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Extramuros

Print version ISSN 1316-7480

Extramuros vol.12 no.31 Caracas Oct. 2009

 

De memorias, infancias y amores inconclusos:  La narrativa y la oralidad, presentes en la novela las muñecas y el moloch de carmen vincenti

Isabel zerpa A.

Escuela de Educación UCV Centro de Estudios de la Mujer (CEM-UCV) Caracas, Venezuela.

En la tarde que está concluyendo, Rafaela ha imantado a todos los oyentes, crecida en el respeto y en la admiración de su gente. Su fuerza, el poder de su memoria, nos ha colmado; ella es el antiguo depositario, la guardadora, la que sabe… Ana Pelegrín: La Aventura de oír, p. 71.

Licenciada en Letras, egresada de la Universidad Católica Andrés Bello. Especialista en Docencia en Educación Superior, Universidad Central de Venezuela; Especialista en Planificación y Administración Cultural, egresada de la Escuela Internacional de Administración Pública Getulio Vargas, Río de Janeiro, Brasil. Profesora Agregada y jefa de la Cátedra de Comunicación de la Escuela de Educación UCV. Coordinadora Docente del CEM-UCV. Creadora del Programa Una ludoteca Para Los Niños del INAM (1995). Investigadora de Literatura y Experiencia Lúdica; La comunicación en el proceso de enseñanza aprendizaje; Las Ludotecas y La Promoción de la Paz; La Narración Oral en La Educación; Género narración oral y experiencia educativa. Co fundadora del Grupo Cuenta Catia Cuentos (1985); Fundadora De Los Grupos: Había Una Vez, Universidad José María Vargas (1987) CUENTAINAM (1992); El Jardín Del Unicornio (2000) Escuela de Educación UCV; Las Hijas de Artemisa (2008) CEMUCV. Ha presentado ponencias en eventos nacionales e internacionales. Colaboradora de la Revista Ojodeagua. Entre sus publicaciones recientes: Juegos para la formación de Valores (2009). La Ludoteca Una Alternativa Para La Promoción de la Paz (2008). Breviario para una reflexión sobre la escritura acerca de la Violencia hacia las mujeres y su abordaje en los medios de comunicación (2009). Abuelo, los recuerdos no se rompen (2010).

RESUMEN

El presente artículo es un análisis de la novela Las Muñecas y el Moloch de Carmen Vicenti, donde la oralidad, entre otros rasgos, logra atraparnos en una lúdica trama. La novela está estructurada en tres capítulos: «De las historias», «Una historia más» y «De los finales», donde se manifiesta en todo momento lo importante de contar, ese darle vida a las palabras para trascender a través de ellas. Se analizarán algunas categorías, tales como tipos de discurso, la enunciación, la contextualización de los sujetos femeninos, las elecciones temáticas, la palabra ajena y la construcción del otro, así como la deconstrucción y construcción de representaciones arquetípicas femeninas; esto a través de la identificación de una oralidad primaria, presente en los relatos de Alma, que nos cuenta las vidas de sus dueñas y de una oralidad secundaria, presente en la escritura, en la producción del texto literario.

Palabras clave: Oralidad, memoria, narración oral, alma, ánima

ABSTRACT

This article is an analysis on Carmen Vincenti’s novel Las muñecas y el moloch (The dolls and the moloch), which catches the reader’s attention thanks to its oral discourse and other elements combined in a playful plot. The novel is divided into three chapters: «De las historias» (On stories), «Una historia más» (One more story) and «De los finales» (On endings); together, they are a constant expression of the importance of telling, that is, giving life to the words as a means to transcend. The analysis includes such categories as the type of discourse, enunciation, the contextualization of the female subjects, the thematic choices, the other’s voice, the construction of otherness, the construction and deconstruction of the feminine archetypical representation; this comes about as a result of identifying a primary orality, manifest in the stories told by Alma, who narrates the lives of her owners, and a secondary orality, which is present in the very writing, that is, in the production of the literary text.

Key words: orality, memory, oral narration, alma, soul

La experiencia narrativa y sus múltiples dimensiones nos envuelven de manera especial en esta novela de Carmen Vincenti donde la oralidad, la recreación de las historias de vida de mujeres que han vivido en siglos diferentes, y las perspectivas de género, logran atraparnos en una lúdica trama donde por momentos nos sumamos como espectadores y cómplices de los relatos contados por las muñecas protagonistas de esta historia, tal como si fuéramos otros personajes, integrados en la sala donde ambas narradoras intercambian cuentos sobre una vieja casona, plena de memorias de infancias, de dolores, de alguna que otra aventura y de amores inconclusos.

