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Apuntes Filosóficos

versión ISSN 1316-7553

Apuntes Filosóficos v.17 n.33 Caracas dic. 2008

 

De una controversia entre Galileo Galilei y Cesare Cremonini, por cuestiones de dinero**

Giulio P Pagallo*

* Profesor jubilado de la Escuela de Filosofía - UCV, Caracas, miembro de la Academia Galileana de Padua, y del Centro per la storia dell’Università di Padova. ** La versión del texto al castellano, se debe a la colaboración del colega Dr. José R. Herrera L., a quien deseo expresar públicamente mi más cálido reconocimiento.

Resumen

El artículo examina un episodio curioso, ocurrido en las relaciones de Galileo Galilei y de su amigo Giovanfrancesco Sagredo -el destacado personaje del Diálogo sobre los dos máximos sistemas del mundo- con el filósofo aristotélico Cesare Cremonini. Estando todavía de profesor en Padua, Galilei entrega al colega y amigo Cremonini, en forma de préstamo, la cuantiosa suma de cuatrocientos ducados. Al trasladarse de Padua a Florencia, el científico confía a Sagredo la tarea de recuperar el dinero prestado. Las cartas numerosas que Sagredo dirigiera a Galilei a tal propósito, nos informan que la cancelación total del préstamo tardó nueve años (1619), gracias a las reiteradas intromisiones del patricio veneciano. Es opinión común de los historiadores, que la tardanza fue causada simplemente por la morosidad y la mala conducta seguida por Cremonini. El autor, en cambio, sugiere una interpretación diferente de los hechos; al tomar en cuenta, de un lado, la presencia de factores financieros que hicieron subir el costo de la deuda; del otro, la forma agresiva con que Sagredo llevó adelante el cuidado de los intereses de Galilei, hasta el extremo de levantar en Cremonini la sospecha de ser objeto de maniobras usureras.

Palabras clave: Cesare Cremonini, Galileo Galilei, Giofrancesco Sagredo, letra de cambio, Padua (Universidad).

Abstract

The paper examines a curious episode, taking place in the relations between Galileo Galilei and his friend Giovanfranceso Sagredo –the prominent character from Dialogue on the two highest world systems-with the Aristotelian philosopher Cesare Cremonini. Still a professor in Padua, Galilei loans his colleague and friend Cremonini the considerable amount of four hundred ducats. Upon moving from Padua to Florence, the scientist trusts Sagredo to recover the loaned money. The numerous letters which Sagredo addressed to Galilei to such an end, tell us that the full payment of the loan took nine years (1619), thanks to the Venetian patrician’s repeated meddling. It is a common opinion among historians that the delay was caused simply by Cremonini’s delinquency and misconduct. Instead, the author suggests a different interpretation of the facts, in taking into account, on the one hand, the presence of financial factors which increased the cost of the debt; on the other, the fierceness with which Sagredo took care of Galilei’s interests, to the point of arousing in Cremonini the suspicion of his being the object of usurious maneuvers.

Keywords: Cesare Cremonini, Galileo Galilei, Giovanfranceso Sagredo, Bill of exchange, Padua (University)

El 2 de junio de 1618, Giovani Francesco Sagredo le comunica a su amigo Galileo Galilei, que el pleito con el famoso filósofo de Padua, Cesare Cremonini, finalmente ha concluido. La satisfacción por la meta alcanzada, queda sellada con la divertida ironía de las siguientes palabras: «Me parece ser un hombre, un filósofo peripatético, jefe de la secta de Malpaga. Pero tal vez las estrellas Mediceas descubiertas por usted son las que me hayan causado tan buena influencia»1. Sagredo había asumido la decisión de tomar cartas en el asunto tres años antes, cuando el 11 de abril de 1615, desde Venecia, le escribe al científico florentino:

«De su negocio con el señor Cremonino procuraré buen éxito por medio del Juez del Maleficio que es persona de mi confianza, a quien le escribiré esta tarde»2.

Al cabo de dos meses, Sagredo volvería a insistir dos veces más sobre el mismo asunto, confirmando su incondicionado empeño3.

Con cinco años de retardo respecto de las res gestae efectivamente acaecidas, principia así la crónica del «negotio» de los cuatrocientos ducados que, en Padua, entre el verano de 1608 y el otoño de 1610, Galileo Galilei le había prestado a Cesare Cremonini4. Veintitrés de las noventa y dos cartas (casi todas autógrafas) que Sagredo dirigiera complexivamente a Galilei, documentan -a decir verdad, de manera no siempre confiable- el proceso de una deuda que tardó cuatro años en ser cancelada, desde el 11 de abril de 1615 al 10 de agosto de 1619. En realidad, las cartas de las que disponemos presentan no pocas dificultades de lectura y de interpretación. En primer lugar, tratan de encubrir el hecho de que el punto de vista del cual depende el relato de los acontecimientos es, a priori, totalmente favorable a Galileo. Por otro lado, las mismas cartas, al menos las que podemos leer, lamentablemente no están acompañadas por la documentación contable y financiera, a la que, sin embargo, la correspondencia hace continua referencia. No obstante, su conocimiento habría seguramente favorecido la reconstrucción objetivamente equilibrada de una situación en apariencia no complicada, pero que sorprendentemente se dilató por casi diez años. A estos dos primeros aspectos, que vuelven más difícil la tarea de captar el genuino sentido de la historia, debe agregarse un tercer aspecto, que, en cierto sentido, es el más inesperado: en el epistolario galileano, en efecto, están del todo ausentes las piezas más interesantes para el historiador, esto es: las cartas que, a lo largo de dos lustros, ciertamente, Galilei debe haber dirigido a Sagredo, bien sea para solicitar la intervención del amigo en defensa de sus intereses, o bien, más simplemente, para estar al tanto de cómo y dónde iba a parar el «negotio». Por último, last but not least: en todo el epistolario galileano se encuentran sólo tres misivas de Cremonini a Sagredo, y faltan las que el filósofo, durante los años que duró el «negotio», debió haber escrito a Galilei, con toda evidencia su interlocutor principal.

Antonio Favaro, el benemérito estudioso y editor de los escritos galileanos, aunque al margen de sus investigaciones, se ha referido al origen del «negotio», expresando la opinión de que el préstamo de los cuatrocientos ducados hay que situarlo en la última fase de la estancia de Galilei en Padua; y que es oportuno valorarlo a la luz de las relaciones de recíproca estima y amistad que mediaron por mucho tiempo entre el lector de matemáticas en la Universidad de Padua y el profesor de filosofía, el más ilustre filósofo de la misma institución. Relaciones –observa Favaro- que en nada se vieron afectadas por los disentimientos surgidos a raíz de la «aparición de la nueva estrella de octubre de 1604»5. En efecto, cuatro años más tarde, «precisando Galileo de un fiador, para poder obtener cierta anticipación de estipendio, no recurrió a nadie más que a Cremonino», quien aceptó sin ningún reparo6. Lo cual implicaba, en caso de que el deudor principal no pudiese cancelar a tiempo la deuda, la obligación por parte de Cremonini de restituir a la administración universitaria, dentro del lapso de doce meses, la suma de quinientos veinte florines, equivalentes a un año de estipendio percibido entonces por Galilei. Semejante gesto de generosa amistad por parte de Cremonini, habría llevado a Galilei a expresarle al colega y amigo la propia gratitud, brindando a un Cremonini en momentáneas dificultades financieras, la ayuda de los cuatrocientos. Dificultades financieras, por cierto, nada infrecuentes, al parecer, en la vida dispendiosa a la que el filósofo estaba habituado7. A este propósito es casi inevitable la cita consabida del texto de Gabriel Naudé, quien, luego de haberse hospedado tres meses en la casa del celebre profesor, estaba en condición de afirmar que «il étoit aussi bien logé et meuble à Padoue q’un Cardinal à Rome. Son palais étoit magnifique, il avoit à son service mâtre d’hotêl, valets de chambre et autres officiers, et de plus deux caro sses el six Meaux cheuaux»8.

Al igual que Favaro, también Heinrich C. Kuhn, opina que el préstamo de Galilei a Cremonini se relaciona con el fideicomiso suscrito en 16089. Salvo pequeñas diferencias en los pormenores, es ésta, a fin de cuentas, la versión hasta ahora más acreditada del origen del affaire que nos ocupa. Cabe decir, sin embargo, que, aún examinada por encima, la reconstrucción de los hechos que Favaro y Kuhn han propuesto, muestra evidentes limitaciones. En efecto, por un lado, los dos historiadores no se han preguntado si otras razones, distintas y a la vez complementarias al generoso sentimiento de la gratitud, han podido motivar a Galileo -profesor de magro estipendio, perennemente apremiado por deudas y por familiares insolventes-a financiar al primer filósofo de la Universidad padovana– profesor de gran prestigio y personaje no desprovisto de elevados ingresos. Por otro lado, ni Favaro, ni ningún otro historiador que haya compartido su enfoque interpretativo, se ha ocupado de explicar de modo plausible el aspecto, acaso, más sorprendente del «negotio» y de su historia, a saber: los casi diez años que duró el reembolso de una suma considerable, pero no exorbitante.

