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Revista Venezolana de Análisis de Coyuntura

versão impressa ISSN 1315-3617

Análisis de Coyuntura v.14 n.1 Caracas jun. 2008

 

Expansión y crisis de la industria azucarera en Venezuela[-]

Catalina Banko [*]

Escuela de Economía, UCV

Resumen

Con la finalidad de comprender las raíces del estancamiento que en la actualidad sufre la industria azucarera venezolana, nos proponemos analizar desde una perspectiva histórica el proceso de modernización y el auge que esta actividad experimentó hasta mediados de los años setenta, para estudiar luego los problemas que condujeron a la ulterior contracción del sector. En el análisis se toma en cuenta el papel del Estado en el fomento de la industria azucarera, la evolución de algunos de los centrales más destacados y los indicadores de productividad en campo y fábrica, así como también los cambios en la distribución espacial de la producción azucarera que se han operado en el transcurso de las últimas décadas.

Palabras claves: Fomento estatal, sector privado, centrales azucareros, cañicultura, productividad.

Expansion and crisis of the sugar industry in Venezuela

Abtract

In order to understand the roots of the current stagnation of the Venezuelan sugar industry, the author offers a historical analysis of the modernization process and the boom which the industry experimented until the mid-sixties and then, the reasons for its subsequent contraction. The analysis examines the role of the State in promoting the sugar industry, the evolution of some of the more important Centrals and information on productivity, both in cane cutting and in the factory. The article concludes indicating the changes in the geographical distribution of the industry in recent years.

Key words: State promotion, private sector, sugar centrals, sugar cane, productivity.

Recibido: 01-02-08

Introducción

Uno de los problemas fundamentales que actualmente confronta la economía venezolana es la insuficiencia de la producción agrícola para satisfacer la demanda interna, lo que ha motivado un gran incremento de las importaciones de alimentos básicos. Permanentemente los especialistas señalan la imperiosa necesidad de aumentar la producción para abastecer el mercado interno, ya que ello está estrechamente vinculado con la "seguridad alimentaria" de la nación. Esta situación se refleja claramente en el caso concreto del azúcar, artículo de gran importancia para el consumo doméstico e insumo para numerosos renglones industriales.

La cañicultura tiene una larga tradición en Venezuela que se remonta a la época colonial. La producción, destinada básicamente al mercado interno, se llevaba a cabo en la hacienda-trapiche en la cual estaba integrado el proceso completo desde el cultivo hasta la elaboración de papelón y aguardiente. Esta actividad tuvo significativa presencia a lo largo de todo el siglo XIX, alcanzando amplia difusión en gran parte del territorio nacional. Sin embargo, tropezó con sinnúmero de dificultades que obstaculizaban su modernización y capacidad para competir en el mercado internacional.

Transformaciones profundas de la industria se operaron a principios del siglo XX con la fundación de los primeros centrales y, especialmente, a partir de los años cincuenta con la puesta en práctica de políticas de fomento por parte del Estado, que dieron inicio a una etapa de expansión que se prolongó durante casi dos décadas. Posteriormente, la explotación azucarera comenzó a sufrir una honda crisis, algunas de cuyas manifestaciones han persistido hasta la actualidad.

Con la finalidad de comprender las raíces del estancamiento que en el presente sufre esta rama industrial, estimamos pertinente examinar desde una perspectiva histórica el proceso de modernización y auge que se experimentó hasta mediados de los años setenta, para analizar luego los factores que condujeron a la ulterior contracción de esta actividad, de indudable relevancia por sus múltiples relaciones interindustriales y su elevada capacidad de generar empleo en el área agrícola, fabril y de investigación.

Hacia la modernización de la producción azucarera

A inicios del siglo XX, la explotación azucarera en Venezuela continuaba sujeta a los tradicionales patrones productivos de la hacienda trapiche en la que aún se empleaban la energía hidráulica, mientras que las máquinas de vapor no habían adquirido en aquel tiempo considerable difusión. Los primeros signos de transformación se manifestaron en la región zuliana, donde se había desarrollado desde mediados de la anterior centuria una intensa dinámica comercial gracias a las exportaciones de café. En ese contexto se conformó un poderoso núcleo mercantil regional, en su mayor parte de origen extranjero, que emprendió la modernización de la producción azucarera. Al unirse la disponibilidad de capitales con la posibilidad de exportar el producto, triunfó finalmente la iniciativa de crear modernos centrales en el país (Rodríguez, 1986, Becco et al, 1981).

La primera experiencia fue la C.A. Central Azucarero, constituida en el Zulia en 1912. También en dicho estado se estableció al año siguiente la firma Venezuela Sugar Company, que en 1920 pasó a denominarse Central Venezuela. El Central Tacarigua (Carabobo) fue fundado en 1913, siendo uno de sus más destacados accionistas el general Juan Vicente Gómez[†].

Los centrales localizados en la región próxima al Lago de Maracaibo gozaban de amplias ventajas tanto por las facilidades de transporte como por la fertilidad de las tierras circundantes. El principal objetivo de estas factorías residía en la producción de azúcar para la exportación, tomando en cuenta el gran crecimiento del consumo a nivel mundial. Por otra parte, en las primeras décadas del siglo predominaba todavía en Venezuela la preferencia por el consumo de papelón. Sin embargo, el estallido de la crisis de 1929 y sus prolongados efectos económicos provocaron la caída de las exportaciones, por lo cual la producción venezolana debió dirigirse exclusivamente hacia el mercado interno.

Durante los años cuarenta comenzó a manifestarse rápidamente la caída de la demanda de papelón. La expansión de ciertos rubros manufactureros, como alimentos y bebidas, requería de crecientes suministros de azúcar, al tiempo que los cambios en los hábitos de consumo de la población urbana condujeron también a una ampliación de la demanda de azúcar refinada, en detrimento del papelón (Gómez, 1983). Dado que la producción nacional ya no lograba satisfacer las exigencias del mercado interno, fue necesario acudir a las importaciones. En el transcurso de la Segunda Guerra Mundial el desabastecimiento se agravó, debido a la insuficiencia de la producción y a las dificultades para su obtención en el exterior.

En 1945, la producción nacional de azúcar fue de 27.241 toneladas, de las cuales el Central Venezuela aportaba el 37.5% y el Tacarigua el 17.7%[‡]. El resto era elaborado por pequeñas factorías, también conocidas como centrales, que estaban ubicadas principalmente en Lara, Yaracuy, Aragua y Miranda (Abreu, 2001).