«La vida entera es un relato… El no tener que contar sería la no vida»… Estas palabras de la autora de Las muñecas y el Moloch nos permiten iniciar algunas reflexiones en torno a esta novela y al mismo tiempo nos abren caminos para intentar un análisis sobre la misma, tratando de hurgar en las palabras, en la oralidad, en las marcas de género evidentes en ella y muy especialmente, en la presencia de estos aspectos, en la perspectiva narrativa desarrollada por dos personajes muy particulares como son Alma y Dulce, dos muñecas «parlanchinas» que establecen, podríamos decir, una interesante amistad a partir del intercambio de las historias de las dueñas de Alma, quien cuenta estas historias de manera acuciosa, entusiasta y muchas veces nostálgica a su interlocutora, Dulce, la muñeca más joven y recién llegada a su vida, quien la escucha atenta, pero en algunos momentos con cierto desparpajo y displicencia; quien además, progresivamente, aviva el interés por los relatos de Alma y se va convirtiendo en una oyente distinta, en una interlocutora también acuciosa, reflexiva, cuestionadora, que al final de la novela se apropia de las historias, se va descubriendo a sí misma y desarrolla su imaginario en vinculación con los relatos contados por Alma, la principal narradora de la novela, quien también se construye a sí misma en la evocación y narración de las historias de sus dueñas, don - de evoca sus infancias y sus historias de amor, por lo general historias inconclusas. Alma también se reconstruye en relación con los otros; su visión del mundo también se transforma en su vinculación con Dulce y en relación con los descubrimientos en torno a Gregorio, a quien idolatra y quien finalmente se desvanece ante sus ojos al darse cuenta que no es precisamente un dechado de virtudes.

En el desarrollo de la novela aparece un «personaje misterioso» que en algunos momentos envuelve de suspenso algunos hechos, el Moloch, un ídolo de origen no determinado, perteneciente en principio a Dolores, una de las esclavas de la hacienda; ella se lo regaló a Elvira una de las dueñas de Alma, para que la protegiera, pero el ídolo no fue capaz de salvarla de las garras de la muerte. El ídolo aparece y desaparece a través de las historias que cuenta Alma a Dulce; finalmente éste se derrumba como lo que es, un falso ídolo, y esta destrucción tiene que ver directamente con el derrumbamiento de Gregorio como ser humano ante los ojos de Alma y de Marcela, supuestamente su gran amor.

La novela está estructurada en tres capítulos: «De las historias», «Una historia más» y «De los finales». En el primero las muñecas, Alma y Dulce, colocadas en un sillón de la sala y acompañadas por los relatos en torno a una vieja casa, inician un imaginativo diálogo. Alma es una muñeca antigua, que ha perdido la visión a través de los años, «siglos» de vida. Es ella quien narra la saga de los difíciles amores y desamores de cada una de sus dueñas durante varios siglos; mientras, Dulce, una muñeca nueva, recién llegada a la vieja casona, escucha atenta los relatos y los misterios, los deseos y las tragedias que silencian el amor de los personajes. Igualmente encontramos en la narración de estas historias el transcurrir del tiempo, los ritmos de los objetos y las vidas que habitaron la casa, algunos aspectos de la historia de una nación y la escenificación de la vida privada.

En el segundo capítulo, «Una historia más», Alma y Dulce detienen en el tiempo sus relatos para escuchar y observar lo que ocurre en la vieja casa, en una tensa y no menos reveladora noche. Una noche en la que Gregorio y Marcela, una mujer muy importante para él, –pareciera el gran amor de su vida– interrogan sus desencuentros amorosos, cuando despejan las contrariedades y los enigmas de un pasado inconcluso e inesperado, donde las muñecas se sumergen en la aventura de oír, convirtiéndose en testigos de los encuentros y desencuentros que tienen Gregorio y Marcela durante toda la noche.

El tercer capítulo, «De los finales», se orienta realmente hacia los inicios. Mientras Alma teje y desteje el tiempo y los amores para finalizar la saga y alcanzar el presente, Dulce crece y afianza su identidad a través del cuestionamiento de tales historias, y apreciamos cómo la muñeca más joven cobra cuerpo en un lenguaje capaz de impulsar la imaginación.

Un grupo de objetos animados forma parte de la novela: un ídolo falso, el Moloch; un frasco con una inagotable fragancia de rosas que nunca se pierde y forma parte de la vida de las antiguas dueñas de Alma y también del presente de Marcela; y los pájaros: pájaros cantores que deleitaban la vida de Elvira; pájaros dibujados por Laura en su interminable espera, elaborados en cerámica por Isabel, fotografiados por Marcela en la historia más reciente. Todos estos objetos aparecen en di fe - rentes momentos de las historias del pasado relatadas por Alma y nuevamente aparecen en el encuentro de Gregorio y Marcela, en el segundo capítulo de la novela; estos objetos son como conectores de las historias:

—… A mí me fascinó la vez que él le habló del aroma de pétalos de rosa que tenía la muñeca que él le había regalado y que siempre los acompañaba en los momentos de amor. ¡Me trajo tantos lindos recuerdos!

—¡Y a mí me enseñó tanto!

—¿No te llama la atención tantas coincidencias? El perfume de pétalos de rosa, la afición por los pájaros, el mismo cuento de la muñeca que Gregorio le regaló a Marcela.

—Sí, es impresionante.

—Estoy por creer que aquí está trazado un mapa del destino, como siempre alegaba la negra Magdalena.