En ciudades como Venecia y Padua, en los primeros años del siglo XVII, la suma de cuatrocientos ducados –alrededor de unos 248 cechini- correspondía, más o menos, a los honorarios anuales de un profesor universitario de mediano escalafón, es decir, de segunda o tercera «condotta»10. Si queremos dar con una referencia un poco más explicativa, será suficiente comparar dicho monto con el regalo que a los pocos meses el Gran Duque Cosimo le hiciera a Galileo en Florencia, como premio por haberle enseñado e ilustrado al Príncipe los planetas recién descubiertos, llamados en su honor «Mediceos»: una cadena de oro, cuyo valor era de 400 escudos, un precio ligeramente superior al dinero que el físico matemático y astrónomo moderno le había prestado, en Padua, al colega conservadoramente aristotélico Cesare Cremonini11.

Adiestrados en las virtudes hermenéuticas de la «Decimocuarta Dignidad» viquiana, la cual enseña que la «naturaleza de las cosas no es otra que el nacimiento de ellas en ciertos tiempos y bajos ciertas circunstancias», quisiéramos, antes que nada, aclarar –en tanto lo permita la documentación que poseemos- el origen de lo acordado en Padua por Galilei y Cremonini. Confiamos, pues, en que, una vez precisada la naturaleza del «negotio», las complicaciones que lo caracterizaron puedan parecer, sino necesarias, al menos comprensibles per accidens. Puede suceder, en efecto, que incluso las mejores intenciones del historiador se estrellen con la calidad y la cantidad de la documentación que tenga a la mano: en nuestro caso, esto significa que nuestros intentos de explicación están condicionados por la naturaleza de las escasas noticias que Sagredo nos ha transmitido sobre el «negotio». Ahora bien, las mismas, además de limitadas muy pocas veces se presentan como libres de todas sospecha12. Por el contrario, la impresión general que provocan es que la profunda amistad que ligó al patricio veneciano con Galilei, con frecuencia lo motivó a desempeñar, simultáneamente, los roles de testigo, juez y parte.13.

Más aun: no conviene descartar la hipótesis de que las voces tendenciosas y las insinuaciones que en casa de Sagredo debían circular en torno al exponente más famoso del aristotelismo padovano, generando graves dudas sobre la moralidad y la ortodoxia doctrinaria, pueden haber dejado en la mente de Giovanfrancesco alguna sobra de prejuicio con relación a Cremonini. Por ejemplo, en febrero de 1615, pocos meses antes de que surgiera la cuestión de la deuda, el propio Sagredo había hecho saber a Galileo que:

La conducta del Sr Cremonino no ha cambiado hasta ahora. Mi padre, el Sr. Procurador tiene un pésimo concepto de su persona, y cree que él, con su doctrina del alma, ha impreso el ateismo en mucha juventud; concepto que al parecer se ha divulgado entre la nobleza, en la que muchos lo juzgan hombre escandaloso, imprudente, e indigno de ser ratificado en la Academia de Padova. En pocos días llegará mi Sr. Padre y, en su lugar, se hará el nuevo Reformador14.

En todo caso, hic Rodus, hic saltus. De la crónica de Sagredo es necesario tomar luces, si se desea hacer, al menos, un poco menos inconsistente la historia completa del «negotio» entre Padua y Florencia, desde 1610 hasta 1619.

Acerca de los motivos del «indelicado proceder de Cremonino hacia Galileo por cuetiones de dinero» y del tardío reembolso de los cuatrocientos ducados, Favaro no ha advertido la necesidad de detenerse en el asunto, dado que el episodio del préstamo, que se inició en Padua, prosiguió en «una época en la que Galileo, hacía años había partido de Padua», y por tanto, es cronológicamente extraño a las relaciones de Galilei con la Academia15. Pero si para nuestra fortuna Favaro hubiese decidido examinar la conducta seguida por Cremonini, ciertamente la habría sabido interpretar y, a su manera, dar solución a los interrogantes que la naturaleza, génesis y desarrollo del «negotio» no pueden no proponer.

Tal vez, la primera circunstancia sobre la cual resulte oportuno indagar, esté representada por el intervalo de casi cinco años que separan el momento de producirse el «negotio», de la primera noticia que acerca de él suministra el epistolario galileano, en abril de 1615. De este aspecto -uno de los más curiosos que ofrece la crónica de la deuda cremoniniana- la explicación más probable parece ser la que hipotiza la presencia en el acuerdo inicial de una cláusula relativa al terminus ad quem, antes del cual, si el deudor devolvía el dinero recibido en préstamo, no incurría en penalidad alguna.

En tal sentido, un primer indicio emerge justamente de las palabras de viva participación, con las que Sagredo trata de confortar a Galilei, en la primavera de 1615. El señalamiento de la posible apelación ante el más alto tribunal penal de Padua, así como se lee en la primera de sus cartas, hace pensar, en efecto, que Sagredo estuviese contestando a una o a más solicitudes provenientes de Florencia, un tanto insistentes y preocupadas. Como si –es nuestra conjeturademorado en Florencia, en el ánimo de Galileo hubiese comenzado a insinuarse la duda de que su lejanía de Padua, después de un año, había podido favorecer una cierta inobservancia de las obligaciones contraídas por parte de Cremonini. Si, antes de esa fecha Galileo no tuvo razones para manifestar inquietud y alarma, hay que suponer, pues, que el convenio entre Galilei y Cremonini contemplara un período de cuatro años, dentro del cual la deuda podría ser pagada sin causar intereses de mora16.

A este propósito, vale la pena recordar que en el mes de mayo de 1602 y en el verano de 1610 –encontrándose aun en Padua, pero en situaciones académicas y personales muy diferentes-, en dos oportunidades Galilei se había dirigido a los Reformadores de la Universidad17 y al Gran Duque de Toscana, esta vez gracias a los buenos oficios del consejero de la corte Belisario Vinta, a fin de solicitar la concesión del anticipo de dos años de sueldo. Ahora bien, en ambas peticiones el tiempo que Galilei requiere para restituir el préstamo es, precisamente, de cuatro años, aunque en cada caso las sumas son visiblemente diferentes: mil florines, la primera vez, y el doble en la segunda ocasión18. Conviene observar, sin embargo, que para Galilei aquel período de cuatro años parece representar una referencia ciertamente confiable; tanto es así que en la carta dirigida a las autoridades toscanas, después de reseñar las obligaciones financieras y las desventuras familiares que lo agobian, Galilei termina quejándose por el tratamiento que los Reformadores venecianos le habían reservado:

Finalmente, sólo me queda significarle a su Altísima Señoría, para poder estar en perfecto estado de quietud mental, que necesitaría liberarme de algunas obligaciones que tengo, particularmente con 2 cuñados míos, por concepto de dote que debería pagarles, por su parte, mi hermano, habiendo yo desembolsado un poco más de una parte; pero ya que me encuentro obligado por él, y él no se encuentra en facultad de poder saldar su deuda, es necesario que la cancele yo por él. No obstante, me han recomendado tanto la benignidad de su Altísima Señoría y la comodidad que a otros muchas veces le ha concedido, y que muchas veces yo he recibido de estos Señores (es decir, de los Reformadores de la Academia de Padua], que me permito suplicarle me conceda el empréstito de 2 años, para ser descontado en los próximos 4 venideros (…).19

Es poco probable que los cuatro años, dos veces invocados, sean fruto de mera coincidencia; cabe pensar, más bien, que la petición hecha por el matemático y físico se basa en una especie de moratoria normalmente concedida durante los trámites de recuperación de los préstamos. En consecuencia, puede imaginarse que una previsión de este tipo debiese figurar también en el «negotio» acordado en Padua; y que por lo tanto, Cremonini no estaba obligado a restituir el «puñado de ducados» antes de finales de 1614, o hasta la primavera del año siguiente. Así las cosas, tendría explicación el hecho de que Galilei, antes del vencimiento de los cuatro años, no tuviera razón alguna para preocuparse, o para solicitarle al amigo Sagredo ejercitar las oportunas presiones sobre el deudor. Al menos en este aspecto, y hasta abril de 1615, las cuentas del «negotio» parecen cuadrar.

Quedan todavía abiertas dos cuestiones importantes: 1) el acuerdo entre Galileo y Cremonini, aparte de ser «de palabra», ¿consistió, desde el inicio, en la simple consignación y restitución de los 400 ducados?, o, al contrario ¿desde el principio contaba con ciertas condiciones y cláusulas adicionales? 2) La partida de Galilei a Florencia en el otoño de 1610, ¿modificó los términos y las modalidades de ejecución de lo que había sido acordado? ¿Los eventuales cambios fueron tales que impidieron, o cuando menos hicieron más lenta la recuperación del crédito por parte de Galilei haciendo proporcionalmente más grave las «dificultades» del deudor Cremonini?

En torno a estas dos cuestiones –que representan a nuestro modo de ver el meollo de toda la fatigosa vicisitud del «negotio»-, cuatro cartas que Sagredo y Cremonini se intercambiaron en enero de 1618, brindan algunas interesantes indicaciones, una vez descontado el estilo agresivo que distingue al epistolario sagrediano.

Comencemos con la primera cuestión. Las misivas apenas citadas, confirman, ante todo, que Cremonini recibió el dinero en virtud de un acuerdo verbal; en segundo lugar, que del acuerdo originario eran parte integrante dos condiciones, especialmente importantes, a las que el deudor se había comprometido. La primera establecía que el préstamo era con interés, teniendo Cremonini que reembolsar a Galilei el 6% sobre el total de la suma que había recibido prestada. La segunda contemplaba que, eventualmente, el dinero consignado a Cremonini podía ser entregado en parte a terceras personas, según las disposiciones que Galilei se reservaba a comunicar, directa o indirectamente, al deudor.