Ante la creciente demanda, surgieron numerosas iniciativas para llevar a cabo tareas de investigación para la mejora de la producción. El Ministerio de Agricultura y Cría creó en 1944 la División de la Caña de Azúcar y poco después se estableció la Estación Experimental El Limón. Asimismo, se intensificó el interés por la instalación de nuevas plantas industriales. Uno de estos proyectos se materializó con la fundación del Central Matilde (Yaracuy) en 1946 (Pereira et al, 2004). Paralelamente, el Central Venezuela dio algunos pasos, aunque insuficientes, en dirección a la modernización de los procesos de producción.

Durante los años cincuenta, en el marco de los lineamientos del Nuevo Ideal Nacional propiciado por el régimen perezjimenista, se pusieron en práctica diversos programas para impulsar la agricultura a través de la Corporación Venezolana de Fomento (CVF) y del Banco Agrícola y Pecuario (BAP). Como parte de esa política fue diseñado el Plan Azucarero Nacional, cuyo objetivo fundamental consistía en la asistencia financiera y técnica a los centrales existentes y a la fundación de nuevos establecimientos azucareros administrados directamente por el Estado (Castillo, 1995). Con el propósito de estimular la modernización del sistema productivo, se crearon nuevas estaciones experimentales para estudiar los problemas relativos a la calidad del suelo, rendimiento, control de plagas y adelantos técnicos. La CVF intervino de manera directa en la fundación de los centrales Motatán (Trujillo), Cumanacoa (Sucre), Tocuyo (Lara) y Ureña (Táchira), que en 1954 ya se encontraban en funcionamiento. Asimismo, tomando en cuenta las amplias potencialidades productivas de las tierras larenses, la CVF participó en la instalación del Río Turbio (Lara) en 1956 (Rivas et al, 2004). El antiguo Central Tacarigua recibió cuantiosas inversiones que posibilitaron un gran aumento de su producción a mediados de esa década.

En cuanto al sector privado, también surgieron importantes iniciativas: La Pastora (Lara) en 1953 y El Palmar (Aragua) en 1956, este último perteneciente a la familia Vollmer. Al año siguiente se constituyó el Central Yaritagua (Yaracuy) con capital proveniente de los empresarios fundadores de El Palmar. Entre 1947 y 1956, el incremento de la producción nacional fue casi del 600% (Gráfico 1), lo que revela el grado de dinamismo que adquirió la agroindustria azucarera en ese período, al punto de lograr el abastecimiento del mercado interno[§]. Existía por entonces una creciente demanda del sector manufacturero, especialmente en el rubro de bebidas gaseosas, que absorbía casi el 57% del consumo industrial. Le seguía la fabricación de chocolates, galletas, jugos de fruta y cerveza.

Gráfico 1. Producción de azúcar en Venezuela, 1945-2005

Fuente: Ministerio de Fomento,1945-1973. DVA, 1974-1985. Ministerio de Producción y Comercio, 2000-2003. FESOCA, 2004-2005

En este contexto, la producción del Central Venezuela aumentó, pero en una proporción pequeña en comparación con los nuevos centrales, tanto públicos como privados, creados a partir de 1946. Los mayores incrementos se localizaron en Lara, Yaracuy y Aragua, principalmente. En el marco de este desplazamiento de los centros productores hacia la región central y centro-occidental, se redujo notablemente la importancia relativa de la región zuliana.

La capacidad de molienda instalada en todo el país alcanzaba en el año 1955 a 163.911 toneladas, lo que significó un aumento del 128% con respecto a las 71.720 toneladas de 1950. En aquel tiempo, el rendimiento se elevó de 46,5 a 66.3 toneladas de caña de azúcar por hectárea (Yépez, 1970).

Gracias a la incorporación de las nuevas factorías, fue posible elevar la producción durante el decenio 1948-1958 hasta alcanzar el completo abastecimiento interno, con lo cual las importaciones prácticamente desaparecieron, e incluso fue posible exportar parte de los excedentes. El incremento fue tan extraordinario que en 1955-1956 se produjo el inusitado fenómeno de la sobreproducción, lo que ocasionó una abrupta caída de las cotizaciones de este artículo (CVF, 1946-1960).

Con la finalidad de estabilizar los precios fue creada en 1956 la Distribuidora Venezolana de Azúcares (DVA), a objeto de regular el sistema de distribución y ventas de azúcar, y reducir así los costos y homogeneizar las condiciones del mercado.

Tiempos de expansión de la agroindustria

La expansión azucarera prosiguió en la década de los sesenta en el marco de la aplicación del modelo de sustitución de importaciones. En el Plan Cuatrienal (1960-1964)[**] se planteó de manera precisa la necesidad de implementar un modelo de desarrollo económico que comprendía dos ejes: la industrialización y la modernización de la agricultura. Sobre esta base, el Estado asumió el papel de "promotor" de la dinámica económica mediante el otorgamiento de auxilios financieros y la aplicación de medidas proteccionistas que servirían de estímulo al sector privado.

Dentro de los lineamientos de dicho modelo se inscribió el objetivo de fomentar la agroindustria azucarera. En enero de 1959 fue creada la CVF-Centrales Azucareros (Cenazuca) con el propósito de coordinar, supervisar y ejecutar los programas azucareros mediante una administración centralizada, incrementar tanto las cosechas como la elaboración del producto final, satisfacer la demanda interna, prestar asistencia técnica y promover las exportaciones (Ministerio de Fomento, 1983).

En los años sesenta tuvo lugar la transformación estructural de la industria azucarera con la expansión de las factorías de mayor tamaño, que en 1959 pasaron a controlar el 98.6% de la producción nacional, al tiempo que fueron desapareciendo las pequeñas factorías que estaban dispersas en varias localidades del interior del país (Yépez, 1970). El resultado se expresó en un acelerado aumento de la producción azucarera, que se elevó de 214.616 en 1961 a 493.354 toneladas en 1972 (Gráfico 1). A mediados de esa década, Venezuela obtuvo una cuota para la exportación de azúcar hacia los Estados Unidos, lo que se constituyó en un aliciente fundamental para la industria nacional. Ello fue posible cuando el gobierno norteamericano redujo en 700.000 toneladas la cuota asignada a Cuba hasta esa fecha. Por esta vía se incrementaron las exportaciones de 23.635 toneladas de azúcar en 1966 a 152.338 en 1972, año en que dichas colocaciones alcanzaron su nivel más elevado (MAC, 1972).

En 1962-1963, el 50.16% de la producción provenía de los estados Lara y Yaracuy, específicamente de los centrales Río Turbio, Matilde, Yaritagua y Tocuyo. También Aragua tenía un destacado papel con El Palmar que aportaba el 19.92% del total nacional. El resto de la producción procedía de los centrales Cumanacoa, Venezuela, Tacarigua, Ureña, Motatán, Mérida, Santa Epifanía y Mopia. Estos dos últimos quedaron unificados en 1963 en la compañía denominada Centrales del Tuy, que pasó a formar parte del grupo Vollmer desde 1965 (Abreu, 2001).

