras, Rafael González Pacheco, del llamado bando conservador, liberales moderados, nacionalistas o mochistas. Estos grupos que componían lo que se podría llamar la clase política de la región, con fuertes compromisos y nexos con los políticos del centro del país, eran los protagonistas de las innumerables guerras locales que acontecían en la cordillera de cuando en cuando. Uno de estos hombres de gran prestigio en la región, sobre todo en Trujillo, fue El general Juan Bautista Araujo, llamado familiarmente "el león de la cordillera".

Las barreras ideológicas parecían no existir en la cordillera en el momento de sonar la hora de las guerras. Conservadores de la talla del General Araujo mantenían estrechas relaciones de amistad con Guzmán Blanco, jefe del liberalismo amarillo caraqueño, enemigo acérrimo de los godos. También durante la guerra de 1892, en la cordillera hay un reacomodo de los inveterados enemigos para enfrentar el peligro "del continuismo Anduecista". Los Araujos se unen al bando que dirige el general Joaquín Crespo (liberal amarillo) en contra de otros liberales del centro a las órdenes del Presidente Andueza Palacios.

Esas posturas políticas de conveniencia nos pueden explicar, por ejemplo, a un Cipriano Castro (del bando conservador) como Delegado Militar del gobierno liberal continuista, enfrentado a los Araujo, conservador, pero en la guerra de 1892 aliado a los liberales amarillos legalistas seguidores de Crespo, Chalbaud Cardona , merideño, jefe de los llamados lourdistas, o al tachirense Espíritu Santos Morales (liberales amarillos seguidores en esa guerra nacional de Crespo). Con estos ejemplos queremos señalar que nuestras guerras civiles, tanto nacionales como regionales, estuvieron ayunas de confron taciones doctrinarias orientadas a crear políticas de intervención o no del estado en la economía, el papel de la Iglesia, política de barreras arancelarias, extensión y control de derechos políticos, las reformas sobre el matrimonio civil y la educación secular obligatoria para los niños. Ello no quiere decir que los liberales venezolanos no apoyaban la separación de la Iglesia y el Estado, y la formación de un gobierno federal con una práctica política centralista, como fue el caso del régimen Guzmancista (1870-1888).

Pero ¿qué motivaba entonces la inestabilidad política y las guerras en los estados de la cordillera? Amén de lo expuesto arriba, revisando documentos y prensa de la época, hemos visto que los diversos intereses locales que servían de pretexto para declararse en rebelión en contra de los gobiernos de la región. Las rebeliones o invasiones podían comenzar con la excusa de la apertura de un camino entre dos comunidades o dos pueblos; conflictos electorales; control de caminos por parte de comunidades rivales; presencia de Delegados Nacionales; desacuerdos con la política de un presidente del estado o un gobernador de sección, las disputas limítrofes. Vemos que las guerras en los Andes nunca tuvieron color doctrinario, sino más bien, eran apuradas por conflictos domésticos.

Habíamos señalado anteriormente la estrecha relación de Guzmán Blanco con el General Araujo. Estas alianzas, a nuestro entender, estaban cargadas de parte y parte de oportunismo político; sin embargo funcio naban exitosamente a la hora del reacomodo en un movimiento armado o en el momento de mantener la estabilidad política y la paz de la región.

Guzmán Blanco, como buen conocedor de la psicología guerrera del venezolano, siempre supo calibrar la fuerza de sus adversarios políticos. Su afán pacificador lo llevó muchas veces a pactar con "los odiados godos", como lo hizo con el general Araujo, a fin de atraerlo a sus filas; cuestión que logró a medias; sin embargo, éste fungió muchas veces como vocero oficial de la política guzmancista             en la cordillera. Bien sabemos que el caudillo trujillano tenía ascendencia sobre sus congéneres merideños y tachirenses.

Esta región era un hervidero político, no había espacio para no pertenecer a uno de los «partidos» que dominaban la escena política de la región. Como habíamos anotado en párrafos anteriores, la lucha no contenía sabor de doctrinas; los pueblos, las aldeas o los campesinos, seguían a un jefe, liberal o conservador. Señalaba el General Francisco Croce, protagonista de muchas de estas contiendas que "en el Táchira se combatía cada jueves y viernes y hubo una época en que en el espacio de pocos meses se presentaron tres revoluciones". Posiblemente, Francisco Croce, en afán aleccionador, exagera la expresión, pero no estaba tan alejado de la realidad en cuanto a contabilidad de movimientos de armas.