Antes de proseguir, es oportuno detenerse sobre un apax lingüístico un tanto intrigante. En realidad, en ningún lugar del epistolario Galileano que se relacione con el «negotio» está presente la palabra «préstamo», referida al dinero entregado a Cremonini. Según lo requiera el contexto, el vocablo figura sustituido por los términos «cuenta», «saldo» y «deuda». Sólo una vez aparece el término «prestanza», pero usado por Cremonini, justo para negar que dicha situación se haya verificado jamás. En una carta, el filósofo declara solemnemente que nunca sacó ventaja del dinero recibido, y que, por el contrario, ha sido obligado a pagar «usos», es decir, intereses, a causa de las inobservancias cometidas por otras personas que han intervenido en el «negotio»20.

«Prestanza» o no, las cartas de 1618 inducen a pensar que Cremonini y Galileo llegaron a su primer acuerdo en función de las respectivas conveniencias personales y, en el fondo convergentes. En efecto, a Cremonini le debió parecer muy ventajoso el gesto del colega, quien, por manifestarle su agradecimiento por el favor recibido, lo liberaba de una momentánea –mas no por eso menos embarazosa- escasa disponibilidad de dinero contante y sonante. Por otro lado, las mismas cartas dejan entrever la imagen de un Galileo que, mediante el «préstamo» otorgado a Cremonini, más que socorrer al colega, se propone conseguir dos diversos objetivos de cierta importancia. El primero consiste en la pequeña utilidad que obtendría del interés sobre los 400 ducados; utilidad ciertamente modesta, pero que en todo caso podía contribuir a sustentar el balance galileano constantemente en vilo. Es una eventualidad que Sagredo mismo, incluso renunciando a su sarcasmo habitual, se ve obligado a admitir:

En cuanto a los cálculos de uso que usted me hace (p.ej., intereses), debo callar, puesto que no consigo imaginarme este negocio: pero ya que de pronto usted me ha hecho parte de lo convenido oralmente con el Sr. Galilei, afirmando haberle prometido el uso del seis por ciento y haberle, incluso, entregado cien ducados a tal efecto, me permito decirle que, si así fuese y yo tuviese orden de recuperar también los usos, sería V. E. Sría. (Concediendo también lo expresado por escrito por Usted, y que con razón se podría poner en duda) deudor de buena suma, la cual Usted no puede retener, sin gran mella de su consciencia y de su honor21.

Se trata, en verdad, de un detalle especialmente delicado, sobre el cual conviene detenerse, si se quiere tener un cuadro suficientemente completo de las condiciones bajo las cuales Cremonini recibió el préstamo. La premura con la que Sagredo pone en duda la noticia del seis por ciento de interés, hace pensar que en más de una de las cartas que desafortunadamente no nos han llegado, Cremonini hiciese referencia justamente a esta nada leve obligación22.

En realidad, si se lee entre líneas la respuesta de Sagredo, la impresión que da es que Cremonini no había puesto en discusión el cúmulo de los intereses por pagar, sino por los agravios sobre la deuda que Sagredo y/o Galileo le habían venido agregando. Más bien, le debieron parecer tanto más pesados e injustificados como para rechazarlos, acusando al científico y a su amigo de haber tramado operaciones especulativas que lo habían perjudicado. Por eso, tenía toda la intención de apelar a las vías legales y «acogerse a la regla según la cual dinero no puede hacer dinero, así como también a las leyes contra los usureros»23. En todo caso, concluye lacónico Cremonini, cuando el caso quede definitivamente cerrado, discutirá directamente con Galileo24.

Por lo demás, el préstamo con intereses era una práctica ampliamente difundida en todos los estratos sociales, sin distinción de estamento. Lo testimonia la desventura en la que incurrió por su singular simpleza el incauto Alessandro Piersanti, fiel servidor de la casa Galilei, quien había entregado todos sus ahorros a unos señores provenientes de Polonia25. Galileo mismo -probablemente movido por el remordimiento de haber, sin querer, inducido a Piersanti a comportarse de manera tan ingenua, confiando, a lo mejor, en la honorabilidad de personas conocidas en casa de su patrón- le cuenta a Belisario Vinta «el criminal e indigno hecho», del cual espera una intervención firme a favor de su servidor, con toda la autoridad de miembro de la corte granducal. «Un pobre hombre, servidor mío por muchos años», escribe Galileo, ha prestado, hace tres años, trecientos escudos (¡otra vez, los cuatrocientos ducados!), «lo único que poseía en el mundo a unos gentilhombres Polacos», que se habían residenciado en Padua (¿verosímilmente huéspedes de Galilei?) y frecuentado la Universidad de esa ciudad. Estos retornaron a su patria hace muchos meses sin restituirle un solo centavo, y sin responder «cuando menos, a una de las muchas cartas, que, para tal propósito, se le han escrito»26.

Sin embargo, una segunda y más íntima preocupación, puede haber persuadido a Galilei, poco antes de partir hacia Florencia, de confiar en una persona amiga como el colega Cremonini, el dinero suficiente para satisfacer las obligaciones de diversa naturaleza que iba a dejar pendientes en Padua27. Precisaba proveer, en primer lugar, los alimentos de Marina Gamba y de Vincenzio, el niño de apenas cuatro años que Galileo había dejado al cuidado su madre28. El resto del dinero estaba destinado a saldar otras cuentas y para favorecer a otras personas, entre las cuales, sorpresivamente, aparece el nombre, un tanto incomodo, de Giovanni Bortoluzzi el marido recién llegado de Marina. Precisamente a Giovanni, durante varios meses, Sagredo tratará inútilmente de consignar una parte del dinero que Cremonini le había pagado y cuyo último beneficiario debía ser, por evidente mandato de Galileo, el propio Bortoluzzi29. En suma, también el supuesto esposo de Marina Gamba pertenece a la red de los pequeños «negocios» que, al marcharse, Galileo dejaba en Padua, la ciudad en la cual había vivido dieciséis años muy felices. Eran cuentas, necesidades familiares y negocios que, con la ayuda de Sagredo, pensaba ahora administrar desde la lejana Florencia30.

Desde este punto de vista, al lado de los nombres de Cremonini y Bortoluzzi, hay que incluir el de un ilustre personaje: Fortunio Liceti, filósofo y médico de la Academia de Padua, estimado por Galileo tanto en el plano personal como en el científico. Antes de partir, Galileo había consignado también a Liceti una pequeña suma por el despacho de asuntos de diversa índole, entre los cuales estaba el de contribuir al sostenimiento material de Marina y Vincenzo.

El mismo Liceti da noticias de ello, por lo menos en tres cartas que desde Padua le dirige a Galileo, entre octubre de 1610 y diciembre de 161131.

A la luz de estos datos, dos pasajes de la carta que Cremonini envía a Sagredo el 7 de enero de 1618, adquieren especial relieve. En realidad, el texto cremoniniano amerita de todas maneras una lectura atenta, considerando que representa la primera de las dos únicas oportunidades en las que los puntos de vista del filósofo, a propósito del «negotio», han sido recogidas y conservadas en el epistolario galileano.

Dirigiéndose a Sagredo en su condición de «procurador» de Galilei, Cremonini recusa ante todo la relación contable que, poco tiempo antes, ha recibido de Florencia, y en la cual, a su juicio, Galilei está incurso en varios errores y omisiones. Además, por haber devuelto para la fecha la mitad de la suma que debe, Cremonini opina al igual que Sagredo que ha llegado el momento para que «él [Cremonini] haga cuentas con el señor Galileo». Sin embargo, pone de manifiesto que el propio Galileo en persona:

No ha cumplido, habiéndome escrito: «los 200 ducados que Su Señoría pagó últimamente, por orden de Vuestra Señoría al Señor Baldino Ghirardi por cuenta del crédito que tenía con Vuestra Señoría de 400 ducados, me han sido pagados acá. Mucho agradecería, que al recibir ésta, haga pagar los gastos de Marina Bertolucci [se trata de Marina Gamba, ahora casada con Giovanni Bortoluzzi], 20 ducados que son para la alimentación de mi pequeño hijo [Vincenzio] que tiene allá [en Padua], y que abonare en nuestra cuenta».

En pocas palabras, las cuentas que Galileo le ha presentado no cuadran del todo. Por ejemplo, no enumeran todos los pagos realizados por Cremonini según las instrucciones dadas por el mismo Galilei: además de los 20 ducados entregados a Marina Gamba y a su hijo Vincenzio, Galileo ha dejado de mencionar explícitamente cada uno de los reembolsos ya efectuados. Galileo, en suma,

debía aún entregándole lo escrito, poner juntas las cuentas, pues los veinte ducados se han pagado tres veces: Mazzoleni ha entregado 10 escudos 32; M. Gio. Antonio Tara ha pagado por mi 24 ducados; y yo mismo otros 24.

De tal manera que los ducados cancelados por Cremonini, hasta ese momento, suman cerca de 120. Es obvio que a los ojos del deudor dicha cantidad resulta de cierto valor, si se compara con el total de la suma adeudada; y que la misma, al momento de presentar Galileo el corte de cuenta, debía ser registrada y por supuesto restada de los 200 ducados que todavía quedaban por cancelar. Vale la pena observar que, en la opinión de quien intenta comprender cómo ocurrieron efectivamente los hechos, el reclamo cremoniniano posee un sólido significado documental, ya que confirma, por encima de toda posible duda, lo que ya se ha señalado, es decir, que el «negotio» entre Galileo y Cremonini incluía desde el principio la previsión de que el préstamo pudiese favorecer a terceras personas.