Si tomamos en consideración el origen del capital, en 1962-1963 el sector público generaba el 38% de la producción nacional. Entre los centrales privados destaca El Palmar, seguido de Matilde y Tocuyo. El primero había aumentado su proceso de refinación en 146%, al pasar de 33.246 toneladas en 1957-1958 a 81.783 en 1966-1967. Es necesario subrayar la importancia que fue adquiriendo con rapidez el grupo Vollmer, el cual a través de El Palmar y Yaritagua concentraba el 27.24% de la producción de azúcar. Por su parte, el Central Matilde contaba con la ventaja de colocar el 69% de su producción en Pepsi Cola, en momentos en que la fabricación de refrescos en el país estaba experimentando una gran expansión (Yépez, 1970).

Muy distinta era la situación del Central Venezuela que ocupaba uno de los últimos rangos en la producción nacional. En el caso de esta factoría, tras haber sido la más grande del país, se observa su estancamiento en el contexto de las transformaciones de la industria azucarera. Ello obedeció a la falta de inversiones en mejoras tecnológicas en los años en que se puso en práctica el Plan Azucarero Nacional. En cambio, el Central Tacarigua, también perteneciente al pequeño grupo de los centrales pioneros, logró un incremento de 129% entre 1957-1958 y 1966-1967, gracias a las inversiones efectuadas por el sector público. Entre las empresas controladas por la CVF sobresale el Río Turbio que elevó sus volúmenes de producción en 278% entre los años mencionados.

El incremento de la productividad es el resultado de la aplicación de técnicas más avanzadas que, junto a las obras de riego y la utilización de fertilizantes y herbicidas que permiten controlar las plagas, contribuyen al mejoramiento del rendimiento y la calidad de la caña. Asimismo, las inversiones realizadas por los centrales para expandir la capacidad instalada y perfeccionar la tecnología de refinación son factores fundamentales que posibilitan el aumento constante de la producción y eficiencia de las plantas procesadoras. Los principales indicadores de productividad son los siguientes: toneladas de azúcar producida por hectárea, toneladas de caña cosechadas por hectárea y rendimiento de la caña, que equivale a la cantidad de toneladas de azúcar obtenidas por 100 toneladas de caña:

Cuadro 1. Indicadores de productividad de la industria azucarera 1960-1968

Central

Azúcar/Ha

Caña/Ha

Rend. Caña

El Palmar

9.14

92.42

9.89

Mérida

8.74

98.36

8.89

Tocuyo

7.40

82.28

8.99

Matilde

6.54

73.02

8.96

Yaritagua

6.51

72.74

8.94

Ureña

6.31

70.45

8.96

Río Turbio

5.89

67.56

8.72

Motatán

5.41

81.08

6.67

El Tuy

5.34

74.03

7.21

Cumanacoa

4.89

50.57

9.67

Tacarigua

4.69

53.83

8.72

Venezuela

4.99

64.57

6.96

Promedio

6.34

71.80

8.83

Fuente: Yépez[††].

La mayor productividad, en cuanto a la cantidad de azúcar obtenida por hectárea cosechada, correspondió a El Palmar: 9.14 y Tocuyo: 7.40 toneladas. Los centrales Cumanacoa, Venezuela y Tacarigua presentaron los índices más bajos del país. Los cuatro centrales de la región centro-occidental, en cambio, registraron un promedio bastante satisfactorio de 6.58, superior al nacional que era de 6.34 toneladas.

Con relación a las toneladas de caña cosechadas por hectárea, entre 1960-1961 y 1967-1968, sobresalen: El Palmar con 92.42 T/ha, Tocuyo: 82.28 T/ha y Motatán: 81.08 T/ha. En un nivel medio de rendimiento de campo se encuentran el Matilde con 73.02 T/ha y Río Turbio con 67.56 T/ha. Llama la atención el bajo desempeño del Tacarigua: 53.83 T/ha y del Central Venezuela: 64.57 T/ha. Con relación a los centrales de la región centro-occidental, se aprecia que el promedio del Río Turbio, Yaritagua, Matilde y Tocuyo alcanzaba a 73.90 T/ha, índice que refleja buenos niveles de rendimiento (Yépez, 1970).

La productividad medida por la cantidad de toneladas de azúcar obtenida por 100 toneladas de caña exhibió una tasa promedio a nivel nacional de 8.83. Sobresalen en este aspecto: El Palmar: 9.89 y el Cumanacoa: 9.67. Los que presentan los índices más bajos son los centrales Venezuela: 6.96 y Motatán: 6.67. El central ubicado en Aragua se caracterizó por su alta productividad, muy superior a la del Matilde: 8.96 y Río Turbio: 8.72, establecimientos de gran importancia en la región centro-occidental.

En los distintos planes de la nación siempre se había tomado en cuenta la importancia estratégica de la explotación azucarera por su capacidad para establecer múltiples relaciones interindustriales. Además del azúcar, se obtienen de la caña varios derivados: bagazo, melaza y cachaza. El bagazo es utilizado como combustible y para la fabricación de pulpa para papel; con la melaza se elaboran alcoholes etílicos, plásticos, levaduras y bebidas alcohólicas; la cachaza sirve para la fabricación de cera y abonos orgánicos. Los tres derivados de la caña, antes mencionados, constituyen también la base para la producción de alimentos para animales. Por otra parte, la industria azucarera utiliza fertilizantes, diversos implementos agrícolas, productos químicos y maquinarias especializadas.

La capacidad instalada en 1964 era de 316.000 toneladas de azúcar refino, dando por resultado la elaboración de 290.000 toneladas de dicho producto. Es decir, el aprovechamiento efectivo de la capacidad instalada fue de 91.7%. Si tomamos en cuenta el período comprendido entre 1960-1961 y 1967-1968, la región centro-occidental (Lara y Yaracuy) aportaba el 51.36%, Aragua el 20.43% y la región oriental (Sucre) el 6.18% del total del país. Los centrales estatales tenían una producción del 40.58% del total nacional y los privados el 59.42%, distribuido de la siguiente manera: grupo Vollmer, 30.05%; Matilde, 13.60%; Tocuyo, 10.86% y Venezuela, 4.91% (Yépez, 1970).