En 1884, siendo Presidente del Gran Estado el General liberal Rosendo Medina, tiene que enfrentar sin éxito una revuelta militar de los trujillanos contra su gobierno, «que nunca había sido bien visto por éstos»; el foco de disturbios estaba en la famosa «ley cuarta», la cual establecía que: los impuestos sobre licores dejarían de ser municipales y se convertirían en rentas estadales; ésta era una de las principales fuentes de ingresos para las municipalidades, por lo que la aprobación de esta ley los perjudicaba en sus ingresos. El enfrentamiento desembocó en una guerra civil entre los trujillanos y el gobierno liberal establecido en Mérida, por lo que Crespo, Presidente de la República para ese momento, en vista de que el conflicto levantó en armas al Gran Estado, envía un Delegado Nacional (general Eladio Lara), quien reúne a los jefes del conflicto y asume el control político de la región, encargando al general Araujo la pacificación de la sección Táchira en manos de los jefes liberales Francisco Alvarado y Espíritu Santos Morales, leales a Medina. Las tropas trujilllanas invaden al Táchira, vencen a sus enemigos y como botín de guerra entran a saco en la ciudad de San Cristóbal "Ni las mujeres pudieron escaparse: si no entregaban de buena gana los fustanes bordados, que para ese tiempo eran de moda y buen gusto, se los cortaban en la calle con cuchillos y tijeras".

En la revolución de 1886, los conservadores dan un golpe militar contra el general Francisco Alvarado (liberal amarillo), presidente en ese momento del Gran Estado Los Andes. El Dr. y general Carlos Rangel Garviras, (conservador), invade militarmente al Táchira desde Colombia, donde estaba exiliado, levantando la bandera autonomista, "frente a los atropellos del jefe liberal Espíritu Santos Morale"; de igual manera, Rangel Garviras vuelve a invadir al Táchira en mayo de 1899 para derrocar al Presidente Ignacio Andrade, y lo repite en 1901, contra el gobierno restaurador de Cipriano Castro. Siempre aliado de conservadores colombianos.

De la misma manera, en febrero de 1880, el general Francisco Vásquez, encabezando un grupo de Maracaiberos y de individuos asentados en las costas, invade desde el Zulia al Departamento Betijoque del Estado Trujillo, cuyo objetivo era el exterminio de los servidores de la Reivindicación. Y la consigna: ¡Viva Colina! En febrero se restableció la paz.

En junio de 1885, el general Venancio Pulgar invade al territorio venezolano, pero las fuerzas del gobierno del Gran Estado, encabezadas por el general Juan Bautista Araujo, logran derrotarlo.

1886 es un año convulsivo en los Andes, estallan los conflictos entre las autoridades del Gran Estado (liberales al mando de su Presidente General Francisco Alvarado) y los sectores conservadores vinculados con el general Araujo. Éste había sido nombrado por el Presidente de la República general Joaquín Crespo, Jefe de Operaciones Militares de la cordillera. Los liberales andinos reaccionan ante tal designación y se organizan para desconocer a Araujo; pero conocido el plan de los alvaradistas, el coronel Torcuato Colina, 2º jefe militar de la plaza de Mérida, se levanta en armas suplantando al general A. Molina, jefe militar de la plaza de Mérida, desconociendo al gobierno de Alvarado. En ese ínterin, el general Espíritu Santos Morales, liberal-amarillo, se alza contra la autoridad de Araujo, pero éste lo derrota en Colón y en Capacho viejo, por lo que Morales reconoce como jefe de operaciones al general Araujo y le entrega las armas. Con este hecho de armas queda pacificado el Estado los Andes, y los conservadores asumen el poder en la región.

Resumiendo, señalemos que entre 1880 y 1887, solamente en Trujillo y Mérida, se conocen 15 movimientos armados en contra de las autoridades de la región.

 

 

Uno de los conflictos que más incentivó la guerra en los andes fue la llamada revolución legalista o guerra del 92, debido a que esta contienda que fue de carácter nacional, arropó a los andes de tal forma que removió los cimientos del poder político en la región en lo que quedaba de siglo. Los conservadores pierden el poder que detentaban otrora y muchos tienen que entrar en alianzas con los liberales Crespistas, que eran ahora los que usufructuaban las bondades del gobierno por haber triunfado la su revolución legalista.