—No te pongas fastidiosa, en otro momento analizamos eso, seguro que tú le vas a encontrar conexiones misteriosas a todo. Por ahora prefiero recordar las escenas de amor…» (p. 49).

Lo importante es contar, darle vida a las palabras, retomar la trascendencia de la vida a través de ellas, recrear el mundo y darle vida a los objetos a través de la narración, de la acción específica de contar. La autora nos manifiesta su interés por el mundo de los objetos, por el poder de la imaginación, por el rescate de la memoria, lo que plantea a través de los relatos de Alma y de la transformación que va tendiendo Dulce progresivamente, donde su interés por la acción de contar va co - brando fuerzas.

Como veremos más adelante, al final de la novela Dulce trata de reconstruir las historias que le ha contado Alma. Es evidente que el relato y la memoria surgen como un espacio para compartir y renacer, como lo comenta Cedeño (2006) al realizar la reseña de esta novela, Carmen Vincenti bien lo exhibe, pues la novela toda escenifica una palabra anclada en el incesante acto de contar. De este modo, la historia relatada funciona como un claro espejo de las fuerzas que intervienen en la narración: Dulce refracta, casi siempre, nuestro rol de escuchas, al sumergirnos en sus respuestas, en los comentarios y preguntas que le hace a Alma, al no comprender, al sorprenderse por algunas situaciones, o sencillamente al manifestar su interés por algunos de los relatos y cuando expresa finalmente cómo ha aprendido a valorar esa experiencia de contar y de escuchar, de conocer la vida que se dibuja en las palabras:

…Elvira nos leía cuentos de hadas. Eso duró varios años, antes de que Elvira se enfermara; así que nos hicimos íntimas las tres. Cuando Elvira se murió no te imaginas después de qué sufrimientos…

Si te vas a poner a llorar otra vez mejor no me cuentas… (p. 36).

….¡No te vayas a interrumpir ahora que te mato! …

…Bueno, de nada vale darle vueltas al asunto por ahora. Ya descansaste, así que cuéntame el final de la historia de la monja.

—No hay un final, sólo suposiciones mías que compartí en su momento con Inés, esa es la historia que te toca hoy

Ah no, si el cuento del muchacho y la monja es lo más interesante hasta ahora, no me lo vayas a sabotear.

El de Inés te va a gustar más todavía, vas a ver.

Bueno, está bien, con tal de sacudir este aburrimiento. Prométeme que no lo vas a dejar por la mitad…» (p. 43).

…¿Sabes Alma? Me da terror cuando ya no haya más nada que contar. Cuando tengamos que esperar a Marcela en silencio. Como Gregorio. Ni lo digas.

Fíjate que en medio de las historias de Mariana y de Sol hemos pasado horas sin estar pendientes de él, sin contagiarnos de su desazón.

Tranquilízate. Siempre surgirá algún cuento que rescatar. Y si no, lo inventamos.… (pp. 275-276).

En Dulce, esta singular interlocutora, existe una gran avidez por es cuchar las historias, por darle sentido al tiempo que comparten juntas, contando y escuchando viejos relatos en el viejo sofá. Esto es lo que Ana Pelegrín, llamaría la aventura de oír (1987), en esa experiencia donde el so nido se vuelve trascendente. En un contexto donde no pasa nada, don de se puede morir de aburrimiento, Alma anima la vida, contando las historias de amores contrariados, creando espacios de suspenso, aludiendo a espacios históricos, a tiempos inciertos de guerras civiles y saqueos, construcciones y reconstrucciones de la vieja casona. Como lectores y lectoras, establecemos cierta conexión con las historias contadas por Alma. Nos vinculamos con esa fugacidad y esa permanencia que caracterizan a la oralidad, con la conjunción que se establece entre lo inmediato y la memoria ancestral, con esa redimensión del tiempo y del espacio que nos permite sentirnos, en cierta forma, como cuando vivimos con intensidad un relato contado por nuestras abuelas y sentimos el escalofrío, el susto que nos produce una aparición en un cuento de misterio, o que nos permite enternecernos con una historia de amor, o desternillarnos de risa con un cuento popular tradicional donde asoman las ocurrencias y las picardías de algún personaje de la literatura de tradición oral, cuando una narrador o narradora nos cuenta un cuento y vivimos en el presente, tiempos remotos.

La oralidad primaria está presente en los relatos de Alma, en el sencillo pero maravilloso hecho de contar, de apropiarse de la palabra de sus dueñas para contarnos sus vidas, cuando rescata la memoria de sus historias de amor, deteniéndose brevemente en algunas de las infancias de sus dueñas, en las experiencias vividas en la antigua casona, en el recuerdo de costumbres y creencias. Tal como si nos imagináramos el círculo, la reunión en torno al fuego. El contar, el narrar historias, constituye un acto de intensa comunicación personal. El escuchar supone un contacto con la palabra y el espacio y este contacto tiene una forma ancestral. La narración nos convoca a una actitud expectante, como la que apreciamos en Dulce la mayor parte del tiempo, atenta, acuciosa e inquisidora frente a los relatos de Alma.