Vayamos a la segunda de las cuestiones indicadas más arriba: cómo y de qué manera el traslado de Galilei a Florencia pueda haber contribuido en la modificación de la fisonomía del acuerdo originario, y haya permitido mantener abierto, por encima de toda razonable expectativa, que el «negotio» se mantuviera abierto durante tantos años. También sobre este asunto, las cartas de comienzos de 1618 permiten enfocar aspectos de no poca importancia, sugiriéndonos, por ejemplo que los compromisos que Galilei y Cremonini contrajeron en Padua antes del otoño de 1610, debieron sufrir, hacía la mitad de 1617, modificaciones sustanciales, que permiten explicar la lentitud que desde entonces y hasta su conclusión marcó la cancelación progresiva de la deuda.

En realidad, si el origen y los primeros pasos del affaire se interpretan siguiendo la versión de la vulgata y se presupone que el préstamo a Cremonini fue motivado únicamente por la generosidad de un verdadero amigo como Galileo, la culpa del grave retardo con el cual éste último recibe sus centavos deberá por entero imputársele a Cremonini. Así que el obstinado peripatético se habrá mostrado también como pésimo pagador.

En cambio, a nuestro modo de ver, la lejanía de Galileo de la ciudad de Padua impuso fatalmente variaciones cada vez más extensas y profundas en las condiciones «subjetivas» y «objetivas» del «negotio», terminando por afectar las relaciones personales y mercantiles a las que Galilei, Sagredo y Cremonini, estaban obligados.

Para comenzar con los factores «subjetivos», es cierto que, por momentos, la actuación de Cremonini deudor, después de 1615, deja mucho que desear. No puede excluirse que alguno de dichos comportamientos –por motivos que veremos más tarde- fuese adoptado intencionalmente; aun cuando no sea fácil decidir si hay que atribuir a este tipo de conducta el grave retardo con el cual Cremonini responde las cartas de Sagredo: por ejemplo, deja transcurrir todo un año –de julio de 1615 al mismo mes de 1616- sin dar señales de vida; tanto es así que Sagredo pide a Galileo «que me escriba aquello que se le tenga que responder, temiendo yo que la cosa pueda prolongarse mucho tiempo»33. En cuanto a las cuotas por pagar y al cumplimiento de los vencimientos, algunas solicitudes cremoninianas de prórroga tienen el sabor de simples pretextos, como cuando, a finales de mayo de 1618, alega su aplicación intensa en la preparación de sus lecciones Universitarias, como justificación para posponer el pago de la suma prometida34. En otros casos, análoga solicitud encuentra su fundamento en improvisa e inesperada dificultad en la cual se debate la administración de la Universidad35.

Del otro lado, la conducta del «procurador» Sagredo no es muy distinta, o al menos en algo se parece a la de Cremonini. Después de su retorno de la misión consular en Siria, a las ocupaciones en el Senado veneciano se han añadido las tareas que derivan de su reciente nombramiento como «Sabio sopra Mercantia». Sagredo, por tanto, se queja de tener poco tiempo para dedicarse al cuidado de los intereses de Galileo y de los suyos propios36. Durante todo un año, en perfecta sintonía con el silencio de Cremonini, el epistolario de Galileo no registra cartas de Sagredo relativas al «negotio». Un seguro indicio de que, al menos durante aquellos doce meses, su esmero por el asunto se había ido menguando.

Pero por encima de los cargos públicos que lo mantienen ocupado, el año 1615 se cierra para Sagredo con sendas experiencias negativas que lo han mantenido alejado durante un buen tiempo, incluso de las ocupaciones más queridas. La primera está representada por su desafortunada campaña electoral conducida por el padre Niccolò para ser nombrado doge, Duque de la República de Venecia; compromiso político que, aunque de mala gana, Sagredo no ha podido ni querido abandonar. Desilusionado por el fracaso y más disgustado más todavía por las intrigas que han precedido el fracaso final, se desahoga con Galilei quejándose del tiempo que «questa coglioneria» le ha quitado37. Unas semanas más tarde, la amargura política se transmuta en el profundo dolor advertido por la «imprevista e inesperada» pérdida del padre, «por un accidente apopléjico»38.

Con todo, fueron más bien los factores «objetivos» los que tuvieron mayor incidencia sobre la evolución del «negotio» cremoniniano. Después del otoño de 1610, con la salida de Galileo de Padua, los acuerdos verbales, «de palabras», debieron traducirse en «escrituras», asumiendo las formas de los documentos contables y financieros normalmente empleados en las operaciones de transferencia y crédito de dinero. El cese de las relaciones personales directas, determinó la ineludible, y fácil de comprender, profunda transformación en el modo de conducir las operaciones financieras relativas al «negotio». En las cartas de Sagredo –e igual será en las de Galileo y Cremonini- empiezan a comparecer referencias a los servicios de intermediación bancaria que, a parte de hacer subir los costos de las remesas, terminaban por exponer el precio de la deuda al riesgo de los movimientos especulativos del mercado cambiario.

Ambos aspectos están presentes en la carta de Cremonini del 7 de enero. Por un lado, el catedrático aristotélico se muestra sorprendido y adolorido porque Galilei ha renunciado al habitual intercambio epistolar, suplantándolo por las comunicaciones mercantiles y las intimidaciones de pago. Después de haberle sido entregada inesperadamente una letra de cambio por 100 ducados, Cremonini se queja con Sagredo y le comunica que se ha dirigido por carta a Galileo:

diciéndole que me dijese todo lo que quisiera, que yo estoy preparado, según la palabra acordada, y no he tenido respuesta. No debía tampoco entregar el escrito sin avisarme de todo: bastaba con la palabra acordada.

En otras palabras, no se trata de la cantidad de dinero solicitada, sino de la manera como ha sido solicitada. «Cien ducados no eran tanto dinero» y Sagredo habría hecho bien en no pedirlos por escrito, como lo hizo; olvidando que Cremonini, por su condición de profesor de la Universidad de Padua, sabe perfectamente cómo ha de portarse quien, como funcionario público, es celoso custodio del honor y del prestigio personal de la República Veneciana:

De modo que no existe peligro de perderlos, tanto más siendo yo un servidor de la República: que dejaría de serlo cuando yo pensara actuar de forma grosera39.

Más aun: a propósito del segundo aspecto que hemos creído oportuno subrayar –o sea, la novedad representada por las intermediaciones bancarias-, Cremonini manifiesta con disgusto su desacuerdo: «De operaciones cambiarias, Usted sabe que nunca me ha informado, lo cual, sin embargo, me habría gustado para poder saber de mis cosas. Le ruego dar órdenes a los Señores Mersi40, de modo que yo pueda negociar con ellos y complacerles en todo». En fin, quizá sospechando de la excesiva desenvoltura con la que Sagredo solía frecuentar y utilizar las casas de cambio, Cremonini se propone controlar personalmente las sumas y las restas que le conciernen: «por lo demás, un día de estos iré a Venecia, y me entenderé con Vuestra Señoría Ilustrísima»41.

En la refutación, punto por punto, de las consideraciones de Cremonini, también Sagredo se remite a los acuerdos suscritos y a su carácter impositivo:

Ya le he escrito muchas veces a Vuestra Señoría Excelentísima, que yo no negocio con Usted sino el saldo de la escritura de los 400 ducados, que Usted recibió de Galilei, y por la forma de dicha escritura, como procurador, ciertamente debo recibirlos, por lo menos en razón de la promesa que me hiciera de los 200 ducados que Usted quería que yo encontrase a cambio42.

Los dos «escrituras» que Sagredo menciona –la cobertura de los cuatrocientos ducados de la deuda inicial, y la sucesiva letra de cambio por el valor de cien ducados, emitida para garantizar el cobro de la primera mitad de los doscientos ducados restantes- señalan que la relaciones entre Cremonini y Galilei ya han evolucionado de la «palabra» a la «escritura»43.

Las señales de la transformación en acto –e incluso de los malentendidos y de los tiempos vacíos que la misma había inevitablemente procurado- se hacen patentes en el siguiente pasaje de la carta que Sagredo envía a Galilei el 7 de abril de 1617:

He llevado al Sr. Cremonino a entregarme un poder para cambiar los 124 cechini, y quería pagar yo el interés, para que el negocio se expidiera en una sola transacción, si embargo, me ha manifestado la intención de esperar un año para pagar, y no he rechazado esta solución, estimando que al hacerlo pudiese salir un atraso mayor. Podrá, pues, Vuestra Señoría Excelentísima dar la orden, si quiere que yo remita el dinero pendiente, o mantenerlo acá, que rápidamente le satisfaceré. La escritura como usted sabe, es de 248 cechini, y aunque al pie de la misma no se vea algún recibo, sin embargo, el Sr. Cremonino pretende que le sea restituida, afirmando haber desembolsado la mitad y debiéndole solo 200 ducados. Pero será necesario que usted me avise pronto como habré de conducirme44.

El curador de los intereses de Galileo había, pues, comenzado a tener en cuenta los costos derivados de los muchos factores presentes en el mercado financiero: los servicios bancarios, el cobro de crédito, las variaciones en el precio de las monedas y los consecuentes diferenciales cambiarios. En este cuadro general, es natural que al lado de Galileo, Cremonini y Sagredo –o en su lugar- tomasen parte del «negotio» los operadores financieros y mercantiles de, cuyos intereses –casi nunca coincidentes con los de los directos interesadosterminaban por condicionar de un modo significativo el desenvolvimiento de la entera negociación.