El general Cipriano Castro, aliado del gobierno continuista de Andueza Palacios, dirigió las operaciones militares en la región con bastante éxito. Derrotó a los Araujo, al general Espíritu Santos Morales, al general merideño Esteban Chalbaud Cardona; tomó a San Cristóbal, invadió militarmente a Mérida; en fin, logró mantener el control militar de los andes durante la guerra; pero cuando Crespo triunfa en el centro, la plaza de los andes cae en manos de los revolucionarios y Castro, junto con Juan Vicente Gómez y todo su clan, tienen que tomar el camino del exilio residenciándose en la ciudad de Cúcuta hasta finales del siglo, cuando emprenden la reconquista del poder invadiendo al Táchira en el año de 1899, en la llamada revolución Liberal-Restauradora.

Las guerras civiles durante el período en estudio nunca cesaron. Los tachirenses, los trujillanos y los merideños, siempre vivieron pendiente de una invasión de sus vecinos, y la historia así no los dice; los años de paz fueron pocos, mas no los de la contienda armada, que verificaba en esta rica región que nuestro siglo estuvo preñado de signos de guerra, tanto así, que el último año del siglo los Andes se trasladaron al centro del país, llevando a sus campesinos y sus jóvenes tras los caballos de los nuevos caudillos (que preludiaban el nuevo siglo en una nueva guerra civil: la Revolución Restauradora), en busca de la fortuna que emanaba la cercanía del poder.

Los andinos en el poder liquidaron definitivamente la vieja hegemonía de los caudillos liberales-amarillos que habían gobernado durante casi medio siglo, y el ciclo de las guerras civiles que había comenzado en 1810. Vienen a ser los andinos, y entre ellos los tachirenses, quienes por medio de la guerra imponen definitivamente el centralismo político, la estabilidad del Estado Nacional, la férrea presencia de un ejército con tendencias a modernizarse, de alcance nacional, el sometimiento de los estados a las decisiones emanadas del Poder Ejecutivo, el fin de los conflictos domésticos de las regiones, incluidos los andes, el fin de las tradicionales querellas liberales y conservadoras y de los partidos históricos. 

En suma, Los viejos caudillos liberales y nacionalistas hicieron su último acto de guerra (Revolución Libertadora 1902-1903), pero fracasaron ruidosamente. Se impuso una nueva moral en la política. Ahora los jefes del país estaban en la Capital, y el resto de los hombres, en las cárceles, en el exilio o en las diferentes instancias de la administración pública, los Congresos, Asambleas Legislativas, Concejos Municipales, obedeciendo las cerradas órdenes de los jefes tachirenses, que habían abierto un nuevo ciclo en la vida política, cerrando definitivamente los actos de guerra civil.

El siglo XX desterró la terrible tríada guerra-caballo-caudillo. Nuevos sectores políticos con "destino histórico redentor" trastocan las relaciones de poder decimo nónicas y las añejas consignas de liberales y conservadores se congelan en los viejos manuales de historia patria. Guerras y caudillos son ahora pasiones de crónicas y cuentos de viejos en las plazas de los pueblos venezolanos.

De esta manera, de los andes salen los hombres que cambiarán el esquema político del país, removerán en sus entrañas el telúrico fantasma de la dictadura, obedeciendo a los cantos del positivismo criollo en sus consignas "orden, paz y progreso". En su haber tienen los andinos la mayor obra (hasta ese momento) modernizadora del derrumbado "país solitario", como diría García Márquez en 1982 al momento de recibir el premio Nóbel de literatura al referirse a "la soledad de América Latina" luego de los procesos de indepen dencia, tal como lo expresan también Octavio Paz y Carlos Fuentes.

Crónicas de guerra, memorias tristes que nos aquejan de un pasado reciente al que todavía pareciera no sacudirnos. La historia nos recuerda que no es bueno repetirla, porque como diría Carlos Marx, sería como un teatro de tragedias. Un siglo de guerras civiles contiene un estigma que no merece nombrar ni afanarse en celebraciones patrias. Porque todavía existe en nuestra cultura regional y nacional, una pretensión de exhumar con solemnidad los apurados años de nuestras              contiendas civiles, como actos heroicos creadores de patria, nada más falso. Los actos de guerra deberían quedar para los cuentos de caminos en las silenciosas noches de recuerdos y añoranzas románticas de nuestros valiosos cuentistas populares.