… el narrador –la narradora– y el círculo, clan cerrado, espacio transformándose por la evocación de la palabra de otros espacios, tiempo dilatándose, círculos agrandándose, hasta sumergirnos en el no espacio, no tiempo… Es un tiempo detenido en otro tiempo, otra realidad temporal, el illo tempore, tiempo mítico de los latinos. Un narrador entregado a la palabra y su encantamiento, invocando un acto ritual que se abre en el no espacio- tiempo con fórmulas antiguas y que insta, nos instala en otra dimensión: la de la imaginación y la palabra… (Pelegrín 1987:65).

El continuo diálogo entre Alma y Dulce erige un tiempo y un espacio capaz de animar la vida por medio de palabras que entrecruzan un irresoluble y nunca concluso diálogo entre la imaginación y la realidad. De allí, como nos refiere Cedeño (2006), los relatos igualmente inconclusos, los finales inciertos y las interrogantes siempre presentes que, más allá de demandar respuestas o propagar dudas, afirman todas las interpretaciones, todos los razonamientos, todas las posibilidades: como si los relatos, al huir de los extremos, de los cambios definitivos, materializaran la infinitud de la imaginación y la vida desde la palabra misma que las soporta.

También se evidencia una oralidad secundaria, presente en la escritura, en la producción del texto literario, en la incorporación de las tecnologías de la comunicación, de la modernidad (Ong, Walther, 2005). Encontramos un elemento importante que nos acerca a esta oralidad secundaria, inmerso en la escritura, como es la presencia de las telenovelas, espacio que aprovechan Dulce y Alma para compartir otras historias, mientras la muchacha de servicio realiza sus quehaceres y trata de superar la soledad y monotonía que se vive en esta vieja casa:

… Acompañamos con ansias a Alma, a Dulce y a Amelia, la empleada de servicio, cuando siguen el hilo de Amor impune, la telenovela del mediodía, y, de este modo, vivimos y revivimos –así sea una repetición francamente paródica– los devaneos amorosos de hombres y mujeres. Y es que el relato permanece: no son los finales lo que importa en esta novela, pues no se trata de ver inflexiones rotundas, más bien la continuidad de la vida en sus alegrías, pasiones y desamores. En realidad, las muñecas no sólo nombran un pasado, nombran el presente que les tocó vivir… la vida… (Cedeño, 2005).

En este acompañamiento nos convertimos en lectores y lectoras cómplices, que necesitamos del hilo de las historias, de los juegos de la memoria, de la profundización en el descubrimiento de un nuevo relato, corroborando a cada instante que lo importante es contar, dar vida a los objetos, alimentar la imaginación, buscar sentidos. Tanto las muñecas como el Moloch, el falso ídolo, sin olvidar un hermoso y antiguo frasco de fragancia de pétalos de rosa, recorren la novela en sus (des) encuentros amorosos y erigen una ambigua filiación que anima la vida y el amor una y otra vez. Los objetos habitan no sólo la casa, también a los personajes: cargados de historia y de sentido, vuelven tangible la temporalidad humana en sí misma. Se trata de un tiempo humano que se hace a sí mismo en el relato. Las muñecas ejercen en el relato de la memoria un juego de reevaluaciones capaz de materializar un sentido histórico ocupado en cristalizar la vida y la identidad; este es el verdadero deseo de las muñecas.

LA MIRADA FEMENINA EN «LA VOZ» DE UNAS MUÑECAS

Para abordar este punto, además de la revisión del texto de la novela, de la mirada insistente entre líneas, en los diálogos de las muñecas, en el diálogo desarrollado en el encuentro entre Gregorio y Marcela y en los relatos desarrollados por Alma, la narradora principal de Las muñecas y el Moloch, fue necesaria la revisión teórica en torno al tema y para ello se realizó la consulta de varios autores y autoras: Boscán (2007), Braconnier (1997), Heilbrun (1987), Gilbert y Gubar (1987), Rivas (2004) García y Morán (1995), Lagarde (2005) entre otros; pero me he detenido fundamentalmente en las premisas propuestas por Luz Marina Rivas (2004) en su trabajo sobre «La novela intrahistórica», donde define las categorías a considerar en la búsqueda de una caracterización de las marcas de género, entendemos, a ser tomadas en cuenta a la hora de realizar un análisis literario. En primer lugar quiero decir que comparto con la autora, que estas características de marcas de género no tienen que ver con el sexo real del autor o de la autora, sino con las perspectivas elegidas por quienes escriben. En mis reflexiones tomaré en cuenta algunas de estas categorías, pero las enunciaré todas brevemente:

1. Tipos de discurso

2. La enunciación: construcción y privilegio de subjetividades femeninas en el interior del texto

3. La contextualización de los sujetos femeninos

4. Las elecciones temáticas

5. La palabra ajena y la construcción del otro

6. Deconstrucción y construcción de representaciones arquetípicas femeninas.

La primera categoría presentada por Rivas es la de los Tipos de discurso: …

Ya se ha mencionado la tendencia de las mujeres a elegir un discurso de la intimidad. Es, por supuesto, una tendencia, no una exclusividad, pero sucede que estos géneros se abren (…) a la posibilidad de favorecer la construcción de subjetividades femeninas (2004:161).