Volviéndose más complicada, y al mismo tiempo más azarosa, la red de conexiones que canalizaban las remesas de dinero de Padua a Venecia, y de Venecia a Florencia, se produjeron rápidamente dos situaciones estrechamente relacionadas e interdependientes: por un lado, los procedimientos seguidos habitualmente en el mercado financiero, abrían de por sí espacios suficientes para que se ofrecieran nuevas y más numerosas ocasiones para protestar y solicitar diferimientos; por otra parte, el monto de la deuda inicial terminaba siendo gravado por los costos de las operaciones bancarias, cuyos intereses pasivos contribuían a elevar el valor real. En suma, mientras el transito de dinero –entre Padua y Florencia, se necesitaban no menos de tres o cuatro pasajescontribuía a hacer cada día más urgentes –y, en proporciones menos transparentes- las intervenciones de Sagredo, por su parte –y no sin razón-Cremonini se convencía cada vez más de que muchas de las operaciones financieras encaminadas por el patricio veneciano atendían únicamente a los intereses de Galilei y, por encima de lo lícito, lo perjudicaban. En efecto, el carácter ingenioso de algunas mediaciones financieras caviladas por Sagredo con frecuencia revela un perfil socarronamente especulativo.

Es así que, en más de una carta, Sagredo da cuenta de las «astucias», como las llama, con las cuales se propone conseguir de un solo golpe dos resultados: primero, meter en cintura a Cremonini y obligarlo a respetar las promesas de pago y los respectivos vencimientos; luego, obtener la mayor utilidad para su amigo Galileo, aprovechando, de un modo no siempre irreprochable, los mecanismos de las transacciones cambiarias45.

Al inicio de 1618, por ejemplo año crucial en la evolución del «negotio», con el fin de «despertar» a Cremonini, quien «si bien niega ser deudor, no obstante pareciera que se va humillando» y ha prometido enviar los primeros días de marzo cien ducados –la mitad de lo que todavía debe-, Sagredo procede a firmar una letra de cambio acomodada, «por 100 ducados que parecen haber sido tomados a cambio por el propio Cremonino». Cuando le corresponda honrarla, el profesor aristotélico «se dará cuenta de que su filosofía no le ha servido de mucho en este negocio46

La iniciativa que a Sagredo le ha parecido la más segura y eficaz –nosotros diríamos, ilícitamente eficaz- terminará siendo, más bien, contraproducente: en efecto, incluso antes del día de vencimiento de la letra de cambio, Cremonini, ignorando la maniobra maquinada en su contra, notifica a Sagredo la consignación de cien ducados enviados directamente a los señores Mersi47. Por ello, dos semanas más tarde, el demasiado diligente Sagredo se ve obligado a escribir a Galilei que la letra «de los cien ducados que he tomado» a nombre de Cremonini, deberá ser pagada de inmediato. Bien entendido: toda la maniobra –confiesa Sagredo- ha sido dispuesta para que «el ardid y la astucia de Cremonino, ciertamente, no prevalezca sobre las razones» de Galilei48.

Al cabo de algunas semanas, se trata de acelerar y volver más seguro el cobro de los últimos cien ducados. La estratagema, esta vez, consiste en fingir el ofrecerle a Cremonini una «piezaria» o garantía personal de Sagredo. En realidad, el «plan» consiste en usar la falsa garantía «para endosar la deuda a favor de algún personaje de la nobleza», de manera que Cremonini se vea forzado a pagar con puntualidad. En caso de retardo, en efecto, el prestigio y la autoridad del supuesto aristocrático garante, lo obligará a pagar además del capital en cuestión los intereses vencidos49.

Es digno de hacer notar que Sagredo recurre a una estratagema tan elaborada, justamente cuando la historia del «negotio» parece haber llegado a su desenlace. Se trata, en realidad, de la prueba más segura del cúmulo de cautelas, recelos y sospechas que, de una parte y de la otra, acompañan los trámites después de 1617. Ingredientes que casi emblemáticamente se encuentran reunidos en este último episodio. El 10 de agosto de 1619, Sagredo le comunica a Galilei que Cremonini está próximo a saldar definitivamente la deuda. «Cuando él haya efectuado ésta promesa suya», Galilei deberá extenderle y entregarle a Cremonini el acostumbrado finiquito. Pero, aconseja Sagredo, el recibo deberá ser redactado «de modo que él pueda creer» que Galileo «haya sido satisfecho mucho, por mí mismo y con mi propio dinero». Sagredo, en realidad, le había hecho creer a Cremonini que, de su propio peculio, había anticipado y enviado a Galileo los últimos cien ducados. «De otra manera, cuando él hubiese creído que el interés» causado por el eventual retardo fuera a expensas de Galilei, «ciertamente, no hubiera dado ni un centavo, después de que con engaño usurpara la letra al representante de los Mersi»50.

A esta primera simulación, Sagredo quiere que le siga un segundo engaño en perjuicio del pobre Cremonini. Con el propósito de tranquilizar a Galilei «en cuanto a la pérdida que teme le cause la remesa» de ejecutarse dentro de poco tiempo, Sagredo planea, en prejuicio de Cremonini sacar beneficios nada menos que de la oscilación del precio del dinero, que por lo general se presenta en el momento más delicado de toda remesa, vale decir: la compra y venta de las monedas. En este sentido, Sagredo advierte al amigo Galilei que aun habiendo recibido de Cremonini «75 escudos de plata» que en el mercado se cambian «a razón de £ 8.4 cada uno», no está dispuesto a pagarle «más que £ 7» por cada escudo que le ha entregado. Con esta única operación, pues, podrá asegurar a Galilei una ganancia no inferior al quince por ciento.

Llegados a este punto, sin embargo, Sagredo se da cuenta de que, a lo mejor, ha extremado, más allá de lo razonable, la defensa de los intereses de Galileo. Y confiesa a este último que incluso habiendo hecho creer a Cremonini que el beneficiario de la última letra de cambio no era Galilei, sino el mismo Sagredo, no llegará a mantener hasta el fondo el maquinado qui pro quo: «no tendré el descaro», escribe, «de seguir reduciendo el monto [de la letra de cambio], más bien me he ofrecido para que el interés del cambiario corra por mi cuenta »51.

En conclusión, queda en el lector la impresión de que la última maquinación tramada por Sagredo, junto a las otras perpetradas en perjuicio de Cremonini, mal responda a la lógica de un negociado que, si bien conducido con animosa severidad, intenta encontrar la solución más ecuánime al conflicto de intereses, surgido lamentablemente entre personas conocidas e igualmente dignas de respeto. Es difícil apartar la idea de que una impresión muy similar tuvo que anidarse en el ánimo de Cremonini –filósofo de la vida atormentada por múltiples peligros y amenazas y, por lo tanto, poco dispuesto a retirarse imprudentemente lejos del mundanal ruido. En fin, parece razonable interpretar algunos de los comportamientos adoptados por el primer filósofo de la Universidad de Padua como dirigidos a enfrentar las «astucias» de Sagredo. Una suerte de resistencia pasiva, que la «simulación honesta» aconseja, y que consiste en la mixtura cuidadosamente ponderada de las promesas no mantenidas, de omisiones y de silencios prolongados.

Como se sabe, el epistolario galileano ofrece al lector un inmenso y precioso escenario de personajes, algunos curiosos y otros ingeniosos; al autor de estas páginas, le ha tocado la fortuna de descubrir –quizá demasiado tarde-el ingenio versátil de Giovanfrancesco Sagredo, auténtico protagonista, más que un simple testimonio de los acontecimientos que estas páginas han intentado relatar. En efecto, las cartas de Sagredo a Galilei, no contienen solamente la crónica, casi nunca imparcial, del affaire cremoniniano, sino –y lo que más cuenta– dan voz a los extraordinarios talentos del patricio veneciano; comenzando con el don de una escritura que llega a expresar con igual y elegante discreción las experiencias –tanto las elevadas como las comunes– que han signado el curso de una vida demasiado breve.

Seis años antes de morir, Giovanfrancesco Sagredo ha dejado un espléndido retrato de sí mismo, de su inteligencia naturalmente curiosa y de sus ambiciones moderadamente cultivadas, en la carta del 4 de abril de 1614 dirigida a Mark Welser:

Soy un gentilhombre Veneciano, nunca derroché nombre de literato; porté bien el afecto y tuve siempre la protección de los letrados: no me preocupo por aventajar mis fortunas, ni por adquirir loas o reputación de la fama que entiendo de filosofía y de matemática, sino más bien de la integridad y buena administración de los cargos públicos y en el gobierno de la República, al cual en mi juventud me apliqué, siguiendo la costumbre de mis mayores, todos los cuales se han envejecido y consumado en ello. Versan mis estudios sobre la cognición de aquellas cosas que como cristiano debo a Dios, como ciudadano a la patria, como noble a mi casa, como sociable a los amigos, y como gentilhombre y verdadero filósofo a mí mismo. Gasto mi tiempo en servir a Dios y a la patria, y siendo libre de carga familiar consumo buena parte de ese tiempo en la conversación, servicio y satisfacción de los amigos, y todo el resto lo dedico a mis comodidades y gustos; y si tal vez me doy a la especulación de las ciencias, no crea Vuestra Señoría que yo presuma competir con los profesores de éstas, y tanto menos disputar con ellos, sino sólo para recrear mi ánimo, indagando libremente, desligado de toda obligación y pasión, la verdad de alguna proposición que sea de mi agrado.52

Al concluir estas páginas, por el espacio que se nos ha concedido, hemos elegido presentar un solo lado de la personalidad de Sagredo: aquella en la cual la vocación intelectual se entrama espontáneamente, y parece quererse medir, con la clara conciencia del deber civil y de los frenos que conviene poner al interés personal y a la generosidad que la amistad suele exigir.