En plena etapa de auge de la agroindustria azucarera, durante la primera presidencia de Rafael Caldera (1969-1974) se pretendió dar mayor impulso al sector. A través de la Fundación para el Desarrollo de la Región Centro Occidental (Fudeco) se promovió el fomento de la cañicultura mediante la realización de estudios de los recursos agropecuarios en las zonas áridas y semiáridas que habrían de requerir obras de riego. En el estado Yaracuy se constituyó un Centro Industrial Experimental para llevar a cabo investigaciones relativas a la producción agrícola destinada a la exportación. También se presentaron proyectos para lograr el aprovechamiento integral del bagazo de la caña y de otros subproductos (Cordiplan, 1970).

A inicios de los setenta se estaba diseñando un nuevo programa azucarero destinado a la ampliación de los centrales existentes, la instalación de varias plantas de alta capacidad y eficiencia y la incorporación de nuevas áreas de cultivo aptas para zafras de elevado rendimiento. Precisamente, el estado Portuguesa reunía los requisitos para la extensión de las siembras de caña y el establecimiento de nuevos centrales, aunque esta zona no se había caracterizado por una larga tradición azucarera, como era el caso de Lara y Yaracuy. Desde 1959 se estaban efectuando las gestiones para constituir el Central Azucarero Portuguesa, proyecto que se materializó una década más tarde. Las factorías, proyectadas en el contexto del IV Plan de la Nación (1970-1974), fueron las siguientes: Río Yaracuy (Yaracuy), Santa María (Monagas), Carora (Lara), Melaport, Río Guanare y Las Majaguas (Portuguesa) y Ribero (Sucre). De los centrales mencionados, el sector público promovió la instalación de Río Yaracuy, Santa María, Las Majaguas y Ribero. En esta etapa se fue intensificando la tendencia a la especialización en el proceso industrial, ya que algunos de los nuevos centrales estaban destinados a producir meladuras[‡‡] que luego serían procesadas por plantas refinadoras.

El gran dinamismo de la agroindustria azucarera respondía en gran parte a las políticas de crédito y al fuerte incentivo de las exportaciones. El resultado se expresó en un acelerado aumento de la producción azucarera, que se elevó de 214.616 en 1961 a 493.354 toneladas en 1972, año en que se alcanzó el mayor volumen de las exportaciones hacia el mercado norteamericano. Las buenas condiciones del mercado exterior estimularon la ampliación de las áreas sembradas de caña, con resultados satisfactorios en rendimiento de campo y fábrica. Al promediar los años setenta, la situación se modificó radicalmente al emerger los signos de una profunda crisis que afectará al conjunto de la explotación azucarera.

La industria azucarera en crisis

Durante la primera presidencia de Carlos Andrés Pérez (1974-1979), en el marco del boom petrolero, se proyectaron grandes inversiones públicas con el objetivo de avanzar en dirección a la fase de sustitución de bienes intermedios y de capital. El extraordinario incremento de los ingresos fiscales, que alcanzó a Bs. 40.000 millones en 1974, favoreció la mayor participación estatal en el proceso económico. Tras la nacionalización del hierro (1975) y del petróleo (1976), el Estado se convirtió en el resorte fundamental de la economía, siendo la orientación del gasto público uno de los factores determinantes en el proceso de asignación de los recursos (Cordiplan, 1975).

A pesar de los elevados ingresos provenientes de las exportaciones petroleras, no llegó a desarrollarse una verdadera base productiva, sino que por el contrario, el abandono de la agricultura y la migración hacia los centros urbanos se convirtieron en rasgos característicos de aquellos tiempos de “bonanza”. Las principales ramas agroindustriales se fueron estancando, mientras se registraba un gran incremento de las importaciones de buen número de artículos básicos para el consumo de la población.

En los años de “bonanza fiscal” se manifestaron efectos sumamente negativos para la actividad azucarera. Por un lado, la nación se benefició por el incremento de los precios petroleros, pero al mismo tiempo la economía venezolana, altamente importadora, recibió el impacto de los elevados precios de los artículos provenientes del exterior. Por otro lado, para evitar los efectos de una excesiva liquidez interna por los crecientes ingresos fiscales, el gobierno implantó un sistema de control de precios que afectó rápidamente a todos los sectores económicos que requerían de suministros importados. Ésta fue una de las causas de la crisis que la industria azucarera comenzó a confrontar desde mediados de los años setenta.

Mientras internamente regía el sistema de fijación de precios del azúcar para el consumo, a nivel internacional se estaba presentando el alza de los precios de insumos, maquinarias, repuestos e implementos agrícolas empleados en el proceso azucarero, que en algunos casos llegó hasta 300% (Báez, 1981). Dada la elevada dependencia de las importaciones, la consecuencia inmediata fue una notable caída de la rentabilidad, por lo cual el sector ya no era capaz de generar recursos suficientes para la inversión (Abarca, 2004). A la merma de los cultivos y la consiguiente reducción de la molienda por parte de los centrales, se sumó la baja de la productividad tanto en fábrica como en campo durante aquellos años.

La producción, que había alcanzado las 507.341 toneladas en 1974, cayó tras diversas fluctuaciones a 303.137 toneladas en 1981, lo que equivalía a una baja del 40%. Ante la insuficiente oferta, fue necesario acudir a las importaciones que en 1978 llegaron a las 450.713 toneladas, frente a una producción de apenas 346.430 toneladas (Gráfico 1). Estos datos expresan la dramática situación que estaba atravesando la explotación azucarera venezolana.

Entretanto, se agravaban los efectos del control de precios y de la elevación constante de los costos de los insumos que ocasionaron el declive de la rentabilidad, evidenciando la ausencia de una política azucarera que contemplara la estructura de costos y velara por los intereses tanto de consumidores como de productores.

En coincidencia con los problemas antes señalados, surgieron en estos años dificultades con las exportaciones, debido al derrumbe de los precios del azúcar a nivel internacional. La libra de azúcar llegó a costar 23.51 centavos de dólar en 1974, bajando a 13.65 al año siguiente y a 7.87 en 1977. En la baja de los precios incidió en primer término la eliminación en 1974 de la Ley Azucarera en los Estados Unidos, tras lo cual el gobierno de ese país comenzó a aplicar gravámenes a la importación del artículo, que hasta esa fecha había estado regulada por un sistema de asignación de cuotas a determinadas naciones productoras. A ello se sumaron otros factores como la difusión del uso de edulcorantes y las medidas restrictivas aplicadas por algunos miembros de la Comunidad Económica Europea, y sus políticas de subsidio a la remolacha azucarera. En este contexto, el negocio azucarero desembocó en una verdadera catástrofe para muchos de los países exportadores de este rubro.