 

NOTAS

 

1. Arráiz Antonio. Los años de la ira, pp. 35-39. 

2. Manuel Villlet, Santiago Briceño y otros: El Táchira en 1876. Caracas: Biblioteca de Autores y Temas Tachirenses, Nº 5, Caracas, 1960, p. 14. 

3. El Pincel, Agosto 10 de 1895.  

4. Rangel D. Alberto. Los Andinos en el Poder, p. 49. 

5. Ibídem. 

6. Ibídem. 

7. Ibídem. 

8. Ídem, p. 47. 

9. Ibídem. 

10. Ibídem. 

11. Ídem, p. 44. 

12. Ídem, p. 48 

13. El Liberal Andino, San Cristóbal, Octubre 20, 1893. 

14. Ídem. Septiembre 23 de 1893. 

15. Ídem. Octubre 20 de 1893. 

16. La Idea Restauradora. Agosto 27 de 1902. 

17. Alvarado, Francisco, p. 46. 

18. Croce, Arturo, p. 51 

19. Gabaldón, Francisco, p. 55.

 

FUENTES HEMEROGRÁFICAS: 

 

- Prensa de Mérida: 

- La idea Liberal, 1880-1881. 

- La Giralda, 1891. 

- El voto Liberal, 1892. 

- El demócrata, 1894-1899. 

- Los Andes, 1886.            - El Correo Los Andes, 1888-1891.

- El Eco de Los Andes, 1881-1893. 

- El Lagartijo, 1897-1898. 

- Pensamiento Liberal, 1898. 

· Prensa de Trujillo: 

- El Trujillano, 1885. 

- El Liberal, 1885-1886. 

- El andino, 1891-1892. 

- Boletín de la guerra, 1899. 

- El Eco Liberal, 1893-1895. 

- El Legalista, 1897. 

· Prensa del Táchira: 

- Unión Liberal, 1880. 

- La Paz del Táchira, 1887-1891. 

- El Sufragio, 1887. 

- El Tachirense, 1887. 

- La Soberanía, 1893-1894. 

- El Ferrocarril del Táchira, 1890-1897. 

- El Liberal andino, 1893. 

- La Idea, 1893. 

- El Federalista, 1893. 

- La Idea Restauradora,1902.

 

 

 

BIBLIOGRAFÍA

 

1. Alvarado, Francisco (1961). Memorias de un tachirense del siglo XIX. Caracas, Biblioteca de Autores y temas Tachirenses. 

2. Arráiz, Antonio (1991). Los Días de la Ira Las Guerras Civiles en Venezuela 1830-1903. Valencia, Vadell Hermanos. 

3. Cardozo, Arturo (1967). Proceso de la Historia de Los Andes. Caracas, Biblioteca de Autores y temas Tachirenses. No 41.. 

4. Castellanos, Rafael R. (1994). Caudillismo y Nacionalismo. De Guzmán Blanco a Gómez. ( Vida y acción de José Ignacio Lares). Caracas, Ediciones del Autor.

5. Colmenter, Felipe (1984). Economía y política en Trujillo durante el Guzmancismo. Caracas, FUNRES. 

6. Crespo, Joaquín (1983). La verdad. Caracas, Imprenta Bolívar. 

7. Croce, Arturo  ( 1959). Francisco Croce: un general civilista. Caracas. Ediciones Paragua. 

8. Cunill Grau, Pedro  ( 1993). Guzmán Blanco y el Táchira. Caracas, BATT (No. 114). 

9. Chalbaud Cardona, Eloy (1992). El General de División Esteban Chalbaud Cardona. Documento para su Biografía. Mérida, Talleres Gráficos de la ULA. 

10. Díaz Delgado, Hernán  ( 1981). Una década de Guzmancismo en Mérida (1870-1880). Memoria de grado para optar a la Licenciatura en Historia. Facultad de Humanidades y Educación, Escuela de Historia de la Universidad de Los Andes. Mérida. 