Iniciamos con un episodio ciertamente de escasa importancia, pero que, como lo vivió Sagredo, evidencia el olfato político del patricio y su sensibilidad, precisamente, de «gentilhombre Veneciano». En el mes de julio de 1617, el príncipe de Toscana le solicita a Galileo encontrar, con la ayuda de amigos y conocidos, flores, frutas y plantas exóticas, con las cuales se propone embellecer los huertos y jardines del Palacio Ducal. Galileo se dirige, entre otros conocidos y amigos, a Sagredo, quien de inmediato se pone a trabajar en el asunto. Tanto es así que para el 5 de agosto puede dar noticia de los resultados por cierto mediocres, obtenidos hasta entonces. En el Senado veneciano, se ha enterado de que Andrea Morosini posee dos plantas de «flor de Persia», cuyo fruto es llamado «alberges». Comenta Sagredo: «creo que sea palabra española corrompida, y sospecho que es planta española», se trata, en efecto de una variedad de nuestro albaricoque, la cual es descrita del siguiente modo: «es el fruto de la semilla pérsica, completamente amarillo, perfectamente circular como la manzana, sin pelo, de admirable gusto y olor, del tamaño de una pequeña naranja». Viceversa, sostiene Sagredo que en Siria «no hay ningún fruto bueno, aparte del pistacho, la musácea [i.e. el fico banano], que no me gusta, y el dátil, que no termina de madurar». En fin, poca fortuna han tenido sus pesquisas «en las Indias, de donde prometen mandarme semillas de flores y otras plantas que no hay en Italia; pero de las que no he tenido más que habladurías y promesas».

A pesar de la desilusión padecida y de cierto mal humor provocado por la más bien escasa cosecha, Sagredo le asegura a Galilei que no desistirá de su empeño: «puede estar Vuestra Señoría certísima de que siento un infinito desagrado por no poderla servir, y más aun por el respeto hacia el gran sujeto [ el gran Duque] que lo desea. No abandonaré la práctica, y si por estos parajes se encontrara cosa digna, espero conseguirla»53.

Sin embargo, en este punto, Sagredo advierte la necesidad de aclarar al fraterno amigo que incluso su más grande deseo de favorecerle, no puede debilitar el sentido de la oportunidad política y la conciencia de los deberes que el ciudadano de una República libre tiene hacia sí mismo y hacia su propia patria. Por lo tanto, a la promesa de proseguir en sus pesquisas, sigue una precisa puntualización: ciertamente Sagredo continuará empeñándose por cumplir los deseos del gran Duque y sobre todo, complacer a Galileo; pero de ningún modo permitirá que su conducta pueda ser interpretada como un intento de adquirir méritos personales ante los ojos de un Señor poderoso, por lo demás extranjero. De aquí la advertencia expresada con formal severidad:

Pues pretendo que mi persona nunca sea nombrada, según la observancia de las necesarias y óptimas ordenanzas de la República, que mucho importan y, sobre todas las cosas, deben ser radicadas en el ánimo y en el corazón de sus buenos ciudadanos54.

Vayamos al segundo episodio. En las páginas del Diálogo sobre los dos máximos sistemas del mundo y en las Demostraciones matemáticas en torno a dos Nuevas Ciencias, Galilei ha rendido un extraordinario homenaje a la inteligencia, ágilmente curiosa, con la cual Sagredo acostumbraba aplicarse a las cuestiones teóricas y prácticas de la ciencia y de la técnica. A este propósito, conviene volver a leer casi por entero la página –tal vez no indigna de aquella otra famosa en la cual Maquiavelo evoca su «escritorio» y los «paños reales y curiales» con que se viste cuando se pone a estudiar los clásicos antiguos-Galileo «el último de abril de 1609»:

Aquí se me ha despertado un ardiente deseo de saber infinitas cosas, tanto que maldigo mil veces la hora, mi ignorancia y el tiempo perdido en el ocio, que debí y pude consumar en los estudios. Si Vuestra Señoría me viese alguna vez en mi estudio pasando y repasando los libros, sé que se reiría, observando que mientras yo, movido por la curiosidad, abro alguno de ellos, tengo el corazón puesto en el estudio de otro, hasta que me cargo como un asno y finalmente, dándome a la lectura de uno en particular, los pensamientos y los negocios, que continuamente recorren mi cabeza, hacen que la lengua y los ojos se me fatiguen leyendo, sin que el intelecto pueda comprender cosa alguna; y si por desgracia aprendo algo, la memoria, distraída en trabajos y necesidades, no sabe retenerla: de modo que mis estudios sólo consisten en una ardorosa voluntad, desprovista de intelecto y memoria, que, tiranizados por una molesta ocupación, resultan totalmente inhábiles para escucharla.

Lo consuela y, a la vez, lo atormenta el recuerdo de Padua y de las conversaciones de antaño con Galilei, el amigo del corazón y de la mente:

No obstante, me consuelo con la esperanza de estar con Usted en Padua en un par de meses para filosofar y gozar; pero al mismo tiempo me angustia desmesuradamente el pensar que deban pasar, al menos, tres años antes de este deseadísimo hecho, y que los peligros de un muy largo viaje me prohíban la certeza del retorno, y en este último impedimento parece que más se debilita la esperanza, que en el de la amplitud del tiempo, pues pareciéndome breve espacio el curso de cien años, asignado por último término a la vida humana, sé que tres años pasarán demasiado pronto, y que aun con ellos sensiblemente pasará buena parte del vigor de esta vida.55

Después de más de veinte años, aquel recuerdo se materializa en la famosa página con la cual Galileo presenta «al discreto lector» los tres personajes del Diálogo sobre los dos máximos sistemas: Giovanfrancesco Sagredo, Filippo Salviati y «un filósofo peripatético, al cual parecía que, para la inteligencia de lo verdadero, ninguna cosa obstase mayormente que la fama adquirida en las interpretaciones aristotélicas». El tiempo transcurrido no ha podido esfumar el legado de una audaz complicidad intelectual, sellada por la amistad. Escribe Galilei: «Me encontré, hace muchos años, muchas veces en la maravillosa ciudad de Venecia en conversaciones con el Señor Giovanfrancesco Sagredo, ilustrísimo de nacimiento, agudísimo de ingenio. Vino allá desde Florencia Filippo Salviati, en el cual el menor esplendor era la claridad de su sangre y la magnificencia de sus riquezas; sublime intelecto, que de ninguna delicia más ávidamente se nutría que de especulaciones exquisitas».

Y agrega: «Ahora, ya que una tempranísima muerte a privado, en sus años más bellos y serenos, de aquellas dos grandes luces Venecia y Florencia, he decidido, mientras algún valor tengan mis débiles fuerzas, extender la vida de su fama en estas mis páginas, introduciéndoles como interlocutores de la presente controversia del presente debate»56

Notas

1 Hijo de Niccolò y de Cecilia Tiepolo, Giovanfrancesco nace en Venecia el 19 de junio de 1571, donde morirá el 5 de marzo de 1620. Sobre la vida y los cargos públicos desempeñados por Sagredo, cfr. ANTONIO FAVARO, Amici e corrispondenti di Galileo. A cargo y con nota introductoria de Paolo Galluzzi, I , Librería editrice Salimbeni, Firenze, 1983 [rep. anastática], pp.191-322. Sobre la correspondencia entre Galilei y Sagredo, v. MICHELE CAMEROTA, Galileo Galilei e la cultura scientifica nell’età della Controriforma, Salerno Editrice, Roma 2004, I, pp 129-30.

2 La carta – con las otras que de distinta manera tratan del «negotio»- está recogida en: Opere di Galileo Galilei, a cargo de ANTONIO FAVARO, vol. XII: Epistolario 16141619, G.Barbera, Firenze 1934, n.1108, p.167. En conjunto, las cartas de Sagredo son ciento dos: noventa y nueve a Galileo (una en 1599, seis en 1602, una en 1604, 1605 y 1606, dos en 1608 y 1609, una en 1611, once en 1612, catorce en 1613, tres en 1614, diez en 1615, siete en 1616, catorce en 1618, doce en 1619); dos a Cremonini, en 1618; y una, muy importante, a Marcos Welser, en 1614.

3 Op. cit., n.1128*, 20 de junio de 1615, pp.191-92: «Ho a Cuore il negotio di V.S. Eccma col S.r Cremonino, ma non gli ho fatto molta violenza, aspettando chesia fatta certa provisione di denaro per pagar li dottori dello Studio»; n.1130*, 4 de julio de 1615, p.193: «Scriverò a Padova per trattare col S.r Cremonino, l’amicitia del quale di buona voglia io rinoncierò, purchè faccia il debbito pagamento a V.S., alla quale baccio la mano».

4 En todo caso, sólo después que Sagredo había salido de Venecia hacia Aleppo, encargado de la misión consular en Siria: v. A. FAVARO, Op.cit., pp.272-76. Con ocasión de la partida, Giovanfrancesco hizo testamento, el 14 de julio de 1608.