Está presente en Las muñecas y el Moloch en el discurso de la oralidad. Al tomar en cuenta la importancia de la oralidad presente en la novela, desarrollada en la experiencia narrativa donde una muñeca cuenta historias y otra las escucha y finalmente las recrea, no podemos me nos que hablar de la presencia de un discurso subjetivo, pleno de detalles que nos hablan de un sentir femenino, de un espacio para la intimidad y este discurso se evidencia en los rasgos de oralidad, digamos mas bien, en la narrativa oral, desarrollada por las muñecas, presente en toda la novela. La oralidad presente en el texto literario tiene además un matiz especial que nos habla de una visión del mundo, a través de una mirada femenina, esbozada en experiencias de la vida cotidiana, en la relación que se establece con el ámbito de los objetos, en la importancia que le da la autora al mundo de la imaginación y su fusión con la realidad, plasmada en un discurso intimista, evidente en algunas reflexiones de los personajes femeninos, en la construcción de la subjetividad femenina, como lo podemos apreciar en los diálogos de las muñecas y en los diálogos entre Gregorio y Marcela; en las caracterizaciones de las mujeres que forman parte de los relatos y en el contexto en el que se desenvuelven, lo que no acerca a otra categoría: La contextualización de los sujetos femeninos. Las mujeres de estas historias forman parte de una clase social económicamente favorecida, pero llena de prejuicios, sometida a la autoridad familiar, a un conjunto de normas que prescribían el comportamiento femenino, quienes «muy rara vez amaban a quien debían» y su manera de actuar, por lo general, respondía a una cultura patriarcal, donde debían ser sumisas, obedientes, sufridas, debían guardar las apariencias y en consecuencia eran profundamente infelices, lo que nos vincularon otra categoría: Las elecciones temáticas:

Aunque las mujeres y los hombres, pueden elegir cualquier tema para construir un relato, «pero si ese tema está relacionado con especificidades o problemas de mujeres, tenemos otra marca genérica importante como la Quintrala, personaje central de la novel Maldita yo entre las mujeres, de Mercedes Valdivieso (1991), o tal vez se trabaja ficcionalmente la historia desde la perspectiva de las mujeres… o se escenifican problemas específicos de las mujeres, como un mal matrimonio, la prostitución, la maternidad el trabajo de las mujeres…» (Rivas, 2004:163).

… No lo puedo creer. Entonces lo único que quería era casarse, con cualquiera. Eran otras épocas, Dulce. Los destinos de la mujer eran pocos y limitados. O te casabas o te metías a monja o te quedabas solterona, suerte de fatalidad que nadie deseaba porque significaba que no servías para nada y que nadie te quería. Por eso las mujeres esperaban y esperaban tiempo sin fin, hasta lograr el regalo de un buen matrimonio… (pp. 70-71).

Otra de las categorías planteadas por Luz Marina Rivas, presentes en la novela que nos ocupa, es la enunciación: construcción y privilegio de subjetividades femeninas en el interior del texto. El hablante implícito, el organizador de la historia, predomina en la voz de las muñecas bajo una perspectiva narrativa, en este caso, profundamente subjetiva; obviamente inmerso en un código creado para las muñecas que nos permite conocer un rico fluir interior, donde conocemos de intimidades, de ilusiones y fracasos amorosos, de juegos de infancia y de reflexiones profundas en torno al sentido de la vida:

… ¿Cómo pueden dos cuerpos que acaban de acariciarse, convertirse de pronto en enemigos?

Muchas veces me lo he preguntado y jamás he encontrado la respuesta. Hay fantasmas malignos que se entrometen aprovechándose de las sombras, siempre cómplices e irresponsables. Ya debe ser bastante más de medianoche. Mala hora, el mundo entero es puro descenso. Si yo pudiera ver… porque el solo sonido de las voces, por más lacerante que sea, como hace un rato, no es suficiente para penetrar la oscuridad.

Si yo tuviera tu experiencia, a lo mejor, podría escudriñar… No te afanes, la peor oscuridad es la que viene de dentro. Alberga fantasmas irredimibles… (p. 162).

Por otra parte, Rivas (2004) también nos comenta sobre la sutileza del humor del hablante implícito en esta novela, pues como en el teatro del Siglo de Oro, célebre por las historias de amores contrariados, existe un arriba y un abajo. En este caso, representado el primero por Marcela y Gregorio en el presente, y por las dueñas de Alma, todas con tragedias amorosas, antecedidos por la historia de una moja de la Colonia; continuando por las historias de Inés y de Sol, los tormentosos triángulos amorosos de Anelisa e Isabel, los desbordamientos de Mariana y, por otra parte, un abajo, representado en la mujer de servicio que sueña con las «heroínas» de las telenovelas. Dulce, la muñeca nueva, que aparenta ser una erudita en materia de amor, comenta su experiencia en telenovelas compartidas con su dueña anterior. Al mismo tiempo, ambas muñecas encuentran en la telenovela del Amor impune ecos de las historias de sus dueñas.