En Venezuela, el primer impacto negativo tuvo su origen en las fuertes sequías de 1973, lo que impidió el cumplimiento de las cuotas de exportación pautadas. En ese momento todavía la situación de los precios a nivel internacional seguía siendo positiva. El volumen de la producción en 1974 no logró cubrir la elevada demanda interna doméstica e industrial y, menos aún, satisfacer las exportaciones. Poco después se produjo la debacle del mercado internacional que impidió la continuidad de las exportaciones, mientras el mercado interno no ofrecía mayores incentivos debido a la fijación de precios y al alza de los costos. El déficit de la oferta debió cubrirse con importaciones, las cuales se veían favorecidas tanto por la sobrevaluación de la moneda como por el bajo precio del producto en el mercado internacional.

A la rigidez del sistema de fijación de precios e incremento de los precios de maquinarias e insumos, se agregaron otros elementos negativos para la industria, como las alzas de las tarifas eléctricas y el aumento de las cargas por mejoras salariales. Este conjunto de factores condujo al descuido de las labores de investigación, fundamentales para mejorar la selección de las semillas y los métodos de control de plagas. Por otra parte, es menester considerar que el Estado prestó escasa atención a los servicios de asistencia técnica a los cañicultores.

Después de la elevada exportación de 152.338 toneladas en 1972, al año siguiente se colocaron en el mercado exterior solamente 34.418 toneladas. Por el contrario, las importaciones fueron creciendo de manera constante hasta llegar a la cantidad récord de 529.890 toneladas en 1982. Este aspecto era totalmente contrastante con las dos décadas anteriores en que Venezuela había alcanzado el autoabastecimiento en materia azucarera e, incluso, había logrado colocar excedentes en el mercado internacional. Ante la inexistencia de políticas adecuadas para reactivar la industria, ésta continuó su tendencia declinante hasta desembocar, al sumarse factores climáticos adversos, en la profunda crisis de 1981.

La crisis de los años setenta afectó a todos los centrales del país. El Palmar comenzó a presentar una fuerte contracción desde 1973, aunque en la mayoría de los casos el impacto más severo se hizo evidente a partir de 1976-1977. La caída prosiguió hasta 1981, año en que se registró el nivel más bajo por la incidencia de los problemas antes mencionados, a lo que se agregaron las lluvias coincidentes con la zafra.

El Central Mérida fue el primero en interrumpir sus actividades en 1974, las cuales fueron reanudadas al año siguiente, pero en 1976 la planta debió cerrar definitivamente debido a las dificultades para el suministro de caña.

La empresa Centrales del Tuy dejó de funcionar en 1980 y el Central Yaritagua cerró sus puertas en 1982. Por esta razón, el grupo Vollmer inauguró al año siguiente una nueva planta en el estado Portuguesa: Tolimán, lo que significó otro importante paso en su expansión hacia la región centro- occidental. Mientras el grupo Vollmer estaba extendiendo sus inversiones hacia las áreas azucareras más apropiadas para mantener aceptables niveles de rentabilidad, el Central Portuguesa debió paralizar sus operaciones entre 1983 y 1985. El Tacarigua se encontraba en peor situación aún, lo que obligó a suspender las moliendas entre 1982 y 1987. En Trujillo, el Central Motatán, que se había caracterizado por su bajo rendimiento, trabajó hasta el año 1983. Estos datos nos indican la profunda contracción de esta importante rama agroindustrial.

A inicios de los setenta, cuando aún no se había exteriorizado la crisis, fueron inaugurados los centrales Río Yaracuy (Yaracuy) y Santa María (Monagas), ambos en 1973. En el marco de la etapa de expansión anterior se había diseñado la creación de nuevas plantas, algunas para el procesamiento de meladuras, que comenzaron operaciones en adversas circunstancias. Melaport (Portuguesa) realizó su primera molienda en 1975 con una reducida producción; el Central Carora (Lara) en 1977; Río Guanare (Portuguesa) y Ribero (Sucre) en 1979, mientras que Las Majaguas (Portuguesa) empezó a trabajar en 1980.

Nuevas políticas azucareras e intentos de reactivar el sector

La crisis azucarera fue parcialmente superada a mediados de los años ochenta mediante el diseño de nuevas políticas destinadas a promover los cultivos y la refinación (DVA, 1982). Además de adoptarse medidas de flexibilización de precios, se dispuso el pago de la materia prima de acuerdo al grado de contenido de sacarosa, lo que posibilitó la ampliación de las superficies cultivadas y el incremento de los rendimientos (MAC, 1984-1986). En opinión del Ministerio de Fomento, la nueva política incorporó un sistema de precios “remuneradores tanto para el azúcar como para la melaza en beneficio de la industria, la cual venía operando con una relación costo-precio realmente deteriorada” (Ministerio de Fomento, 1982). La reactivación fue muy lenta debido al abandono en los años anteriores de las siembras de caña. Después de la fuerte caída de la producción a 303.137l toneladas en 1981 se registró una tendencia a la recuperación, pero nuevamente se retrocedió a 301.432 toneladas en 1984. En los años sucesivos, la industria adquirió notable impulso que se hizo visible con un aumento a 584.214 toneladas en 1987 (Gráfico 1).

Por entonces se exteriorizaron cambios significativos en la distribución espacial de la producción que, en 1972, había sido la siguiente: Lara (32%); Yaracuy (21%); Aragua (19%); Portuguesa (8%); Sucre (6%); Zulia (4%), Carabobo (4%); Táchira (4%) y Trujillo (2%). En 1991 se observan variaciones en el panorama azucarero: Lara (33%); Portuguesa (24%); Yaracuy (13%); Aragua (13%); Sucre (7%); Zulia (4%); Carabobo (2%); Monagas (2%) y Táchira (2%). Mientras el estado Portuguesa exhibía un notable crecimiento, Yaracuy descendió de manera pronunciada en su aporte a la producción nacional.

La expansión de las siembras de caña de azúcar en el estado Portuguesa se realizó sobre tierras que originalmente habían estado consagradas al cultivo de arroz, lo que implicaba la ventaja de disponer de sistemas de riego previamente instalados. Por otra parte, contribuyeron a este rápido desarrollo otros factores: la rentabilidad del cultivo a mediados de los sesenta; la aplicación de programas de fomento en materia de créditos, vialidad y asistencia técnica; la disponibilidad de tierras planas; las posibilidades de mecanizar el cultivo y la cosecha; abundantes recursos para el riego y clima apropiado (López, 1993).

Con relación a la capacidad de molienda, los datos incluidos en el Cuadro 2 evidencian el gran impulso adquirido por factorías como El Palmar, La Pastora y Río Turbio. Resulta de gran interés la incorporación desde los años setenta, en medio de la grave crisis, de plantas azucareras de gran tamaño: Río Yaracuy, Las Majaguas y Portuguesa, que se caracterizaron por disponer de avanzada tecnología, aunque al principio debieron utilizar una pequeña proporción de su capacidad productiva.