11. Díaz Guerra, Alirio (1933). Diez años en Venezuela (1885-1895). Caracas. Edit. Elite Litografía y Tipografía Vargas. 

12. El Táchira en 1876 (Varios autores). Caracas: Ediciones de la Presidencia de la República. Biblioteca de Autores y Temas Tachirenses.   No. 5. 

13. Fonseca, Amílcar (1955). Orígenes Trujillanos. Caracas, Tipografía Garrido. 

14. Gabaldón, Fabricio (1949). Rasgos Biográficos de Trujillanos Ilustres. Caracas, Imprenta Nacional. 

15. Lossada Piñéres, Juan. Hombres notables de la revolución del 92 en Venezuela. Caracas, Imprenta y litografía nacional, 1893-1895. 2 V. 

16. Martínez Sánchez, Antonio (1949). Nuestras contiendas civiles. Caracas, Tipografía Garrido. 

17. Meza, Robinzon  ( 1904). Política y gobierno en el Estado Los Andes (1881-1899). Monografía inédita. Trabajo presentado en la cátedra Formación del estado Venezolano en el siglo XIX, de la Maestría Historia de Venezuela de la Universidad Católica Andrés Bello. Caracas.

18. Morales, Espíritu Santo (1898). El General Espíritu Santo Morales a la Nación. Mérida, Tipografía del Estado.

19. Muñoz, Arturo Guillermo  ( 1988). El Táchira Fronterizo. El Aislamiento Regional y la Integración Nacional en el caso de Los Andes. (1881-1899). Caracas, Biblioteca de Autores y Temas Tachirenses.

20. Niño, Gladys; Guédez, Zoraima  y  Meza, Robinson  ( 1993). Facciones, lucha política e ideología Liberal en Mérida: 1870-1899. Trabajo Monográfico. Inédito. Caracas: Universidad Católica Andrés Bello. Maestría en Historia de Venezuela, Seminario de Historia Política I.

21. Niño, Gladys (1994). El Gran Estado Los Andes: Formulación y formalización de un proyecto político-administrativo. 1878-1881. (Avance de Investigación). Monografía inédita, presentada en la Cátedra Formación del Estado Venezolano, siglo XIX, dictada por el Prof. Nikita Harwich Vallenilla, Maestría de Historia de Venezuela de la Universidad Católica Andrés Bello. Caracas.

22. Parada, Nemecio (1968). Víspera y comienzos de la revolución de Cipriano Castro. Caracas.

23. Picón Salas, Mariano (1986). Los Días de Cipriano Castro. Caracas, Academia Nacional de la Historia.

24. Picón Salas, Mariano (1987). Suma de Venezuela. Caracas, Monte Ávila Editorial, C. A.  

25. Pineda, Nelson (1987). El Trujillo de Ponchos y Lagartijos 1870-1899. Mérida, Editorial Venezolana.

26. Quintero, Inés (1992). El ocaso de una estirpe. Caracas, Fondo Editorial Tropykos.

27. Rangel, Domingo Alberto (1975). Gómez el amo del poder. Vadell Hermanos Editores, Valencia.

28. Rangel, Domingo Alberto (1980). Los Andinos en el poder Balance de la Historia Contemporánea 1899-1945. Vadell Hermanos, Valencia.

29. Rangel, Domingo Alberto (1998). Venezuela en tres siglos. Coedición Catalá/El Centauro/Vadell Hermanos. Valencia.

30. Rodríguez, Manuel Alfredo (1960). Andueza Palacio y la Crisis del Liberalismo Amarillo. Caracas, Ediciones la Estrella en la Mira.

31. Rondón Márqiez, R. A. (1973). Crespo y la Revolución Legalista. Caracas, Ediciones de la Contraloría de la República. 

32. Velásquez, Ramón J. (1973). La Caída del Liberalismo Amarillo.  Tiempo y Drama de Antonio Paredes  Cromotip 

33. Velásquez, Ramón J. (1993). Los alemanes en el Táchira, Siglos XIX y XX: Memorias de Heinrich Rode. Caracas: BATT, Fundación Latino. 

34. Vetencourt, Roberto (1994). Tiempo de Caudillo. Caracas, Edición del autor. 

35. Villet, Manuel  y  Santiago  Briceño  ( 1960). El Táchira en 1876. Caracas, Biblioteca de Autores y Temas Tachirenses, Nº 5, Caracas, pág. 14).