5 Prueba singular de una cierta comunión de opiniones entre el científico y el filósofo, es la carta de 21 de marzo de 1608, por medio de la cual Lorenzo Pignoria informa a Paolo Gualdo, entonce residente en Roma, que un documento preparado por Giovanni Tommaso Minadoi, profesor de medicina en Padua, acerca de los efectos nocivos que la nieve que queda en las calles ejercitaría en el ambiente y sobre el cuerpo humano, y aprobado por muchos profesores de la Universidad, no ha tenido en cambio el apoyo de Cremonini y de Galilei, los cuales aliter sentiebant. v. GALILEI, Opere, cit., X, n. 176*, p. 195.

6 A. FAVARO, Galileo Galilei e lo Studio di Padova cit, pp.28-9; v. Doc. LXVII B; pero v. ahora en GALILEI, Opere cit., X, n. 184*, 19 de abril de 1608, p. 202, el documento transmitido por los Reformadores de la Universidad a los Rectores de Padua: «Illmi SS.ri, Ci ha rappresentato D. Galileo Galilei con tanta evidenza di necessità l’occasione che ha di ricercarci aiuto del salario suo di un anno anticipato, che non ci è parso di doverglilo negare; et così damo a VV. SS. III Illme libertà di farnelo accomodare dei danari della Cassa di quel Studio, togliendo però sufficiente fideiussione di vita et in ogni caso, come in altri parimenti in tal proposito si è osservato, et dovendo esso D. Galileo scontar la detta sovvenzione con tutto il suo salario nel spatio del medesimo anno. Et a VV.SS. Illme si raccomandiamo. In Venetia, li 19 Aprile 1608. Franc.o Molin, K.r P., Ant.o Prioli, Cav.r P., And.a Mor.ni, Riform.i ». Y sigue al pie: «Io Cesare Cremonino, Filosofo dello Studio, mi costituisco piezzo conforme al contenuto della lettera, intendendo cominciar l’anno l’Ottobre venturo prossimo». La iniciativa de Cremonini tenía carácter especialmente amistoso, porque – tanto entonces como hoy - dar o recibir fianza en cuestiones de dinero, a menudo reservaba sorpresas desagradables; como, en efecto, lo habría experimentado el mismo Sagredo, cuya desventura queda reflejada en tres de sus cartas: v. GALILEI, Op.cit., XII, n.1270*, 12 de agosto de 1617, pp.338-39; n.1274*, 26 de agosto de 1617, p.343 y n.1335*, 28 de julio de 1618, p.400.

7 FAVARO, Galileo Galilei e …, cit., p.29: «fors’anco ugual favore ricambiò Galileo al Cremonino nelle non infrequenti occasioni in cui questi si trovava a corto di denari; il che avveniva, non ostante i lauti emolumenti, a cagione principalmente del lusso col quale teneva la sua casa».

8 Naudeana et Patiniana ou singularitez remarquables prises de conversations de Mess.Naudé et Patin. Seconde Édition, Ámsterdam, 1703, p.54. Sobre Naudé estudiante en Padua y sus relaciones con Cremonini, v. ANNA LISA SCHINO, Incontri Italiani di Gabriel Naudé, Rivista di storia della filosofia, XLIV, n.s., I/1989, pp.3-36, esp.3-17.

9 HEINRICH C. KUHN, Venetischer aristotelismus im Ende der aristotelischen Welt. Aspekte der Welt und des Denkens des Cesare Cremonini (1550-1631), Peter Lang, Frankfurt a. M. 1996, pp112-113, n.7.

10 En efecto, a dicha cantidad llegaban, después de algunos años de enseñanza, los estipendios de profesores destacados, como Prospero Alpini, Francesco Piccolomini y Gerolamo Zabarella. En cambio, en el caso del famoso anatomista y cirujano Gerolamo Fabriza d’Acquapendente, debieron transcurrir unos doce años desde su primera nómina, para que le fuese reconocido el honorario de cuatrocientos florines: cfr. G.F.TOMASINI, Gymnasium Patavinum…, Utini 1654, passim.

11 M.CAMEROTA, Galileo Galilei e la cultura scientifica cit., I, p.203.

12 V. en Opere, XII, n.1304*, p.371, la carta de Sagredo a Galileo, del 3 de febrero de 1618, en una fase particularmente delicada de las negociaciones: «Qui acclusa anco la copia di altre lettere passate tra lui [Cremonini] et me, nelle quali mi persuado che ella sia per vedere che tratto questo negotio con più ardore che se fosse mio proprio».

13 Por lo demás, durante todos los años que Galilei pasó de profesor en Padua, recurriendo al apoyo de amistades influyentes, Sagredo se esmeró para ayudar económicamente al amigo, dando pruebas de moverse con gran destreza entre casas de cambio y operadores financieros. Cfr. Op. cit., X n.89*, 20 de diciembre de 1602, pp.100-101: en relación con una letra de cambio que Galileo no ha honrado a su debido tiempo, le notifica que, «havendo havuto gagliarda batteria dal Cl.mo Giustiniano per la soddisfazione della sua lettera di cambio, per non lasciarlo mal sodisfatto et di lei et di me, mi son dato a cercare li danari»; de manera que el amigo pudiese ahorrar «incirca 11 d.ti di interesse, i quali sono scorsi in questi 20 giorni doppo li pagamenti, perché dove al principio del mese si cambiava a d.ti 129 per Ädi 100, spero che dimani haveremo in ragion di d.ti 133 ¾».

14 Opere, XII, n. 1078, 7 de febrero de 1615, p.139.

15 A. FAVARO, Galileo Galilei e lo Studio di Padova cit., II, p.32.

16 En efecto, en la carta n. 1302*, de enero de 1618, ya cit., Cremonini recuerda el haber pagado intereses de mora a causa de retardos que de ninguna manera le podían ser achacados.

17 Op. cit., X, n. 78*, Padua, mayo de 1602, p.88.

18 Op. cit., X, n. 332, Padua, 18 de junio de 1610, pp. 373-74.

19 Ibid.; cfr. ANTONIO FAVARO, Galileo Galilei e lo Studio di Padova cit. I, pp. 357-58.

20 Opere cit., XII, n. 1302*, p. 370.

21 Op.cit., n. 1301* cit., p.369.

22 Ibid.

23 Ibid. A propósito de las acciones legales con las que Cremonini habría amenazado, v., en la p. 371, la carta n. 1304*, de Sagredo a Galilei, del 3 de febrero de 1618: «Spero che l’ardire e l’astutia del Cremonino certamente non sia per prevalere alle ragioni di V.S.» Galilei […] Se egli poi pretenderà alcuna cosa da me, mi farà cittare, chè gli risponderò in giuditio come ho fatto in lettere».

24 Op.cit., XII, n. 1302*, Padua, 20 de enero de 1618, p. 370: «Non accade che io replichi altro a V.S. Ill.ma Dia ordine a’ Sig.ri Mersi, chè sarà preso partito. Io scrivo in risposta al S.r Galileo, che non si raccorda bene, come, fornito il negotio, gli raccorderò poi io». Y, con ironía, no deja de hacerle presente a Sagredo: «Ringratio V.S. Ill.ma che mi raccordi dell’honore et della reputazione: ma io credea intendermene molto bene. Così le genti s’ingannano».

25 Morirá en el mes de julio de 1610, pocos después del inicio de su esgraciada experiencia. la carta que desde Padua Galilei le envía a Belisario Vinta, el 30 de julio de 1610: Opere cit., X, n. 370, p.409.

26 Op. cit., X, n. 247, 30 de octubre de 1609, p.263: a vuelta de correo, Vinta asegura a Galilei haber escrito a uno de los gentilhombres polacos; efectivamente, el 7 de noviembre se había dirigido severamente a Giovanni Liczko de Ryglice, en Cracovia, recordándole «che mentre le Signorie Vostre furono in quella città et in quello Studio di Padova, per qualche bisogno che dovette loro sopragiugnere, come bene spesso interviene ad altri Gentilhuomini et Signorie che si trovano in paesi alieni et lontani, furono amorevolissimamente accommodati da un suo [di Galilei] vecchio et buon servitore, chiamato Alessandro Piersanti, di trecento scudi, che in tutto il tempo della sua servitù haveva il pover’huomo durato fatica a radunare per la sua vecchiaia e per gli accidenti delle malattie che sogliono avvenire; et apparendo che le Signorie Vostre, [ ... ] si sieno scordate insino della dovuta satisfattione del debito, poichè in tre anni non hanno pur risposto alle lettere [ ... ] egli [Galileo] sarà costretto, per la pietà che deve a detto suo servitore [ ... ] di ricorrere [ ... ] se bisognerà, alla Maestà di cotesto Re».. Por ello escribe Vinta, «o rimetteranno il denaro che non possono tenere con lor honore, non che con salvezza della loro conscienza, o che daranno ferma promessa di doverlo senza indugio rimettere [ ...]»: Op. cit., n. 251, pp. 266-7. Galileo agradecerá repetidamente a Vinta (cfr. Op .cit., n. 253, 268; n. 262, 30 de enero de 1610, desde Venecia, pp. 280-81) por sus intervenciones a favor de Piersanti (cfr. Op.cit., n. 260**, 9 de enero de 1618, p. 278; n. 263, del 6 de febrero de 1610, p. 281; n. 266**, 20 de febrero de 1610, p. 284).