Cuadro 2. Capacidad de molienda de los Centrales 1959-1991 (toneladas de caña diarias)

Centrales

1959

1975

1983

1991

El Palmar

3.800

6.500

6.500

9.000

Matilde

2.600

4.500

4.500

4.500

Río Turbio

2.500

6.000

6.000

7.000

Venezuela

1.500

2.000

2.000

2.400

Tocuyo

1.500

2.400

2.400

2.400

Tacarigua

1.200

2.000

3.000

2.500

Cumanacoa

1.200

3.000

3.000

3.000

Ureña

900

1.200

1.200

1.200

Motatán

900

1.400

1.200

Mérida

400

400

La Pastora

225

2.000

2.500

4.800

C. del Tuy

800

Portuguesa

6.000

6.000

7.000

Yaritagua

2.300

2.300

Carora

2.500

3.000

Río Yaracuy

4.000

7.000

7.000

Santa María

2.400

2.400

2.400

Majaguas

7.000

7.000

Ribero

2.400

2.400

Río Guanare

3.000

3.000

Tolimán

4.000

4.000

Fuente: Abreu Olivo (2001) y MAC, Anuario Estadístico, varios años.

A causa de los graves desequilibrios macroeconómicos que estaba confrontando la economía venezolana, en 1989 el gobierno decidió aplicar un modelo de ajuste estructural, con el propósito de recuperar el nivel de reservas internacionales y reducir el déficit de la balanza de pagos. Las nuevas directrices económicas enfatizaban la necesidad de redimensionar el papel económico del Estado por medio de la liberación de precios y de las tasas de interés, y establecer la flexibilidad cambiaria. Asimismo, el gobierno se propuso disminuir el déficit fiscal por medio de la restricción del gasto público, las privatizaciones, la eliminación de subsidios y la reducción de protecciones arancelarias. Este programa fue aplicado durante la segunda presidencia de Carlos Andrés Pérez, en absoluto contraste con los lineamientos intervencionistas de su primer mandato.

En este contexto, el Estado inició el proceso de privatizaciones de las empresas que habían sido administradas por la CVF-Centrales Azucareros[§§], por considerar que las mismas se hallaban en situación deficitaria. Entre 1991 y 1995 pasaron a manos privadas las siguientes factorías: Tocuyo, Río Yaracuy, Cumanacoa, Tacarigua, Las Majaguas, Ureña, Motatán y la parte de las acciones del Central Portuguesa que estaban en poder del Estado (FIV, 1994).

Panorama de estancamiento e incertidumbres

En el transcurso de los años noventa, a pesar de los programas de modernización para incrementar la competitividad de la agroindustria, Venezuela sufrió una acentuada caída de la producción, a lo que se agregó la carencia de proyectos de investigación y desarrollo de infraestructura (Abarca, 2004). La insuficiencia de la producción, los bajos rendimientos y la necesidad de recurrir a las importaciones expresan la ausencia de políticas orientadas a recuperar el abatido sector azucarero. Todo ello configura un panorama de estancamiento que se ha prolongado hasta el presente.

Durante la segunda presidencia de Rafael Caldera (1994-1999) se prosiguió con la formulación de metas para aumentar la productividad agrícola y garantizar la seguridad alimentaria (Cordiplan, 1994). Sin embargo, la agricultura continuó exhibiendo tendencias decrecientes. A pesar del discurso gubernamental no se diseñaron programas específicos para el desarrollo de la explotación azucarera, al tiempo que las importaciones del producto continuaban siendo la única alternativa para asegurar el abastecimiento interno (Coles, 2002).

Después de alcanzar un volumen de 550.762 toneladas de azúcar en 1992, la producción bajó a 489.139 toneladas en 1994 y a 471.719 al año siguiente (Gráfico 1). Los ligeros aumentos visibles entre 1996 y 1999 no llegaron a conformar un crecimiento sostenido que pudiera apuntar a la satisfacción de los requerimientos del mercado interno, en tanto no existían incentivos para incrementar los rendimientos y obtener materia prima de buena calidad.

Comienza a visualizarse así una tendencia al abandono de los cultivos en Lara, Yaracuy y Sucre, en contraste con la eficiencia demostrada por el Central Portuguesa y las empresas pertenecientes al grupo Vollmer, las cuales mediante cuantiosas inversiones lograron convertirse en factorías altamente competitivas con la incorporación de la más moderna tecnología para las labores agrícolas y fabriles. La preponderancia adquirida por los centrales antes mencionados responde a su capacidad de adaptación a las exigencias del nuevo escenario, enmarcado en los lineamientos de la liberalización económica. Este fenómeno se acentuó después de la desaparición de la Distribuidora Venezolana de Azúcares (DVA) en 1995, la cual había tenido a su cargo hasta ese momento la exclusividad de la comercialización del azúcar elaborado en el país.

En este contexto se aprecia el crecimiento constante de las inversiones realizadas por el Central Portuguesa, empresa que en sus primeros años de vida había atravesado múltiples dificultades financieras, pero que comenzó a crecer de manera incesante en la última década. Tras la adquisición de la planta por Oswaldo Cisneros se inició una etapa de grandes inversiones. En 1996, fue negociada la compra del Central Santa María (Monagas), y sus maquinarias fueron trasladadas al Central Portuguesa, con el objetivo de incrementar la capacidad de molienda y procesamiento de esta última planta que en un breve lapso habría de transformarse en la factoría de mayor tamaño y eficiencia del país. Su producción se orienta básicamente al suministro de azúcar a Coca Cola, Nestlé y Polar, mientras que las ventas para consumo doméstico representan solamente el 5% del total.

En cuanto a la trayectoria del grupo Vollmer, con una experiencia de varias décadas en el negocio azucarero, debemos resaltar que, después de la fundación de El Palmar en 1956, dicho grupo trazó inmediatamente la estrategia de extender la actividad hacia otras regiones, ya que no era posible continuar ampliando los espacios agrícolas de Aragua (Rodríguez et al, 2004). Así fue como se concretó la instalación del Yaritagua en Yaracuy (1957) y, desde 1970, la participación de los Vollmer como socios mayoritarios de La Pastora en Lara y, en 1983, la inauguración de Tolimán en el estado Portuguesa. A mediados de los noventa, dicho grupo económico adquirió el Central Matilde en Yaracuy, aunque debido a las dificultades para obtener materia prima, desde 1997 dicha planta ya no se dedica a la refinación de azúcar sino exclusivamente a la destilación de alcoholes. Por otra parte, el denominado Grupo Palmar está integrado por varias empresas, aparte de las que se dedican a elaborar azúcar. Una de ellas se especializa en la comercialización del producto y otras están consagradas a la explotación de melaza, fibra del bagazo y producción de fertilizantes.