Podríamos hablar también de las representaciones arquetípicas femeninas; sólo mencionaré de manera especial al personaje de Mariana, quien destaca como una típica Artemisa, por su coraje, por romper y subvertir el orden, las costumbres y las creencias de la época y de su entorno social. Cuando decide casarse con Damián, un hombre humilde, trabajador de la hacienda, independientemente de sus sentimientos, está vengándose de su padre, vengando a su madre, tomando decisiones propias como mujer independiente, como mujer «soridaria», en un contexto donde todo ello era prácticamente imposible. Estas marcas de género las conocemos a través de la voz de dos muñecas que tratan de acomodarse en un tiempo y en un espacio en el mundo, lo que denota una subjetividad muy singular, la del mundo de los objetos y de la vida cotidiana, y esto en sí mismo constituye una característica propia, inmersa en las categorías para el análisis literario con perspectivas de género.

ALMA Y DULCE: ¿NARRADORAS ORALES O ESPECTADORAS DE LA VIDA QUE PASA? ¿TITIRITERAS QUE MUEVEN LOS HILOS EN LAS HISTORIAS DE VIDA EN LA NOVELA LAS MUÑECAS Y EL MOLOCH?

Alma y Dulce aparecen en la novela en el contexto de una vieja casona, colocadas en el rincón de un sofá y como lo hemos visto hasta el momento, se apropian del discurso oral en el intercambio de los relatos que cuenta Alma, la principal narradora de Las muñecas y el Moloch. Dulce y Alma se identifican, dan sus señas para interactuar. La muñeca más nueva, Dulce, dice que su nombre se lo debe a que todo el que la veía comentaba que era una muñeca muy tierna, que parecía un dulce, mientras Alma habla de los nombres que le pusieron sus dueñas, vinculados con experiencias muy variadas, hasta que ella misma decide llamarse ALMA.

… he investigado mucho por aquí y por allá, pendiente cada vez que cualquiera mencionaba la palabrita y tiene significados bien interesantes. Oí a alguien decir que viene originalmente de un río de Ukrania, por ejemplo, por lo tanto, apela al devenir, como quiero imaginarme que soy yo. Por otro lado, en muchas culturas presentan el alma como un fantasma (y fantasmal es muchas veces como me siento)…

¡Bicho!

…o como un ave inmortal, entre los egipcios por ejemplo, en cuyo caso encajaría con lo que te decía antes, de la importancia de los pájaros aquí… (p. 21).

Yo agregaría: «Eres el alma de esta casa». Da vida y aliento a las historias, reconstruye la memoria de la vieja casona a través de los relatos de vida de sus dueñas y anima el proceso de transformación de Dulce. La acepción de fantasma también es muy interesante, pues está vinculada con la permanencia, con la trascendencia, con la presencia continua. Y no necesariamente debemos verla siempre como una presencia que asusta, como se asume en el entorno de las culturas populares de tradición oral y en otros contextos menos populares también; podemos en - tenderla en el ámbito de la novela, como el personaje que anima toda la experiencia narrativa, como el símbolo de la memoria presente y renovada, como la imaginación que se alimenta cada día, vinculada con el mundo de los objetos y la trascendencia del ser humano.

Alma, unida a Dulce en esta experiencia narrativa, constituyen la pareja de personajes perfecta que la autora construye para «hurgar en las posibilidades de la imaginación», para rescatar la vida cotidiana. Alma, «ánima» que anima y llena de fuerza y vitalidad las historias, nos va atrapando poco a poco en sus relatos y en sus reflexiones. No obstante, pese a la gran importancia que tiene Alma, la experiencia narrativa se completa con la intervención de Dulce, su compañera in - separable. En este sentido trataré de responder las preguntas que enuncian este punto, sin ánimos de hacer teoría sobre la narración oral, simplemente considerando algunos aspectos vinculados con la oralidad y con la experiencia de contar cuentos. Desde el inicio de la novela nos encontramos con dos muñecas que intercambian historias entre sí y ello puede en un comienzo acercarnos a la experiencia de dos niñas (fundamentalmente por la presencia de las muñecas) que se cuentan cuentos, que descubren sus propias historias y cuentan cómo llegaron a las manos de su nuevo dueño:

«…Yo pensaba que él me traía de regalo para alguien, para una niñita bien linda, por ejemplo… Que me iba a querer mucho y me iba a llevar a todas partes y en las noches dormiría con ella.

Hubieras corrido el riesgo de que la niñita fuera fea y te dejara tirada en un rincón. Nunca se sabe.

¿Y por qué iba a pasar eso? Si pudieras mirarme. Yo soy preciosa. No te imaginas la dedicación que pusieron haciéndome. Los detalles. La ilusión. Nada más que mi vestido…

Eso no significa nada… Pero cuando llegué a esta casa, me hubieras visto. Mis encajes resplandecían, la porcelana de mi rostro era toda ruborosa y el pelo –natural, quiero decirte– lo tenía suave y brillante.

Te ha quedado bien poco.