27 Al dejar Padua por Florencia, en 1610, Galileo tenía muy buenas relaciones personales con Cremonini, quien lamentó mucho que hubiera renunciado a la «libertad patavina» (cfr. Paolo Gualdo a Galilei, en Opere cit, X, n. 564, 29 de julio de 1611, p. 165; v. también FAVARO Amici e corrispondenti cit, I, p.251). Lo mismo se deduce también de lo que Fortunio Liceti, desde Padua, escribe a Galilei, que ya se encuentra en Florencia, el 22 de octubre de 1610: «Feci li suoi baciamani all’Ecc.mo S.or Cremonino et agli altri amici, che glieli rendono moltiplicati»: Op. cit., n. 413*, p. 449; el 31 de diciembre Liceti reitera los saludos del filósofo aristotélico: «L’Eccellentissimo Signor Cremonino la saluta, e si rallegra di sua sanità recuperata» (Op. cit., n. 448, p. 506).

28 Una relación intensa y sincera, que duró muchos años, tuvo Galilei con la veneciana Marina Gamba, alegrada por el nacimiento de tres hijos: Virginia, Livia y Vincenzio. Poco tiempo después del traslado de Galilei a Florencia, Marina, quien se había quedado en Padua, se une, tal vez en matrimonio, con Giovanni Bortoluzzi. La separación fue amigable, tanto que por mucho tiempo Galilei dejó a Marina el cuidado del pequeño Vincenzio; y mantuvo relaciones muy cordiales con Bortoluzzi.

29 Opere cit., XII, n. 1353, 3 de noviembre de 1618, p. 419: «Nons’è mai lasciato vedere il Bortolucci; ad ogni sua richiesta saran pronti li denari cossi dal S.r Cremonino, al quale ho scritto perchè provedi del resto».La misma noticia se encuentra en las cartas del 8 y 30 de marzo de 1619, del 11 de mayo y 7 de junio (Op. cit., n. 1380**, p. 414-15, n. 1382*, p.447., n. 1387*, pp. 452-53., n. 1391, p. 460). En los primeros días de julio, Bortluzzi finalmente se presenta y Sagredo le puede entregar diez escudos de plata, una parte de los que había recibido de Cremonini (n. 1398*, 6 de julio de 1619, p. 465., n. 1412, 10 de agosto de 1619).

30 Es lo que se deduce de la intrincada rendición de cuentas que, firmando «Cordial y Afectuoso Servidor», Bortoluzzi presenta a Galileo, el 17 de agosto de 1619. Cfr. Op. cit., n. 1416, 483.

31 Op. cit., n. 413*, 22 de octubre de 1610, pp. 449-50: «Sborsai le sette lire a Mess. Antonio tornidore [es casi seguro que se trate de Marcantonio Mazzoleni: v. más arriba], conforme all’ordine datomi da V.S., e feci ricapitare in mano propria di M.a Marina la lettera che mi raccomandò», n. 448, 31 de diciembre de 1610, pp. 505-6: «Quando haverò dal S.or Cont’Alessandro li danari, secondo l’ordine datomi, li consegnerò subito in mano di Mad.a Marina; alla quale, ha quasi un mese, diedi lire 124, per resto di quanto io era debitore a V.S. in virtù della scritta fattale»; XI, n. 620, 16 de diciembre de 1611, p. 244: «Nel resto, havendo io all’Ecc.mo S.or Od.o Dias, portatore della presente, date certe commissioni, se da S.S. le saranno richieste lire sette di moneta, mi farà gratia a sborsargliele, che saranno a sconto di quelle che l’anno passato io spesi di ordine di V.S. Ecc.ma nelle scritture del S.or Quaratesi».

32 Op. cit., XIX, p. 131: «A dì 5 di Luglio 1599. Memoria come a dì detto è venuto a stare in casa mia Mess. Marcantonio Mazzoleni, per lavorare per me et a mie spese strumenti matematici; et essendo io obligato di far spese a lui, sua donna et alla sua puttina, et di più darli 6 ducati l’anno, qui a presso sasanno (sic) notati i danari che da me haverà ricevuti». Cfr. sobre este punto, la carta de Fortunio Liceti, recordada más adelante, del 22 de octubre de 1610.

33 Cfr. la carta de Sagredo en Opere cit., XII, n. 1243*, del 20 de enero de 1617.

34 Op. cit., n. 1326*, 20 de mayo de 1618, pp. 392-93: «Io sono prontissimo, ma per li sei del futturo mese non le posso dar parola, perché si legge sino ali 13, nè io posso pensar ad altro che alla lettura. Sia sicurissimo che sarà di tutto quello che comanderà sodisfatta. Desidero solo questo favore, di non essere molestato sino finito lo Studio, come sarebbe a dire per tutto Giugno».

35 Cfr. más arriba, en la n. 3.

36 Ibid.: el 20 de junio de 1615, le recuerda al amigo: «non ho, per attendere a’ miei negotii, un’hora al giorno di libera doppo che sono rimasto di Pregadi et che mi è stato adossato l’ufficio delli cinque Savii sopra Mercantia. Però prego V.S. Ecc.ma escusarmi et compassionarmi».

37 Op. cit., n. 1148*, 5 de diciembre de 1615, p. 206.

38 Op. cit., n. 1188, 11 de marzo de 1616, pp. 245-46.

39 Op. cit., n. 1295*, Padua, 7 de enero de 1618, pp. 365-66.

40 Intermediarios seleccionados por Sagredo intervienen en el cobro del crédito reclamado por Galilei; son nombrados frecuentemente en el epistolario, v. Op. cit., XII, pp. 317, 328, 363, 366, 368, 369.

41 Op. cit., n. 1295*. 42 Op. cit., n. 1301* 19 de enero de 1618, p. 369.

43 Ibid.: el mismo Sagredo, por lo demás , no cree poder excluir que en el origen de todo haya estado, como Cremonini sostenía, lo «convenido en palabra con el S.r Galilei ».

44 Opere cit., XII, n. 1252*.

45 Ibid.; v. la carta n. 1261*, del 8 de julio de 1617, p. 328, en la que se dice que los cien ducados equivalentes a sesenta y dos zecchini, cobrados por los Merci a cuenta del recibo firmado por Cremonini, habían sido pagados ochenta ½ escudos por el representante en Venecia de la banca Capponi de Florencia.

46 Op. cit., n. 1300*, 13 de enero de 1618, p. 368.

47 Op. cit., n. 1302*, 20 de enero de 1618, p. 370.

48 Op. cit., n. 1304*, 3 de febrero de 1618, p. 371.

49 Op. cit., n. 1310*, 18 de marzo de 1618, p. 378.

50 Op. cit., XII, n. 1412*, 10 de agosto de 1619, p. 480.

51 Op. cit., n. 1388*, 24 de mayo de 1619, pp. 454-55. es posible, tal vez, encontrar una reflexión afín a la de Sagredo, en estas palabras de Galilei: «rihaver il prestato con troppa usura». Se leen a pie de página de la carta que Zaccaria Sagredo, después de la muerte del hermano, le remitiera a Galilei, con la cual pone a disposición del ilustre amigo, un libro y algunas pinturas, además de otros objetos de menor valor, dejados por Giovanfrancesco: Op. cit., XIII, n. 1475, cit., p. 45. Cfr. también lo señalado en la siguiente n. 55.

52 Op. cit., n. 993, pp. 45-6.

53 Op. cit., n. 1266*, 5 de agosto de 1617, pp. 335-36.

54 Op. cit., n. 1274*, 26 de agosto de 1617, p. 342.

55 Op. cit., X, n. 219, 30 de abril de 1609, pp. 242-43. Como ya se ha indicado, Giovanfrancesco Sagredo muere en Venecia, el 5 de marzo de 1620, «soffocato da un violento cataro, da lui anco fomentato con infiniti disordini nell’indispositione sua di cinque giorni»; lo participa a Galileo el hermano Zaccaria, cuatro días después (Op. cit., XIII, n. 1452, p. 30); diez días más tarde, Zaccaria ofrece a Galileo cuanto le pudiese interesar entre las cosas dejadas por Giovanfrancesco (cfr. n. 1475 cit, pp. 44-5; y n. 1480*, 29 de agosto de 1620, p. 49). Por lo pronto, en la inmediatez del evento luctuoso, el mismo Zaccaria había escrito a Galileo: «Io so che il S.r Gio. Francesco teneva qualche negotio di V.S. molto Ill.re per le mani; se alcuna cosa ci è, o manca, onde io possa supplire, io la prego efficacemente il contento di poterla servire: et nelle cose di lui alcuna ce ne fusse di gusto suo, in gratia me ne faccia cenno, chè maggior favore non potrò ricevere che sia goduto da lei». Curiosamente, incluso en ocasión de esta inesperada relación de Galilei con un miembro de la familia Sagredo, interviene una cuestión de dinero. En efecto, además de las cuentas y de los efectos personales dejados por el hermano, Zaccaria Sagredo, por un lado, pide ayuda a Galilei, para «hacerme recuperar el dinero que me debe» Camillo Germini en Florencia; por el otro, se descubre que también el difunto Giovanfrancesco era deudor de Galileo, según el memorial que el hermano había encontrado entre sus papeles (v. la carta n. 1465*, de Conegliano, del 5 de mayo de 1620, pp. 36-7).

56 Op. cit., VI, pp. 30-1.