En el año 1999 se inició la gestión presidencial de Hugo Rafael Chávez Frías, durante cuyo mandato se diseñó el Plan Nacional de Desarrollo 2001-2007, enfatizando la aspiración de acrecentar la producción nacional. Algunas de las consignas del Plan de Desarrollo se referían a la diversificación de la producción, la integración de cadenas productivas y la seguridad alimentaria, metas que ya se habían formulado en los gobiernos anteriores, aunque sin éxito (Cordiplan, 2001).

En el mencionado plan se planteó el desarrollo de rubros bandera, entre los que se encontraba la caña de azúcar, además de otros productos como la palma africana, arroz, cacao y café. Sin embargo, las cifras relativas a la producción de azúcar a nivel nacional indican que dicho propósito no se ha concretado y que, menos aún, se ha logrado avanzar hacia el autoabastecimiento, objetivo que sigue formando parte de la retórica oficial.

Entre 1999 y 2005 la producción nacional se incrementó de 593.834 a 697.841 toneladas, lo que representa apenas un 18% que no permite cubrir las exigencias del mercado interno, por lo que persiste la dependencia de las importaciones (Gráfico 1). Las empresas que han tenido mayor participación en ese aumento fueron las pertenecientes a Oswaldo Cisneros y al grupo Vollmer. Si agrupamos los centrales El Palmar, La Pastora y Tolimán, su producción equivale al 33% del total. Por su parte, el Central Portuguesa alcanza a procesar el 22% del azúcar elaborado a nivel nacional.

El panorama en el resto del país es realmente dramático. En el estado Carabobo, la cañicultura está en crisis, ya que allí no existe ningún central desde la paralización del Tacarigua a inicios de los años noventa. Las escasas siembras de la zona circundante suministran materia prima a El Palmar. En Sucre y Yaracuy la tendencia en los últimos años es absolutamente negativa, mientras que la producción en el Zulia, Táchira y Trujillo se ha caracterizado siempre por sus bajos volúmenes[***].

Los problemas que aquejan actualmente a la industria son casi los mismos que condujeron al grave retroceso de los años setenta. El actual gobierno, en su intento por contener la inflación, impuso un rígido sistema de control de precios que ha ocasionado el deterioro de la relación costo-beneficio en el marco de la inflación paralela de los precios de los insumos, tal como había ocurrido hace treinta años atrás. Ello demuestra que el excesivo intervencionismo estatal no favorece el desarrollo de las actividades productivas. Bajo las condiciones imperantes en el presente no hay alicientes para la ampliación de las inversiones, el incremento de la producción y la obtención de adecuados niveles de eficiencia. Como agravante, muchos de los cañicultores prefieren abandonar el cultivo de caña tanto por la constante amenaza de invasiones de tierras como por la falta de incentivos para su producción. Estas ocupaciones ilegales se han convertido en un signo de alarma para los productores, siendo Yaracuy uno de los estados en que se ha exteriorizado mayor número de hechos de violencia.

La producción del Central Río Turbio, entre 1995 y 2005, ha caído en un 13%. La empresa ha sobrevivido en un escenario de inestabilidad, siendo uno de sus principales problemas en la actualidad, al igual que otros centrales del país, la insuficiencia de cultivos de caña, en buena parte por la carencia de un plan estratégico estatal para recuperar la cañicultura.

La región oriental ha presentado durante largo tiempo serias dificultades para la obtención de caña de azúcar de buena calidad, por lo que las factorías allí ubicadas se caracterizaron por el bajo rendimiento de los procesos productivos. El área sembrada en torno al Central Cumanacoa se redujo de 6.500 hectáreas a 4.300 hectáreas, a mediados de los noventa, lo cual ha tenido repercusiones negativas por la disminución de empleo tanto en el área agrícola como fabril. La situación irregular en que se han desenvuelto sus operaciones en los últimos años ha desembocado en el cierre de la planta en 2006.

Como agravante, el Central Cariaco se encuentra sumido en una profunda crisis. En 1993 debió paralizar la molienda, que se reinició recién en 1995, presentando luego serias dificultades para su normal funcionamiento, hecho que se ha agravado posteriormente, al punto de que en 2006 ha estado al borde de la quiebra. Adicionalmente, el cierre del Central Santa María a mediados de los noventa ocasionó serios inconvenientes a los cañicultores de la zona que debían transportar la materia prima al Cumanacoa, hoy paralizado.

El Central Tocuyo, tras su privatización en 1991, atravesó múltiples dificultades que condujeron a su cierre en 1999, siendo reactivado en el año 2002 bajo el nombre de Pío Tamayo. Actualmente funciona como una empresa que cuenta con participación del sector público y de una cooperativa de trabajadores. Su producción es todavía muy reducida, ya que en 2005 contribuyó solamente con el 4% del total nacional.

En 2002 también fue reactivado el Central Motatán, aunque tres años más tarde apenas está en condiciones de procesar el 1% de la producción del país. En el Táchira funciona la empresa Cazta (anteriormente Ureña), de capital colombiano, cuya producción en 2005 representa el 2% del total nacional. El Central Venezuela aporta una cantidad pequeña a la producción del país, siendo escasos los avances tecnológicos introducidos en la empresa. Aún no ha logrado concretarse la instalación del Central Ezequiel Zamora en Barinas[†††], a pesar de las extraordinarias inversiones efectuadas por el Estado. Debido a que en la zona ya se ha dado inicio a los cultivos de caña y, ante la ausencia de plantas de procesamiento cercanas, la materia prima debe ser transportada al estado Portuguesa.

En los gráficos 2 y 3 está representada la distribución geográfica de la producción azucarera en 1972 y 2005, lo que nos permite apreciar la evolución del sector a lo largo de tres décadas. En el estado Portuguesa se pasó de producir el 8% del total nacional en 1972 al 42% en 2005. Aragua ha alcanzado su límite máximo como zona productora de caña, ya que no tiene posibilidades de extender la frontera agrícola. A pesar de que las factorías allí localizadas tienen alta participación en el mercado nacional, los incrementos a nivel global han sido insuficientes para cubrir la demanda interna, ya que otras regiones del país disminuyeron notablemente sus cultivos y volúmenes de elaboración de azúcar. Por otra parte, es necesario señalar que incluso los centrales de mayor tamaño y eficiencia están padeciendo los obstáculos derivados de las políticas de precios y del clima de incertidumbre que se agita en los medios empresariales, aun cuando todavía están en capacidad de compensar ciertos desajustes gracias a la diversificación de sus líneas de producción y al gran tamaño de sus mercados.