No seas pedante, ya irás conociendo cómo se va posando el polvo del tiempo sobre tu juventud…» (p. 17)

Nos encontramos, por otra parte, con la infancia y con la experiencia lúdica, inclusive con la narración oral, en la vida de las muñecas y en la experiencia de alguna de las dueñas de Alma, como ocurre en el caso de Rosa, su primera dueña, la niña que coleccionaba frascos y no jugaba con Alma:

«…Pues te diré que hasta ahí llegó el cuento de hadas. Rosa me llevó, efectivamente, hasta su cama y allí me depositó y me confirió para siempre la cualidad de adorno.

—No te lo puedo creer. ¿Y nunca jugó contigo?

—…Rosa era una niña muy rara que casi no hablaba con nadie y siempre andaba sola. Lo que le fascinaba era jugar con frascos. —¿Con frascos?

Así como te digo. Tenía una colección impresionante de frascos de todos los tamaños que guardaba en varias cestas de mimbre… Así que yo tuve que aprender a distraerme, viendo jugar a Rosa… y algunos eran preciosos… Los tenía de diferentes tamaños y colores… había solo uno lleno, que era tratado con especial pleitesía porque alguien se lo había mandado a preparar especialmente con aromas de pétalos de rosa. Por su nombre, claro.

—¿Pero qué hacía con los frascos? —Cómo jugaba?

No les ponía nombres, pero siempre los más altos eran los papás y las mamás y los abuelos, y los más chiquitos eran los hijitos: alargados los varones, de colores, casi siempre azules o verdes y las niñas, los de formas más adornadas, algunos con tapas coquetas y rebuscadas y de tonos rosados, lilas o amarillo clarito. Entonces inventaba historias para ellos, historias que iba desgranando pasitico y casi sin abrir los labios, pero moviendo mucho las manos como si fueran los frascos los que gesticularan. Era todo un espectáculo porque si uno se dejaba llevar por la fantasía que ella desbordaba, terminaba viendo como si de verdad fueran los frascos los que gesticularan… Yo no entendía siempre lo que Rosa decía… pero sí pescaba frases que aprendí a ir completando para tejer mis propias historias… (p. 18).

Por lo que podemos apreciar, Rosa era una cuenta-cuentos natural y sus frascos de juguete constituían su público, y Alma tuvo en ella su primera maestra narradora. Vemos en estos detalles, en estos espacios de los relatos comentados por Alma, cómo la autora integra realidad y fantasía en una experiencia narrativa donde podemos leer diferentes niveles y dimensiones, donde frecuentemente las palabras, el gesto, la imaginación se fusionan en un bloque significativo. Podríamos perfectamente extraer este fragmento de la novela y contarlo en una experiencia de narración oral, inclusive a niños y niñas. Así como Rosa, unos cuantos siglos atrás, utilizaba sus frascos de diferentes tamaños y colores para contarles cuentos, (lo que nos habla también de ciertos estereotipos relacionados con la caracterización de los atuendos y los colores que se ajustan a niños y niñas), conocemos en la actualidad narradoras orales que toman sus muñecas de trapo como público para contar sus primeros cuentos. El hablante implícito nos pone en contacto con diferentes dimensiones de tiempos y espacios donde el hilo de la memoria se constituye en un puente mediador entre la imaginación y la realidad, acercándonos a la infancia y a las historias de amor en un «no tiempo» y un «no espacio» que cobran trascendencia en el universo de la memoria.

Por otra parte, Alma y Dulce también nos vinculan, o nos permiten imaginar, a dos adolescentes que intercambian historias de amor y que toman partido por alguna de ellas. Podríamos imaginar también a dos mujeres maduras que revisan experiencias de amor, a través de diferentes historias en épocas diferentes; quizás podríamos pensar en dos cuenteras campesinas que cuentan historias de amores y de aparecidos en cual quier pueblo o simplemente a unas vecinas, «dos mujercitas chismosas» que intercambian los cuentos, los «chismes de la vecindad» en diferentes épocas, lo que en buena parte, ha alimentado la historia oral por los siglos de los siglos… Sea cual sea la amplitud de nuestra imaginación, estamos frente a dos personajes, dos narradoras que rinden honor al mundo de las palabras y a la animación de los objetos, que bien podrían ser unas cuenteras populares que propician espacios para la narración oral escénica, aportando sus historias, creando los escenarios a través del rescate del hilo de la memoria, de los recuerdos e intercambios sobre la vieja casa. Pero también son personajes expectantes, que además de contar ven pasar la vida a su alrededor en compañía de Amelia, la mujer de servicio; son espectadoras de las historias de amor de Gregorio y Marcela y de la vida de «falsos ídolos».

En este mismo orden de ideas apreciamos cómo Alma y Dulce se espejean como narradoras durante toda la novela. Desde el comienzo, con las primeras historias:

«… Me parece que hablas un poco extraño

¿Y tú crees que no se va aprendiendo con el tiempo? Son muchos los siglos que he visto pasar y muchas las palabras que he escuchado.

Habrás tenido muchas dueñas, ¿no?

Claro, y de todas me acuerdo. Pero por supuesto, muy especialmente de Rosa. Después tuvo una vida muy triste, pobrecita.

¿Ah, sí? Cuéntame pues…» (p. 19).

Progresivamente vamos viendo cómo Alma va haciendo gala de las palabras y cómo, en cierta forma, se enorgullece de ello y en distintos momentos se lo hace sentir a Dulce, su interlocutora y aprendiz de cuenta cuentos:

… Qué bueno, estaba a punto de perderme.

Es que estás acostumbrada a mis cuentos, que te los empiezo por un principio y trato de redondearte el final. Pero la vida no es así.

De acuerdo, pero para quien no lee, si no ve, el asunto se vuelve muy confuso… » (p. 122).

«… Perdona Dulce, pero cuentas bien mal.

Qué quieres, no tengo tu práctica.

Quedan muchos vacíos en la historia, por ejemplo, en qué momento abandonó Marcela sus aspiraciones literarias y si eso tuvo algo que ver con su relación con Gregorio.

Ahí vienen, pregúntaselo a ella misma…» (p. 126).

«…No creo que te guste esa historia.

No importa. Las muñecas seguro lo disfrutarán.

¿Cómo sabrá que nos alimentamos de historias?

Probablemente él haga lo mismo, digo yo

Me encanta que piense en nosotras, que nos tenga en cuenta (p. 170).

«… Necesito pausa, mejor descansamos un rato. Esta parece la mejor de tus historias, has debido empezar por aquí. Y hasta luce como una lección aprendida… Más bien debería darme un rato, procesar lo que me has contado hasta ahora, ¿no crees?

Después no digas que me interrumpo en los momentos culminantes para ponerte ansiosa.

Finalmente Dulce trata de cambiar los finales de las historias, con una gran creatividad, en medio de reflexiones muy interesantes donde se plantea el sentido de la vida y además plantea la angustia que le produce el hecho de no tener nada que contar. Además de continuar siendo narradoras, más Alma que Dulce, por supuesto, que es la narradora principal, al final ambas establecen un rico intercambio de reflexiones donde parecieran intentar cambiar roles para convertirse en titiriteras que mueven los hilos para cambiar la historia y los finales de las mismas, con la intervención de Dulce que quiere mover los personajes y transformar las historias con la intención de darles un vuelco, pues ninguna tiene un final feliz. Cuándo Alma le pregunta por qué quiere cambiar las historias, Dulce le responde: «…Con el fin de jugar con los colores de la vida. Con el fin de saborear simplemente…».

Dulce y Alma, más que hablarnos de finales al culminar la novela, crean una especie de juego que nos abre perspectivas hacia el futuro y, aunque el último capítulo se titula «Los finales», podríamos decir más bien, que nos habla de reinicios, vinculados éstos con la reconstrucción del pasado y con una mirada diferente de la vida. Por todo lo dicho anteriormente podríamos considerar que ambos personajes, Alma y Dulce, son también las laboriosas titiriteras que crean historias, construyen sus propios personajes y mueven los hilos del relato, buscando un sentido, fusionando imaginación y realidad, valorando el mundo de los objetos, realzando la vida cotidiana. Dulce es una eterna aprendiz que valorando el descubrimiento de estas historias, arropada por el asombro cotidiano y Alma es la dueña de las palabras, la narradora, «la que sabe», la que anima, la que ilumina y permanece, como las ánimas, como los «fantasmas buenos» de esta novela, los que nos acercan a la búsqueda de la identidad, los que nos convocan a hurgar en la importancia de la mujer como narradora en diversas instancias y dimensiones y, asimismo, nos mueven a valorar el mundo de la imaginación y a escudriñar en el sentido de la relación que establecemos con el mundo de los objetos, a través de una mirada femenina. Y esta mirada femenina es desarrollada a través de unas muñecas, lo que le da una particularidad significativa, al vincularnos no sólo con el mundo de los objetos; también nos acerca a una mirada de la infancia y de la fantasía. Las muñecas existen, entre otras cosas, para dotarlas de vida y de una personalidad imaginaria…Las muñecas, en el entorno de esta novela, toman la imaginación y la palabra para fijar la vida como un inicio capaz de trascender la muerte, la memoria y lo inanimado y darle vida a ellos. Las muñecas y el Moloch es mucho más que una sugestiva novela, se trata de una de un espacio literario que nos atrapa, y no podría ser de otra manera porque con ella respiramos y vivimos las historias de la vida en sus múltiples dimensiones; nos ancla en nuestra esencia más profunda: el contar, la imaginación, el deseo, el amor, la vida, la trascendencia. Nos sumerge en la profundidad de las cosas más sencillas, como diría Aquiles Nazoa; nos convoca a retomar los hilos de la memoria y a rendirle tributo a la imaginación. Podríamos, como lectoras, imaginar y seguir el juego final de la novela… Podríamos considerar otra pausa y continuar de nuevo con el «Había una vez…» o imaginarnos nuevamente aquellas fórmulas ancestrales para iniciar la narración de cuentos pronunciando por ejemplo: «Una vez mi bisabuela me contó que fue lejos, bien lejos, aún más lejos de lo que yo podría explicar y entonces»

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