Gráfico 2. Distribución de la producción azucarera según estados  de Venezuela. Año 1972. (porcentajes)

Fuente: Elaborado con base en datos de Anuarios Estadísticos del MAC.

Gráfico 3. Distribución de la producción azucarera según estados de Venezuela. Año 2005. (porcentajes)

Fuente: Elaborado con base en datos de Fesoca, Informes Estadísticos.

Tanto Lara como Yaracuy han disminuido relativamente su peso en la producción de azúcar a nivel nacional, al bajar del 32% y 21% en 1972 al 28 y 5% en 2005, respectivamente. En Yaracuy permanece solamente el Central Santa Clara (Río Yaracuy), cuya producción ha bajado notablemente por el abandono de la agricultura debido a las constantes invasiones de tierras. Otras entidades presentan en el año 2005 una contribución muy reducida a la producción nacional: Zulia (5%), Sucre (3%), Táchira (2%) y Trujillo (1%).

La situación de algunas de las tradicionales regiones productoras es crítica debido al abandono de la agricultura por la falta de incentivos, la baja rentabilidad y la inseguridad, lo que ha ocasionado el aumento de los índices de desempleo tanto rural como fabril, principalmente en Yaracuy y Sucre, así como también en otros espacios con enraizadas prácticas en la explotación azucarera.

Conclusiones

Para reactivar la agroindustria azucarera se requiere de la ejecución de programas que generen incentivos a la cañicultura y posibiliten su crecimiento tanto en términos de producción como de productividad. Con esta finalidad es imperioso adoptar medidas concretas en materia arancelaria para la introducción en condiciones favorables de insumos, maquinarias y equipos de uso agrícola, así como también brindar asistencia financiera y estimular las labores de investigación destinadas a elevar los niveles de eficiencia, todo lo cual requiere de abundantes inversiones para modernizar los procesos productivos. Asimismo, es menester brindar bases de seguridad jurídica en el régimen de tenencia de la tierra, para evitar el abandono de los cultivos, dado que la insuficiencia de materia prima constituye una de las dificultades principales para el normal desenvolvimiento de esta rama agroindustrial, sujeta además a todo tipo de contingencias naturales.

A fin de resguardar la rentabilidad de esta importante actividad productiva, sería preciso establecer pautas de concertación entre el sector privado y el gobierno para acordar una política de precios sustentada en criterios realistas, con reajustes periódicos que tomen en cuenta la estructura de costos, sin ocasionar graves perjuicios a los consumidores.

Otra medida de gran importancia, orientada a la ampliación del empleo, consiste en impulsar la creación y reactivación de industrias conexas para la utilización de los derivados de la caña e incrementar así la demanda, lo que a su vez redundaría en beneficio de la economía en su conjunto. Por otra parte, el acrecentamiento del suministro de materia prima haría posible que las factorías utilicen una proporción mayor de su capacidad instalada.

A inicios del siglo XXI, el panorama de la agroindustria azucarera se presenta bastante incierto. Con el objetivo de promover su desarrollo sostenido, es indispensable diseñar políticas sectoriales definidas y coherentes que permitan incrementos significativos de la productividad y garanticen además niveles aceptables de rentabilidad. Es de vital importancia restaurar, en un entorno macroeconómico estable y en un clima de confianza, la eficiencia y productividad de la industria azucarera que se caracteriza por sus amplios efectos multiplicadores en la economía y por su alta capacidad para generar empleo tanto agrícola como fabril.

Notas

[-] Este trabajo obtuvo el Primer Premio del IV Concurso de Ensayos de Economía en el 2007, organizado por el Instituto de Investigaciones Económicas y Sociales “Rodolfo Quintero” y la Comisión de Investigación de la Escuela de Economía, con el patrocinio de Banesco. La investigación contó con el apoyo del Consejo de Desarrollo Científico y Humanístico (CDCH) de la Universidad Central de Venezuela. Agradecemos la colaboración prestada por María Gabriela Rojas y Octavio Terán para la realización de este trabajo.

[*] catalinabanko@cantv.net

[†] En 1914 se instaló el Central La Ceiba (Trujillo), con una excelente localización ya que sus productos podían ser transportados por el Lago de Maracaibo con la consiguiente reducción de los fletes. Debido a dificultades surgidas por el bajo rendimiento de la caña de azúcar dicha factoría fue cerrada en 1918. El auge de las exportaciones en la primera posguerra motivó la fundación en 1920 del Central La Gran Vía en el estado Zulia. Sin embargo, la fuerte caída del comercio exterior que se produjo al año siguiente, determinó que tanto esta última empresa como el Central Azucarero del Zulia cerraran sus puertas. Las instalaciones de ambos establecimientos fueron adquiridas poco después por el Central Venezuela.

[‡] Tras la muerte de Juan Vicente Gómez en diciembre de 1935, el Central Tacarigua pasó a formar parte de los denominados Bienes Restituidos a la Nación, siendo administrado por la Corporación Venezolana de Fomento (CVF) desde 1946.

[§] La producción de azúcar alcanzó en 1947 a las 28.501 toneladas. Debido al aumento acelerado del consumo, fue necesario importar 45.000 toneladas en ese mismo año. En 1955 la industria había dado un gran salto con la producción de 144.046 toneladas que hicieron posible el total abastecimiento interno.

[**] Cordiplan, organismo encargado de elaborar los Planes de la Nación, fue creado en 1958.

[††] Luis Fernando Yépez aclara que la productividad del Central Mérida parecía ser relativamente alta debido a que la molienda se realizaba con caña que tenía entre 18 y 24 meses de edad, mientras que en los demás casos se cosechaba caña entre 10 y 14 meses de edad.

[‡‡] Se denomina meladura al jugo que ha sido clarificado y evaporado hasta cierta densidad en el proceso de fabricación del azúcar.

[§§] Antes del programa de privatizaciones emprendido durante la segunda presidencia de Carlos Andrés P., ya el Estado había realizado en 1988 la venta del Central Río Turbio.

[***] La obtención de series estadísticas e información sobre las operaciones de los centrales en el período 1990-2005 presenta serias dificultades porque los organismos públicos, concretamente los ministerios encargados de la atención de la agroindustria, han dejado de publicar anuarios y memorias exhaustivas sobre la materia. Esta carencia ha sido subsanada, en parte, mediante la obtención de datos proporcionados por el sector privado.

[†††] La construcción del central azucarero en Barinas, iniciada en 2001, ha estado envuelta en múltiples problemas. Sus directivos fueron denunciados públicamente por haber cometido presuntos actos de corrupción con los fondos destinados a la instalación de la planta.

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